miércoles, 21 de agosto de 2013

Capítulo 8.

Lucero estaba convencida de que nada podía ser mejor que lo que Fernando le estaba haciendo a su cuerpo. La llevaba al borde del abismo para tirar después de ella justo cuando estaba a punto de caer. Pero por mucho que le gustaran sus caricias, si no paraba pronto iba a empezar a gritar de frustración.

—Fernando, por favor —murmuró junto a sus labios y él, mirándola a los ojos, cambió el ritmo y la presión de su mano. Lucero, aferrada a él, perdió durante un instante la capacidad de respirar mientras temblaba en sus brazos.

Cayeron los dos sobre el colchón, Fernando soportando el peso de su cuerpo y tomando sus senos en las manos le acarició los pezones con el pulgar. El deseo enardeció a Lucero y sintiéndose más atrevida que nunca, sonrió y le devoró la boca.
A Fernando le encantaba besarla. Parecía no poder saciarse de ella, como si lo volviese tan loco como él la volvía a ella, lo cual le proporcionaba una embriagadora sensación de poder.

Cuando él la tumbó sobre la espalda, Lucero pensó que por fin iba a penetrarla, pero no fue así. Lo que hizo fue tumbarse de lado junto a ella, la cabeza apoyada en una mano y mirarla mientras acariciaba sus pechos con caricias sinuosas. Lucero deslizó una mano por su pecho. Le gustaba la sensación de aquel vello rizado bajo la palma.
Incorporándose un poco, hizo descender la caricia hasta llegar a rodear su pene con la mano.
Fernando cerró los ojos y la dejó hacer su trabajo, hasta que no pudo más.

—No puedo esperar más, cariño —le dijo, apartando su mano—. Tengo preservativos en la cartera.
Hizo ademán de levantarse, pero ella le detuvo.
—Yo los tengo aquí —dijo y sacó de la mesilla uno de los preservativos que Megan le había dejado.
—Eres un verdadero demonio —dijo y se asomó al cajón—. ¡Vaya! La noche ya la tenías planeada. ¿Es que ya sabías que ibas a seducirme?
Ella contestó que no con la cabeza.
—Megan me los dio.
—Hay por lo menos una docena —contó—. ¿Es que esperas a Superman?
Ella se rió de aquel modo que a él tanto le gustaba.
—Espero que rindas al máximo de tus posibilidades —le dijo fingiendo severidad.

Fernando la besó.
—Me encanta ese tono de profesora de colegio —sacó un par de preservativos más y los dejó sobre la mesilla—. Por si acaso —le dijo, guiñando un ojo.
Lucero le acarició el abdomen.
—Me encantan los alumnos aplicados.
La risa de él terminó siendo un gemido cuando su mano bajó un poco más.
—Me encanta lo que estás haciendo, pero como sigas vamos a terminar incluso antes de haber empezado.
Apartó la mano de Lucero, se colocó un preservativo y volvió a tumbarse junto a ella.
—Dime qué te gusta —dijo, acariciando de nuevo sus pezones y Lucero arqueó la espalda, buscando más.
—Cualquier cosa que hagas tú —contestó ella casi sin voz—. Cualquier cosa.
—Lucero —musitó él y se inclinó sobre el pecho para lamerlo.

Lucero contuvo la respiración, arqueándose aún más para introducir aquel punto palpitante en su boca y rogándole que le diera más. Él obedeció y pasó a su otro pecho, lamiendo un pezón imposible de pura dureza mientras ella acariciaba arriba y abajo su espalda.
Había tantas cosas que quería que él le hiciera y tantas cosas que quería ella hacerle a él… pero no podía esperar. En aquel momento, todo lo que deseaba era sentirle dentro.

Tomó su cara entre las manos y le dijo:
—Ahora, Fernando. Te necesito ahora.
—Eres tan hermosa.
Mirándola a los ojos, se colocó entre sus piernas y al penetrarla la vio cerrar los ojos.
—Mírame —susurró y ella abrió los ojos.

Cuando estuvo por completo dentro de ella, la besó por temor a quemarse en el fuego que ardía en sus ojos y saboreó la sensación de estar unidos íntimamente. Luego, bajo la mirada de Lucero, empezó a moverse, despacio primero, más rápido después, con urgencia, con intensidad. Ella se movía con él, imitando su ritmo, igualando su necesidad.
Hacer el amor nunca había sido así, tan enriquecedor, tan perfecto, tan pleno.

Envolvió las caderas de Fernando con las piernas para sentirlo aún más dentro, deseando formar parte de él.

