Fernando levantó la mirada y estudió a Lucero por encima de la taza de café que estaba tomando. Parecía cansada. Eso estaba bien. Se alegraba de no ser el único que no había podido conciliar el sueño después de la llamada de la noche anterior. Era increíble que hubiera sido capaz de hablar con ella de ese modo, pero todavía más increíble resultaba que ella lo hubiese hecho igual.
¡Qué diablos! Coquetear con Lucero era una mala idea. Muy mala. Sin ni siquiera esforzarse, se le ocurrían un montón de cosas que podían salir mal si tomaban ese camino.
Para empezar, él nunca se metía con una mujer que llegara a esperar de él algo más que una aventura pasajera. No le iban las relaciones estables. Ya estaba ahogado en responsabilidades para echarse otra más a la espalda.
Y no era que supusiera que Lucero podía estar interesada en mantener una relación a largo plazo con él.
A pesar de la llamada de la noche anterior, no había día en que no le dejase bien claro que no le gustaba. Esperaba que tarde o temprano metiera la pata y según su experiencia, terminaría por hacerlo más tarde o más temprano. Al menos con ella.
Tenía unas reglas de comportamiento imposibles de cumplir, a resultado quizás de haber crecido en una familia llena de calaveras. Según Toño, su padre era un tipo de los que empezaba un montón de cosas para abandonarlas después en cuanto entrañaban alguna dificultad. En todos los ámbitos: tanto en el personal como en el profesional. Su encanto personal era lo único que había evitado que acabara en el fracaso.
Pero él sí trabajaba duro y no se echaba atrás al menor síntoma de tempestad y Lucero terminaría por darse cuenta de ello más tarde o más temprano. Pero mientras tanto, tenía que dejar de pensar en ella como en algo más que su socia. ¿A quién podía importarle que durmiera con un camisón lleno de delicadas flores? ¿Y qué más daba que aquella mañana su peinado fuese distinto? Debía haber andado apurada de tiempo, por lo que en lugar de recogerse el pelo en su moño de vieja habitual, se había limitado a hacerse una coleta con su pelo castaño claro, de la que se escapaban algunos mechones que le conferían un aire dulce y sensual.
¡Demonios… iba a tener que ir al psiquiatra!
Tomó un trago largo de café y preguntó:
—¿Tienes idea de dónde encontrar al tipo normal que quieres para el anuncio? No podemos subirnos al coche y ponernos a dar vueltas por la ciudad para encontrarlo. Además, ¿y si el tipo que eliges resulta que tiene un historial delictivo de varias páginas?
Lucero levantó la mirada del menú que estaba leyendo.
—Investigaremos su pasado, pero eso es algo que habríamos hecho aunque se tratase de un modelo profesional. Por el hecho de que una persona sea guapa, no quiere decir que sea buena gente.
Fernando no pudo por menos que sonreír.
—Una indirecta muy poco sutil, Lucero.
—¿Por qué piensas que estaba hablando de ti?
¡Ah, aquella sí que era la Lucero que él conocía y comprendía!
—Porque es así y los dos lo sabemos. Estás enfadada por lo del teléfono.
Lucero se enrojeció levemente.
—¿Podríamos no distraernos? Estoy de acuerdo en que necesitamos un plan para encontrar al candidato perfecto.
Así que ella pensaba lo mismo que él. Que lo de la noche anterior había sido casi sexo telefónico. Y que, efectivamente, lo mejor era concentrarse en el trabajo y fingir que no había tenido lugar.
—Tenemos que confeccionar una lista de sitios a los que ir donde podamos encontrar al tipo de joven que estamos buscando —continuó Lucero—. Quizás gimnasios, o algo así.
—Estamos en Texas. Quizás deberíamos echarle un vistazo a los vaqueros.
—Vaqueros.
Con oírla pronunciar aquella palabra, Fernando se dio cuenta de que le parecía buena idea. ¿Por qué sentirían las mujeres tanta atracción por los vaqueros? ¿Qué tenía de especial que supieran echarle el lazo a las vacas? Ya le gustaría a él verlos echándole el lazo a la cuenta de Neat and Tidy Cleaner. No había sido precisamente un paseo por el parque.
