viernes, 23 de agosto de 2013

Capítulo 9.

El timbre del teléfono despertó a Lucero con un sobresalto. Palpó la luz y dejó escapar un grito cuando sintió un brazo musculoso rodearle la cintura. Durante una décima de segundo no supo con quién estaba ni dónde.
Entonces, recordó y sonrió.
Sí, Fernando.
El hombre que hacía apenas unas horas la había hecho gemir de placer. Una o dos veces, había vuelto a olvidar su nombre.
Fernando palpó también con su mano buscando el teléfono.
—Parece que no lo encuentro —le murmuró al oído.
Ella se rió y descolgó.
—Qué malo eres —susurró.
Fernando contestó al teléfono riendo. Un segundo después, encendía la luz de la mesilla y miraba a Lucero.
—Sí, hola, Antonio. ¿Dónde demonios te has metido? Lucero y yo hemos estado trabajando mucho para sacar adelante la agencia.
Al oír mencionar el nombre de su hermano, Lucero se incorporó.
—Déjame hablar con él.
Fernando dudó un instante y luego le pasó el teléfono.

—Antonio, eres un cerdo. ¿Cómo has podido marcharte así? ¿Qué creías que le iba a pasar a la agencia?
—Hola, Lucero. Yo también me alegro de hablar contigo —contestó su hermano, riendo—. Llevo toda la tarde llamándote a casa, pero no te he encontrado. Imagínate mi sorpresa al saber que estás en casa de Fernando a las once de la noche. Me da la impresión de que algunas cosas han cambiado desde que yo me he ido.

¡Diablos! No se había parado a pensar en lo que implicaba estar en casa de Fernando tan tarde. Su hermano iba a imaginarse que había algo entre ellos y estaba en lo cierto.
Pero tenía cosas más importantes de qué hablar con él.
—¿Dónde estás? ¿Cuándo vas a volver?
Antonio suspiró.
—Lu, no es tan fácil. Yo… bueno, necesito más tiempo.
¿Necesitaba tiempo? ¿Para qué?
—En primer lugar, no me llames Lu. En segundo, lo que necesitas es volver a Chicago y enfrentarte a tu vida. Tienes responsabilidades aquí. Nos lo debes a Fernando y a mí.

Miró a Fernando, que le ofreció aquella sonrisa tan dulce que ella adoraba. Era una sonrisa de comprensión, de amabilidad… y tan sensual.
Pero su buen humor se resquebrajó como un cristal cuando Antonio comenzó a quejarse de lo dura que era su vida y de lo difícil que era llevar la agencia.

—No me cuentes historias, Antonio. Tu vida no es dura. Tienes un fideicomiso.
—Que he invertido en la empresa.
—Una empresa que podría devolvértelo con creces si volvieras y trabajases en ella —respiró hondo intentando calmarse—. Nos lo debes a Fernando y a mí. Fuiste tú quien nos convenció de crear D&S. No puedes dar media vuelta y desaparecer sin más.
—No he desaparecido. Me despedí de ti.
Tenía que estar de broma.
—Antonio, pasaste por mi despacho por la tarde y me dijiste "Hasta luego". Lo que normalmente significa eso es "Hasta mañana".

Aquella conversación no iba a llevarlos a ninguna parte y ella lo sabía. Su hermano volvería cuando le diera la gana y ni un minuto antes. Había pasado por aquella misma situación una y otra vez y las reglas eran siempre las mismas.