Una y otra vez, Fernando se movió dentro de ella, murmurando su nombre, hasta que de pronto el mundo quedó inmóvil y la increíble presión que había ido creciendo dentro de ella, explotó. Gritó y un momento después, Lucero pronunció su nombre por última vez antes de alcanzar el orgasmo.

Permanecieron unidos e inmóviles durante un tiempo difícil de precisar, hasta que Fernando levantó la cabeza y sonrió despacio.
—Rápidamente… dime tu nombre.
Lucero se echó a reír.
—Tengo que reconocer que al menos en un par de ocasiones has conseguido que me olvidara de mi nombre.
Fernando se rió.
—Ha sido increíble, Lucero. Increíble.

Estaba totalmente de acuerdo y al pasar la mano por su mejilla se dio cuenta de pronto de por qué la experiencia había sido tan fantástica. No había sido sólo sexo. Habían hecho el amor. O al menos ella había hecho el amor, porque supo sin ningún género de duda que estaba enamorada de Fernando Colunga.
Absoluta, profunda y quizás estúpidamente enamorada de él.
Debería estar aterrada, pero estando en sus brazos, era imposible. Nada de lo que había ocurrido ni de lo que el futuro podía depararle la asustaría. Porque lo quería, estaría dispuesta a aceptar lo que él pudiera ofrecerle sin preocuparse por lo que ocurriera cuando todo terminara.

Además ya sabía lo que iba a ocurrir, que seguiría adelante. Con el corazón tocado, pero seguiría adelante. Y saber que más adelante iba a sufrir no iba a impedir que saborease el presente. Él no iba a estar a su lado para siempre, pero lo estaba aquella noche, e iba a asegurarse de que el tiempo que pasaran juntos fuese un sueño hecho realidad.



Fernando abrió los ojos y le costó un minuto recordar dónde estaba, hasta que sintió un cuerpo cálido junto al suyo y recordó exactamente dónde estaba y con quién. Se acomodó de lado y acurrucó a Lucero. Ella murmuró algo nada entendible y se pegó a su lado.
No le había sorprendido que a Lucero le gustara dormir acurrucada a su lado. Varias veces a lo largo de la noche se había pegado a su cuerpo, acariciándolo medio dormida, murmurando palabras incomprensibles que la habían hecho sonreír.
No podía recordar haber estado con otra mujer que le hubiera proporcionado tanto placer, tanto durante el sexo como después. 

Era capaz de excitarlo incluso dormida y decidió rendirse a la tentación y empezar a besar su cuerpo en sentido descendente, descubriendo de nuevo su forma, su olor.
Supo exactamente cuándo se despertó aunque no abrió los ojos, ni siquiera cuando separó sus piernas para besarla íntimamente, para acariciarla con la lengua. La respiración de Lucero se volvió rápida, entrecortada y siguió atormentándola hasta que alcanzó el orgasmo.

—Buenos días —dijo, sonriendo—. ¿Cómo estás?
Lucero sonrió adormilada.
—De maravilla, gracias a ti. ¿Y tú cómo estás?
—Genial, pero hay algo con lo que me podrías ayudar —dijo y subiendo de nuevo a su altura, la besó. Cuando separaron sus labios, ella lo miró con tal dulzura que el corazón le dio un salto.

—¿De verdad hay algo que puedo hacer por ti? ¿Qué puede ser? —bromeó, mientras alcanzaba otro preservativo de la mesilla—. Somos socios y siempre estoy dispuesta a ayudarte con cualquier problemilla que puedas tener.
—¿Qué quieres decir con "problemilla"?

Lucero se rió y el sonido de su risa fue para él como una lluvia cálida. Sin sentir vergüenza alguna, bajó la mano y acarició a su "amigo".

—¡Ay, qué fallo! —bromeó—. Esto no es un problemilla. Es un problema grande. Un problema enorme. Un problema gigante.
Fernando se tumbó boca arriba y la colocó a ella sobre él.
—¿Se te ocurre cómo podrías ayudarme?
Ella deslizó una mano por su pecho.
—A ver qué puedo hacer…
Y lo que hizo fue excitarle hasta más allá de lo imaginable durante media hora. 