—Sí, vaqueros —murmuró. Cada vez le gustaba menos aquel viaje—. Cuando acabemos de desayunar, le preguntaremos al conserje por los ranchos de los alrededores y los rodeos. Tiene que haber algo que no quede muy lejos.
Hubo una breve pausa mientras la camarera tomaba nota de sus desayunos.
—Háblame más de tu idea para esta campaña —dijo Fernando—. Supongamos que tenemos suerte, que encontramos al candidato perfecto y que su pasado es impoluto. ¿Después, qué?
Lucero por fin lo miró a los ojos y él sintió un estremecimiento. La sensación le desconcertó durante unos segundos. ¿Qué le estaba pasando?
—Creo que anoche te lo expliqué casi todo —contestó—. Podemos mostrarle tal y como es y luego probar con maquillaje, un nuevo corte de pelo… incluso un esmoquin y volver a fotografiarle después.
—Limar todas sus asperezas, vamos.
—No todas. Eso es lo que le hará diferente. Seguirá siendo una persona real. Y un hombre de verdad es siempre más atractivo que una imagen, por muy perfecta que sea.
—¿Estás segura?
Lucero lo miró con la determinación a la que le tenía acostumbrado.
—Completamente.
Toño había devaluado a su hermana al decirle que no les serviría de ayuda en la parte creativa de la empresa. Lucero era una mujer de inteligencia aguda y le gustaba el enfoque que le había dado a aquella campaña. El problema sería conseguir hacerla funcionar con tan poco tiempo.
Lucero nunca había estado en un rancho, pero resultó ser bastante parecido a lo que se esperaba. Muchos animales, ruido y actividad.
Afortunadamente aquel contaba con muchos vaqueros y seguro que entre tantos, encontrarían al hombre que necesitaban para la campaña.
—¿Ves a alguien interesante? —preguntó Fernando.
—Acabamos de llegar. Dame tiempo.
Estaba demasiado cerca y Lucero dio un paso para poner algo de distancia entre ellos.
Llevaban toda la mañana recorriendo varios de los sitios que el conserje les había recomendado, pero por el momento no habían tenido mucha suerte. Apenas eran las doce, así que aún tenían tiempo. Siempre y cuando encontrara a alguien, claro.
Frotándose una sien, miró a su alrededor. Estaban en el pequeño pueblo de Kinley a unos sesenta kilómetros de Dallas. Cada dos semanas, se celebraba allí un rodeo.
Afortunadamente, aquel fin de semana iba a celebrarse uno y aunque sólo era jueves, muchos de los vaqueros habían llegado ya y estaban practicando en un rancho a las afueras del pueblo.
—No sé si alguno de estos vaqueros podrá estar interesado en hacer de modelo para ustedes —comentó Nick Tomson, dueño del rancho—, pero qué más da, voy a presentárselos.
Lucero lo siguió. ¿De verdad funcionaría su plan? Quizás debería haberse limitado a elegir a uno de los modelos y en paz. Fernando estaría encantado y podrían volver a Chicago.
—¿Alguno de estos chicos es carismático?
Nick se detuvo para mirarla, sonriendo de oreja a oreja.
—¿Carismático? Sí, supongo que un par de ellos lo son, porque las mujeres merodean a su alrededor como moscas en un montón de… —sonrió aún más—.
Carisma.
Genial. Empezaba a pensar que también su idea era un montón de carisma.
—¿Por qué no empezamos por esos? —sugirió Fernando—. Lucero tiene un instinto infalible para los tipos con carisma.
Nick sonrió y siguió caminando. Lucero se negó a mirar a Fernando. Estaba tomándole el pelo una vez más, pero decidió ignorarlo. Estaba claro que era incapaz de tomarla en serio, pero ya había dejado de molestarla. De hecho, así las cosas eran mucho más fáciles. Si Fernando seguía molestándola, ella no se dejaría llevar por la estúpida atracción que sentía por él.
Llegaron a un corral en el que varios jóvenes, apoyados en la valla, charlaban y reían.
—Eh, chicos, escúchenme. Estos dos señores son de Chicago. De una agencia de publicidad. Quieren hablar con algunos de ustedes, así que sean amables.
Nick se alejó sin dejar de sonreír.