—¿Por qué has llamado? ¿Para qué querías hablar conmigo? —le preguntó, tragándose la frustración.
—Quería ver qué tal estabas. Qué tal estaban los dos.
Parecía preocupado, pero Lucero no cayó en la trampa. Antonio quería algo. Lo sabía sin ningún género de duda.
—Vamos a volver a empezar y espero que esta vez me digas la verdad. ¿Por qué has llamado, Antonio? Y si lo que quieres es dinero, tendrás que venir a Chicago y ganártelo.
—Vamos, Lucero, no seas tan dura. Creía que estarías de mejor humor, estando en la cama con Fernando.
Lucero se frotó las sienes. No estaba dispuesta a hablar de su vida sexual con su hermano.
—¿Para qué has llamado, Antonio?
—Vale, vale. He llamado para decirte que voy a tardar unas cuantas semanas más en volver a casa. Han ocurrido algunas cosas y necesito algo más de tiempo.
Lucero tenía ganas de gritar. O de llorar. O simplemente, de colgar. ¿Por qué los hombres de su familia se creían con derecho a hacer locuras?
Fernando le acarició un brazo y tapó el auricular para decirle lo que pasaba.
—Antonio dice que aún no va a volver. Lo siento.
Lucero esperaba que se enfadase, pero sólo se encogió de hombros.
—Nos va bien solos. Él tendrá que hacer lo que tenga que hacer.
La respuesta de Fernando la tomó por sorpresa. ¿No estaba enfadado? ¿No quería decirle un par de cosas a su hermano?
—¿Quieres hablar con él? —le preguntó.
Fernando negó con la cabeza.
—Sólo dile que espero que esté bien.

Lucero se acercó de nuevo el auricular. Increíble, esperaba que hablara seriamente con su hermano y él se limitaba a saber que estuviera bien. Increíble.
—Fernando dice que espera que estés bien, pero yo voy a decirte algo, Antonio. Fernando es tu amigo y no deberías tratarlo así. Has lo que tengas que hacer y vuelve cuanto antes. ¿No puedes darme por lo menos un número de teléfono donde pueda llamarte en caso de urgencia?
Antonio se rió.
—Pues la verdad es que no. Fernando y tú tendrán que arreglárselas solos —la risa se apagó—. Oye, Lucero, supongo que ya sabes que Fernando no es de los que se casan y tienen hijos. No me malinterpretes, porque es un hombre estupendo, pero ten cuidado, ¿vale? No quiero verte sufrir.

Lucero sintió ganas de reír. El más irresponsable de los hombres acababa de ponerla en guardia contra Fernando. Una viuda negra advirtiendo sobre un escorpión.
—No te preocupes por mí y preocúpate por ti. Mejor no te digo lo que pienso hacer contigo cuando vuelvas.
Y riéndose, Antonio colgó. Lucero colgó el auricular.
—Lo siento —dijo Fernando.
Lucero se sintió fatal. ¿Cómo era capaz Antonio de actuar así? Ella estaba acostumbrada, pero Fernando no.
—Soy yo quien lo siente. Antonio es mi hermano.
—Es un adulto y sus errores no son tuyos.
Fernando era increíble. Tenía todo el derecho del mundo a estar enfadado y sin embargo, se mostraba comprensivo. De no estar ya enamorada de él, se enamoraría en aquel instante.
—Lo que pasa es que me pone enferma que te haya hecho algo así —dijo ella.
Fernando sonrió, su rostro iluminado por la luz suave de la lámpara de la mesilla.
Estaba tan guapo, tan fuerte y masculino que el corazón de Lucero latió más deprisa. Y cuando lo vio poner la mano en la sábana que ella se había subido hasta debajo de los brazos, el aire se le quedó atrapado en los pulmones.
—Si quieres que te diga la verdad, Lucero, estoy encantado con que Antonio se marchara. Así he tenido la oportunidad de conocerte. Cuando él estaba, tú y yo apenas nos hablábamos. Imagínate lo que nos habríamos perdido.
Sin dejar de mirarla a los ojos, bajó de un tirón la sábana y silbó.
—Esto es lo que yo llamo una vista preciosa.
Lucero se echó a reír.
—Anda, no exageres, que lo que hay no es para tanto.
Fernando se acercó y besó uno de sus pezones, lo que tuvo unas consecuencias devastadoras.
—Siento no estar de acuerdo contigo, aunque te enfades —dijo y la tumbó boca arriba para acariciar con su lengua un pezón y después el otro—. Inspiras mucho más que silbidos.
—¿No me digas?
Riendo, Fernando alcanzó un preservativo.
—Sí te digo —contestó, riendo.

Lucero cerró los ojos y mientras Fernando le hacía lentamente el amor, tuvo que admitir que tenía razón en una cosa, tener la oportunidad de conocerlo había sido algo maravilloso y siempre se alegraría de ello.
Mientras viviera, nunca olvidaría los días que pasase con él.