Lucero se secó las manos en el pantalón. Ojalá se hubiera llevado unos vaqueros.
Un par de ellos los miraban con abierta curiosidad, pero la mayoría se había vuelto a mirar al hombre que montaba en el corral.
—¿Ves a alguien interesante?
Lucero estudió a un par de vaqueros que los estaban mirando. Uno de ellos sonrió, mostrando un agujero donde debería haber varios dientes.
—Deja de hacerme esa pregunta —respondió—. Cuando vea a alguien interesante, serás el primero en… —pero no terminó la frase—. ¡Bingo!
—¿Quién? ¿Quién es? ¿El del caballo?
Fernando supo que había encontrado al hombre porque su actitud cambió. Pasó a estar centrada únicamente en el trabajo.
Lucero negó con la cabeza y regresó su atención al joven rubio que estaba al lado del corral. Estaba ayudando a un niño de unos doce años a lanzar el lazo sobre una paca de paja y cuando el niño lo hizo bien, comenzó a reírse y le revolvió el pelo cariñosamente.
—Ese —dijo, señalándolo.
Fernando se rió.
—Eres una sentimental, Lucero. Has elegido al que estaba ayudando al niño.
Más que sentimental debía considerarla sensible, pero no le importó. El hecho de que el hombre más atractivo fuese también amable con los niños era sólo la cereza del pastel.
Mientras se acercaban, no pudo dejar de desear que el candidato a 'Amante' le acelerara el pulso como Fernando. Pero, desgraciadamente, no hubo suerte. Cuando estuvieron lo bastante cerca y el joven levantó la cabeza, aunque Lucero sabía que aquel joven estaba como un queso, que sería lo que dirían sus compañeras de oficina, sus hormonas siguieron tal y como estaban. No como con Fernando.
—¿Puedo ayudarlos en algo? —preguntó el joven.
Fernando se presentó y presentó también a Lucero, pero luego guardó silencio. Genial. Le había dejado lo más difícil de explicar.
—Me llamo Tyler Roberts —dijo el joven y pasó un brazo por los hombros del niño—.Y este es mi hermano, Danny.
Fernando se recostó contra la barra del bar y estudió a Lucero. Ella le estaba buscando, pero durante unos segundos, se limitó a observarla. Aunque aquella noche iban a encontrarse para una cena de celebración, parecía ir vestida para un funeral. Un funeral de luto riguroso. Llevaba uno de sus trajes de chaqueta del trabajo y el pelo recogido en ese espantoso moño.
Con un gesto de la mano, llamó a la camarera de la barra.
—¿Dónde hay por aquí un sitio divertido para ir a cenar?
La mujer le dedicó una brillante sonrisa.
—Divertido, ¿en qué sentido?
Sí, ya sabía que no tenía por qué estar solo aquella noche, si no quería estarlo. Qué pena no estar interesado en el mensaje de aquella mujer. Unos años antes, las cosas habrían sido distintas, pero lo mismo que no le gustaban las relaciones a largo plazo, tampoco le iban las historias de una sola noche.
Sin pretenderlo, volvió a mirar a Lucero. Ya lo había localizado y caminaba hacia él.
Aquella noche era de verdad una celebración. Las cosas parecían haber salido bien con Tyler y tenía que admitir que el instinto de Lucero había sido inmejorable. El joven era tan atractivo como cualquiera de los modelos que habían entrevistado, pero también era una persona real, un hombre preocupado por su familia y un tipo genial con su hermano pequeño. Con él, venderían un millón de frascos de perfume.
Así que había propuesto aquella cena como un premio al buen trabajo, pero Lucero parecía aún más tensa y recatada de lo normal.
—Divertido en el sentido de entretenido —le dijo a la camarera, aunque tenía la sensación de que un muerto se lo pasaría mejor de lo que se lo iba a pasar él aquella noche.
Lucero había llegado a su altura y la camarera miró antes de decir:
—Lo que necesitas es El Desperado Steakhouse. Es uno de los mejores sitios de Dallas y creo que encajará perfectamente —y con una seductora sonrisa, añadió—Pero si las cosas no te salen como tú quieres, pásate por aquí. Estaré hasta la media noche.
Y tras guiñarle un ojo, fue a atender a otro cliente. Cuando Fernando volteó a ver a Lucero, ésta parecía a punto de estallar.
—Ya veo que no te has aburrido en la espera —dijo ella.
Fernando se rió.
—Eres incorregible, Lucero—contestó y tomándola por un brazo, dijo— Anda, vámonos a cenar. Tengo hambre y puedes regañarme todo lo que quieras de camino al restaurante.
Lucero cerró los ojos. Parecía estar contando hasta diez. O hasta veinte. Puede que hasta cien. Pero cuando volvió a abrirlos, durante una milésima de segundo, Fernando sintió que la sangre le hervía en las venas. ¿Qué tendría Lucero para estarle llegando de ese modo?
—Tienes razón. No quiero discutir, sobre todo esta noche. Estoy muy satisfecha con cómo han salido hoy las cosas.
Su rendición le sorprendió, pero qué diablos, habían firmado la tregua para una semana, así que salieron del hotel y se dirigieron en el coche alquilado al restaurante. Mientras conducía, Fernando se prometió tener un comportamiento intachable aquella noche.
Tendrían que seguir trabajando juntos durante unas cuantas semanas y tenía que encontrar la forma de salir adelante. Llevarla a cenar les ayudaría a relajarse y llevarla con calma.
O no. En cuanto entraron en aquel sitio, Fernando supo que no era la clase de lugar al que podía llegar a Lucero. El Desperado Steakhouse era un lugar ruidoso, lleno de gente dispuesta a pasárselo bien.
No, Lucero no encajaba allí.
Pensó en sugerir que se marcharan, pero la mujer que los recibió en la entrada comenzó a reírse y señaló a Lucero con un dedo.
—No, no. Aquí no. En esta casa no permitimos ni trajes ni corbatas.
Y señaló a una pizarra puesta en la pared. En ella se leía: "Estás aquí para pasar un buen rato. Se requiere atuendo adecuado. Nada de trajes ni de corbatas."
Lucero miró a Fernando aturdida.
—¿Qué clase de restaurante es éste?
—Me parece que uno que se toma muy en serio la diversión. ¿Quieres que nos vayamos a otro sitio?
La camarera se rió de nuevo y tiró del brazo de Fernando.
—No se vayan. Me parece que les vendría bien pasar una noche agradable lejos de la ciudad —sonrió a Lucero—.
Quítate la chaqueta y suéltate el pelo. Seguro que has trabajado duro toda la semana. Ahora es el momento de divertirse un rato —les dijo, acompañándolos a una mesa cerca del escenario.
La mirada de Lucero debió ser como la de un hombre a punto de ahogarse, pero antes de que Fernando pudiera decir algo, la vio quitarse la chaqueta. Más que parecer informal, parecía incómoda. Y guapa además, iluminada la cara por la luz suave de la vela de la mesa.
Durante un momento, Fernando se quedó observando a Lucero barbilla firme, nariz respingada y ojos color miel con un brillo especial que veían demasiado.
¿Por qué no se había dado cuenta desde el principio qué cara más bonita tenía Lucero? Y más importante aún, ¿por qué se estaba dando cuenta en aquel momento?
—Entonces, ¿quieres que nos vayamos? —le preguntó con algo más de brusquedad de la que pretendía.
Lucero negó con la cabeza.
—No. Estamos aquí y me he quitado la chaqueta. Quedémonos a cenar.
Pero cuando pidieron la cena y el silencio se apoderó de ellos, Fernando empezó a pensar que no había sido buena idea quedarse. Aquello era tan divertido como una operación quirúrgica.
—Creo que Tyler va a ser una buena elección —dijo.
Lucero se animó inmediatamente.
—Es perfecto, ¿verdad? Me ha causado muy buena impresión.
—Tenías razón con lo de los modelos. Los consumidores pensarían que solo gente perfecta puede comprar el perfume. Tyler resultará mucho más convincente.
—Estoy de acuerdo. Quedará genial.
—Eres buena en publicidad, Lucero —le dijo, dejándose llevar por un impulso—. Pareces tener intuición.
Lucero sonrió de oreja a oreja.
—Espero no estar equivocada. ¿Crees de verdad que a Debra le gustará la idea?
—Desde luego, sobre todo cuando vea a Tyler.