Fernando no podía recordar la última vez en que había tenido tantos días malos seguidos. Quizás tras la muerte de su padre, pero no desde entonces. Durante las dos últimas semanas si algo podía salir mal, había salido.
—Tyler no puede retirarse ahora de la campaña —dijo Fernando—. Ha firmado un contrato.
Lucero se sentó frente a él. Celeste y Carla estaban también en aquella reunión de emergencia. ¿En qué demonios estaría pensando Tyler? Se habían gastado ya una fortuna en los anuncios.
—Dice que su novia le ha dicho que romperá con él si hace los anuncios. No quiere que otras mujeres puedan pensar que está disponible —explicó Lucero—. Me he tirado más de veinte minutos intentando razonar con él, pero no he conseguido hacerlo cambiar de opinión.

Genial. Primero el viaje a Boston les había llevado cuatro días más de lo previsto. Lucero no conseguía encontrar la clase de hombre que andaba buscando.
Luego, dos de las empresas que los habían llamado para concertar entrevistas las habían cancelado, aduciendo que querían agencias más grandes.
Por último, su madre había llamado la noche anterior para pedirle más dinero. Katia había tenido unos gastos inesperados en la universidad. A ese paso, no tardaría en quedarse sin dinero.

Se frotó los músculos del cuello y miró a Lucero. Ella era lo único bueno que le había pasado en las dos últimas semanas. Cada noche hacían el amor y ningún día era horrible del todo si podía pasar unas horas con ella.

—¿Alguna idea? —preguntó.
Lucero suspiró.
—Dice que Luanne es la mujer con la que va a casarse y que no quiere que se enfade. Le he dicho que ella debería sentirse orgullosa de él, pero al parecer su novia no lo ve así. Lo único que ella ve es que su novio va a estar en montones de carteles para que un montón de mujeres más lo vean.
—Eso es lo que yo no entiendo —dijo Carla—. A mí me encantaría saber que un montón de mujeres más piensan que mi novio está como un queso.
—Pues es una pena que tú no seas Luanne —Lucero miró a Fernando—. A lo mejor tú podrías hablar con él. Dice que yo no entiendo cómo se siente.
—También podríamos llamar a un abogado. Tanto si le gusta como si no, ha firmado un contrato —puntualizó Celeste—. Ha posado para las fotos, Perfumes Desire se ha gastado un montón de dinero en él y no puede cambiar de opinión así, sin más.
Fernando la miró.
—No quiero meter abogados de por medio a menos que no tengamos otra opción —se quedó pensativo un instante y luego miró a Lucero—. Pasado mañana nos iremos a Nueva Orleans. Podríamos pasar por Dallas de camino. Creo que lo único que podemos hacer es hablar con Tyler en persona.
Lucero asintió.
—Podemos intentarlo.
—Vamos a cenar con él —dijo Fernando—. Puede que en persona, podamos hacerlo cambiar de opinión.
Lucero sonrió despacio.
—¿Y si invitamos también a Luanne? Tal vez la convencemos si se lo explicamos también en persona.
—¿Por qué no? Tal y como estamos, tenemos que probar con cualquier cosa.

Trataron unos cuantos asuntos más y cada uno volvió a su tarea. Fernando llamó a Tyler inmediatamente y afortunadamente consiguió convencerlo de que quedasen a cenar el miércoles con él y su novia para intentar explicarla que lo que estaban vendiendo era el perfume y no a él.

Le quedaban un par de cosas por hacer. Primero, tenía que intentar explorar algunos clientes nuevos y después tendría que hablar con su hermana. La universidad era cara, sí, pero no tanto.
Se frotó de nuevo los músculos del cuello, pero la tensión se negaba a suavizarse.
—Sé que una vez me dijiste que no te parecía buena idea que nos tocáramos —dijo Lucero al entrar en su despacho y tras cerrar la puerta—. Pero, como desde entonces nuestra relación ha cambiado algo, ¿me dejas que te dé un masaje en el cuello?
Fernando sonrió, más feliz de lo que tenía derecho a estar.
—Puedes tocarme lo que quieras y cuanto quieras.
—Te daré un masaje siempre que me prometas comportarte lo mejor que puedas. Aunque soy consciente de que eres perverso por naturaleza —añadió con un brillo picarón en la mirada.
Fernando se echó a reír, sorprendido de que con unas cuantas palabras, Lucero hubiera sido capaz de quitarle el mal humor, pero así era. Estar cerca de ella le hacía sentirse feliz.
—Lo intentaré —le prometió.
Lucero se colocó detrás de él y fue frotándole los músculos del cuello y los hombros.
Fernando cerró los ojos y suspiró.
—Qué maravilla.
—¿Mejor que el sexo? —le susurró Lucero al oído.
—Ni de lejos —contestó él y dándose la vuelta rápidamente en la silla, la rodeó por la cintura y la sentó sobre sus rodillas.
—¡Eh! Me habías prometido comportarte —protestó, pero al mismo tiempo se acomodaba sobre sus piernas. Aunque no fuera precisamente comodidad lo que él estaba sintiendo.
Teniéndola tan cerca, la tensión y la frustración habían sido reemplazadas por fuego y lujuria.
—Ya sabes que soy un mentiroso y que no se puede confiar en mí, sobre todo habiendo una mujer guapa de por medio.
—Pues yo te confiaría mi vida —dijo ella con suavidad.
La miró a los ojos y supo que había dicho la verdad. Confiaba en él y Fernando sabía que después de haber crecido con un padre y un hermano como los suyos, Dulce no confiaba en muchas personas. Y desde luego, en muy pocos hombres.
Pero a él, le confiaría su vida.
Sentimientos que ni siquiera podía identificar lo sobrecogieron, confundiéndolo aún más de lo que ya lo estaba.
—Lucero, no sé…
—Sólo calla. Hay quien dice que la cabeza te puede explotar si piensas demasiado.

Y rodeándole el cuello, lo besó en los labios, a lo que él respondió demostrándole lo que provocaba en él el más mínimo contacto con ella.
En aquel momento no podía entender lo que sentía por Lucero, sobre todo habiendo tantas cosas en el aire, pero pronto, muy pronto, iba a tener que decidir lo que quería hacer con ella.



—Es que no puedo soportar la idea de que haya cientos… bueno, seguramente miles de mujeres mirando a mi Tyler. Es mío y no está disponible —dijo Luanne quizás por quinta vez—. No me parece bien que esté en un escaparate así.
Lucero asintió pensativa. La cena con Tyler y Luanne no estaba yendo bien. Luanne seguía convencida de que no quería que su novio apareciera en los anuncios, pero la noche aún era joven. Hacía poco que habían llegado al restaurante.
Sinceramente, Lucero sabía que parte del problema era que en el fondo no comprendía la preocupación de Luanne, aunque se estuviera esforzando en ello. En el vuelo, Fernando y ella habían estado analizando la situación y elaborando argumentos que presentarle, pero la mayoría no estaban funcionando. En parte, a causa de su juventud. Apenas tenía veintiún años. Lucero apenas recordaba haber sido tan joven, pero tenía que encontrar algo que decirle y pronto.
—Luanne, nadie va a saber el apellido de Tyler —le dijo, eligiendo el argumento que más le gustaba—, así que no podrán encontrarle y por lo tanto, no podrán saber si está disponible o no.
Luanne frunció el ceño.
—Eso no importa. ¿A ti te gustaría que te dijera que tu novio es guapo? —preguntó, mirando a Fernando—. ¿Te haría gracia?
Sorprendida, Lucero miró a Fernando y después a Luanne. La pregunta no le molestaba.
Lo que la sorprendía era que Luanne supiera que Fernando y ella estaban juntos.
Siempre tenían mucho cuidado en no demostrar nada cuando estaban con gente.
—Fernando y yo no…
—Claro que sí —la cortó ella—. Los dos están enamorados. Lo sé porque Tyler y yo también lo estamos.
—Luanne, Lucero y yo somos socios —dijo Fernando.