Ella volvió a sonreír y él no pudo dejar de hacer lo mismo. Un par de segundos y ocurrió algo de lo más extraño. De pronto la atmósfera a su alrededor pareció adquirir más densidad, algo sensual palpitaba en el aire. Antes de que pudiera darse cuenta, imágenes carnales de su compañera se le representaron en la cabeza. El calor le envolvió y le resultó imposible apartar la mirada de ella.
Lucero había enrojecido. También estaba sintiendo ese mismo tirón entre ambos y le complacía tan poco como a él, sin duda.
El deseo se le arremolinó en el vientre y cuando más intentaba controlar su libido, a más velocidad avanzaba ésta, pasando ya al dominio de lo abiertamente erótico.
¿Qué aspecto tendría Lucero excitada? ¿Bajaría la guardia para dejarse conducir por la pasión? ¿Utilizaría su considerable inteligencia para encontrar modos nuevos de complacer a su pareja?
La camarera se presentó con la cena y su llegada consiguió detener sus pensamientos.
¡Demonios…!
La conversación fue nula durante la cena. Al final, desesperado por romper la tensión, preguntó:
—¿Sabes algo de Toño?
Lucero estaba jugando con la ensalada, pero se detuvo y lo miró.
—No desde aquel mensaje de teléfono tan original en el que me decía que tenía que replantearse su vida.
Fernando movió la cabeza.
—Desde luego, no lo entiendo. ¿Por qué se marcharía así? ¿Dónde estará? ¿Crees que pensará volver?
Ella suspiró.
—Tienes que dejar de preocuparte por él. Los hombres de mi familia siempre han hecho cosas así. Mi padre desapareció al menos una docena de veces.
—¿De verdad? —aquello era nuevo para él—. ¿Y la familia de Toño?
—Para él la familia no es un problema —contestó con ironía—. Si su mujer no le entiende, se busca otra. La madre de Toño se quejó, así que su padre se casó con mi madre. Cuando fue mi madre la que se quejó, se casó con su esposa número tres.
—Lo siento, Lucero.
Ella se encogió de hombros.
—No sientas lástima por mí, sino por la esposa número cinco. Es solo cuestión de tiempo que vuelva a desaparecer.
Fernando no sabía qué decir, porque si pudiera definirlo con sus propias palabras, diría que su padre era un bastardo.
—Toño ya ha hecho antes cosas como ésta —le dijo Lucero—. Una vez, justo antes de empezar la universidad. En aquella ocasión yo pensé que simplemente se había tomado unos días para quitarse las telarañas antes de meterse de nuevo con los libros. Ahora, me preocupa que sea como mi padre. Que desaparezca cada dos por tres —miró a Fernando—. Pero lo que más me molesta es que te haya dejado colgado a ti. A su mejor amigo. La agencia fue idea de Toño y no tenía derecho a dejarnos empantanados. Me pone…
—¿Enferma?
—Sí, enferma —la indignación era visible—. No debería haberte hecho algo así. Tú no eres su familia y no estás acostumbrado a esa clase de comportamiento. Invertiste en el negocio porque eras amigo suyo, ¿y luego te deja colgado así? Es muy injusto.
Por mucho que apreciara su sentimiento de ultraje, tenía que aclarar unas cuantas cosas.
—Es muy injusto para los dos. Para ti también. Nada de todo esto es culpa tuya, Lucero.
—Pero aun así está muy mal y me siento fatal por ello.
—No debió ser nada fácil crecer con Toño y con tu padre.
Cuando la miró de nuevo, percibió en su mirada el agravio y el dolor, que rápidamente intentó esconder. A pesar de su duro exterior, Lucero era muy sensible por dentro.
—Nunca sabías lo que iban a hacer —dijo, bajando la mirada—. Pero Toño no debería haber puesto en marcha D&S si no pensaba quedarse. No se puede llevar un negocio si uno de los socios se larga cuando le da la gana.
En eso estaba de acuerdo con ella. No estaba satisfecho con el comportamiento de Toño, pero no quería decir nada más por no agobiar a Lucero.