Ella hizo un gesto con la mano para quitarle importancia a sus palabras.
—No te ofendas, pero la hija de mi madre no es idiota. Ustedes son mucho más que socios en una empresa. Lo sé por la forma en que se miran —y se volvió a Lucero—. Y ahora, dime, ¿cómo te sentirías si otras mujeres se quedasen mirando a Fernando pensando lo bueno que está?
Lucero se quedó pensando seriamente la pregunta.
—Pues la verdad es que no me molestaría. Ya sé que Fernando es muy atractivo y doy por sentado que las demás mujeres piensan lo mismo.
—Pero ¿cómo es posible que no te moleste? A esas mujeres les gustaría llevárselo a la cama. Yo no podría soportar eso —dijo, acercándose a Tyler.
Fernando iba a decir algo, pero Lucero negó con la cabeza. Aquella era una conversación de mujer a mujer.
—Te lo digo en serio, Luanne. A mí no me importaría, ¿y sabes por qué? Porque yo confío en Fernando y sé que no me engañaría con otra mujer. Estoy segura de ello y por eso no me importa que otras mujeres lo miren —sonrió y se acercó a ella—. De hecho, me gusta que piensen que está como un queso.
Luanne la miró sorprendida.
—¿De verdad?
Lucero se rió.
—¡Vamos, Luanne! No me digas que no te gusta saber que un hombre guapo como tu novio sólo tiene ojos para ti.
Luanne se volteó a ver a Tyler.
—Tú no miras a otras mujeres, ¿verdad?
En lugar de intentar convencerla con un montón de palabras, Lucero supo que el joven era sincero al contestar simplemente.
—No.
—Y aunque las mujeres se te echen en los brazos después del anuncio, ¿tú no te dejarás vencer por la tentación?
—Cariño, las mujeres llevan echándose en mis brazos desde la primera vez que participé en un rodeo y nunca me he ido con todas ellas. Muchos de los chicos se vuelven locos cuando están fuera de la ciudad, pero tú sabes que ese no es mi caso. ¿Por qué iba a empezar a engañarte ahora? —se acercó y la besó en los labios—. Te quiero, Luanne. Llevo años queriéndote. Si hago esos anuncios, tendremos dinero suficiente para casarnos ya, sin tener que esperar un año más. ¿Es que no quieres casarte conmigo?
A ella se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Sí —contestó y lo besó.

Lucero sintió que la garganta se le cerraba. Estaban tan enamorados que resultaban conmovedores. Automáticamente miró a Fernando, que la estaba observando fijamente.
Ojalá hubiera podido saber qué estaba pensando o sintiendo. ¿Sentiría algo por ella, o sería todo diversión y sexo para él? ¿Sospecharía que ella estaba profundamente enamorada de él? Probablemente. Fernando era un hombre inteligente y tal y como había dicho Luanne, era obvio que había algo entre ellos.
—Está bien —dijo Luanne—. Si Tyler quiere hacerlo yo le apoyaré. Sé que nunca me haría daño. Llevamos tres años saliendo y sé que es un hombre bueno.
Saber que Luanne no iba a oponerse a la campaña fue un alivio que les permitió relajarse y disfrutar de la velada, que resultó al final bastante divertida.
Charlaron, se rieron y lo pasaron bien, aunque Lucero no pudo evitar preguntarse en más de una ocasión qué pasaría cuando Fernando y ella volviesen al hotel. Casi no podía esperar a estar a solas.

Por fin, tras una cena de casi dos horas y media, volvieron al hotel. En cuanto entraron a la habitación, lo abrazó. Necesitaba sentir su cuerpo y su calor y con el deseo abrasándole las venas, se besaron apasionadamente.

—Creía que nunca iba a terminar la cena dichosa —dijo Fernando, quitándole la ropa—. Llevo esperando este momento desde que estábamos en el avión.
—Yo también —confesó ella, mordiéndole el labio.
Cuando pusieron fin a aquel beso, él tiró de su vestido.
—Has el favor de desnudarte, o no respondo de mis actos.
Lucero se echó a reír y tiró de su camisa.
—Pues será mejor que hagas desaparecer también tu camisa, porque he sido yo la que he tenido que aguantar a Luanne diciéndome lo bueno que estás, así que me merezco una recompensa.
Él enarcó las cejas.
—¿Una recompensa? ¿Qué maldad tienes pensada? —preguntó con picardía.
—Aún no he pensado en los detalles, pero sé que el primer paso es conseguir que te desnudes.
Fernando se sacó la camisa de los pantalones y comenzó despacio a desabrocharla.
—Vale. Lo que es de ley es de ley. Soy un hombre que siempre paga sus deudas.
—Con eso cuento —contestó ella al tiempo que bajaba la cremallera de su vestido—. Con eso cuento.

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