—Ya nos arreglaremos —fue todo lo que se le ocurrió decir y sin pensar, estiró un brazo y puso la mano sobre la de ella. Lucero se quedó rígida un momento, pero no la quitó—. Creo que estamos haciendo un buen trabajo los dos solos —dijo Fernando con sinceridad—. Tu idea de usar personas de la calle es mejor que cualquier cosa que Antonio o yo hubiéramos podido pensar.
Una vez más, aquel halago suyo la hizo sonreír, lo cual le indujo a pensar que Lucero no había recibido muchos halagos en su vida. La sonrisa que le había dedicado era francamente brillante.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó sin dejar de sonreír—. Es la segunda vez que me dices algo agradable esta noche.
—Muy graciosa.
Una banda pequeña subió al escenario y empezó a colocar los instrumentos.
—Me parece que es hora de que nos vayamos —dijo Lucero, apartando la mano muy despacio.
Pero él no tenía prisa por irse. No quería volver a la habitación de su hotel y pensar en la conversación que habían tenido la noche anterior. Quería quedarse allí.
—¿Qué te parece si escuchamos un par de canciones?
—Bueno, pero tenemos que irnos pronto. El vuelo sale mañana a las nueve y no quiero perderlo.
La banda tocó música country por supuesto. La primera canción era de ritmo trepidante y alegre, e incluso Lucero parecía dejarse llevar. La segunda fue tan rápida casi como la primera, pero con una letra en la que se hablaba de un hombre al que su mujer encerraba en casa. Cuando más trataba el hombre de razonar con ella, más se enfadaba su mujer. Para cuando terminó la canción, el auditorio entero se reía.
Lucero se levantó.
—Ha sido muy divertido —dijo—, pero me gustaría marcharme.
Fernando se levantó y colocó su silla, con intención de seguirla fuera del restaurante.
Pero la banda comenzó a tocar una triste canción de amor y Lucero se paró en seco.
—¿Ocurre algo? —le preguntó él al oído.
—No. Que me encanta esta canción.
Estaba tan cerca que su perfume de flores era una verdadera tentación. Sin considerar el buen juicio de la acción, tomó su mano y la guió con suavidad hasta la pista de baile.
—Deberíamos irnos —protestó ella.
Fernando se limitó a rodearle la cintura con los brazos. Ella no se acercó, así que tuvo que decirle:
—Prometo no morder.
Pero cuando ella le dedicó una de sus miradas, él añadió riendo:
—A menos que me lo pidas educadamente.
Con un suspiro que Fernando no supo interpretar, Lucero se dejó abrazar. No estaba seguro de por qué la había invitado a bailar, pero al tenerla ya en brazos, no le importó.
Era maravilloso sentirla tan cerca.
Ella dijo algo, pero él no la oyó, así que se acercó más.
—No se me da muy bien bailar —dijo con voz suave, puramente femenina.
Fernando la miró y los ojos de ella se abrieron de par en par cuando él le pasó un dedo por la mejilla.
—Lo estás haciendo muy bien —dijo, sin importarle si lo oía o no.
Quizás fue porque hacía mucho tiempo que no tenía a una mujer en los brazos. O quizás porque Lucero se hubiera quitado la máscara, permitiéndole echar un vistazo a la mujer que había en su interior. Pero fuera cual fuera la razón, quería seguir bailando con ella, disfrutando de sentir su cuerpo tan cerca.
Cuando volvió a abrazarla, sintió que se derretía en sus brazos y pasó una mano por su espalda. Sus pechos se rozaban con el suyo, las piernas con sus muslos. El deseo creció en su interior, disparando la velocidad de su sangre. Perdido en aquellas sensaciones, la besó suavemente en el cuello.
—Fernando, pienso que no es buena idea —dijo ella, pero se acercó a sus labios más que alejarse de ellos.
—No pienses tanto —contestó él, besando entonces la línea de su mandíbula.
La banda interpretó los últimos acordes de la canción justo cuando la miraba a los ojos. El impulso que le empujaba era estúpido y peligroso. Muy, pero que muy estúpido.
Miró entonces sus labios, que estaban entreabiertos y que parecían tan suaves…
—Fernando…
Su voz era la de una mujer excitada.
Haciendo caso omiso de todas las luces de advertencia que se encendían ante sus ojos, hizo lo único que sabía que no debía hacer: se inclinó y la besó en la boca. Apasionadamente.
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