Cuando Fernando recuperó más o menos la normalidad en la respiración, Lucero estaba tumbada junto a él, casi dormida y sin pensar en lo que hacía, acarició su espalda.
En aquel momento, a la pálida luz de la mañana, no podía fingir que Lucero no estuviera colándosele muy adentro, porque así era. Estaba empezando a sentir algo por ella. Algo profundo. Pero algo que no era amor. Y no estaba dispuesto a enamorarse de ella porque Lucero se merecía más de lo que él le podía ofrecer. Más tarde que temprano, querría casarse, e incluso tener hijos y él no estaba interesado en eso. Se había pasado la mayor parte de la vida cuidando de alguien. Bueno, aún no había dejado de hacerlo y ya tenía suficientes responsabilidades como para ahogarse en ellas.

Pero saber que no tenía futuro con Lucero no le impidió abrazarse a ella. Más tarde, cuando se despertara, hablaría con ella para saber qué quería hacer. Podían seguir siendo amantes durante un tiempo, siempre y cuando ella no olvidara que no iba a ser para siempre.
Volvió a acariciarle mientras la apretaba contra su pecho. Tendría que ser ella quien decidiera a donde iban a partir de aquella noche.




—Pareces un poco atolondrada hoy —comentó Carla, sonriendo—. ¿Es que tienes algún novio del que no nos has hablado?

Sorprendida, Lucero la miró. No podía saber lo de Fernando. Ella no se lo había dicho ni a un alma y sabía que Fernando tampoco.
Eso significaba que lo de Carla no era más que su intuición.

—Estoy muy contenta por haber encontrado al tercer «Amante» —contestó—. ¿Te has puesto ya en contacto con Jamal?
—Sí, he hablado con él y el papeleo está ya en marcha. Pero no intentes echar balones fuera. Desde que volviste del aeropuerto, estás radiante de felicidad. Hace unos minutos, hasta te he oído canturrear y tú nunca canturreas. ¿Qué ha pasado en Charleston?
Tenía que acordarse de no canturrear y de no parecer radiante de felicidad.
—No seas exagerada, Carla. Anda, ¿es que no tienes nada que hacer?
Riendo, Carla salió del despacho, pero desde la puerta le dijo:
—Vale, como quieras. Pero me alegro de verte tan feliz.

Cuando se marchó, Lucero intentó concentrarse en lo que tenía en la pantalla del ordenador, pero no podía. En lo único que podía pensar era en la noche anterior y en las cosas tan maravillosas que Fernando le había hecho sentir. Había mimado su cuerpo y de camino, le había robado el corazón.
Pero él no estaba interesado en su corazón. De hecho, aquella mañana había vuelto a insistir con toda dulzura sobre que no quería una relación a largo plazo, a lo que ella le había contestado que tampoco estaba interesada.
Daba la impresión de que la había creído y de camino a casa la había besado y habían reído juntos como en el avión. Pero ahora que estaban de vuelta en la oficina y en el mundo real, sabía que tenía que tomar una decisión. Seguir siendo su amante o ponerle punto final en aquel momento.

Casi como si supiera que estaba pensando en él, Fernando apareció en la puerta de su despacho con una sonrisa que hablaba de los muchos secretos que habían compartido la noche anterior. Con el corazón acelerado, ella le devolvió la sonrisa.
—Hola —dijo él, entró en el despacho y cerró la puerta.
Por estúpido que pareciera, Lucero no podía recordar haber oído de labios de un hombre algo tan sexy como aquello. Quizás fuese porque 'Hola' fuese un saludo entre amantes que habían compartido una noche juntos.
—Hola —le dijo ella y miró hacia la puerta—. ¿Qué pasa?
Su sonrisa se hizo brillante como un foco de cientos de watts.
—No es una pregunta muy buena para hacerle a un hombre.
Lucero se echó a reír.
—Si estás aquí por eso ya puedes volverte a tu despacho. No pienso hacer tonterías en el trabajo.
Fernando se encogió de hombros y se sentó en la silla que había delante de la mesa.
—Me parece bien. Tú te lo pierdes. A mí no me importa.
—Bobadas.
Él se rió.
—Pues sí.

Mirarlo era un verdadero placer. Era tan arrebatadoramente masculino que Lucero no pudo evitar desearlo. Pero lo que le había contestado a él iba en serio. Allí, no. No en la oficina.
—Entonces, si no estás aquí para… —se encogió de hombros— ya sabes, ¿por qué estás aquí?
A Fernando le brillaron los ojos al decir:
—¿Cómo que "ya sabes"? No recuerdo que anoche fueras tan tímida.
Lucero se apartó varios mechones de pelo de la cara. Había seguido el consejo de Megan y no se había recogido el pelo en su moño habitual. Le hacía sentirse distinta, menos contenida. Más salvaje.
Igual que Fernando la hacía sentir.
—No fui tímida y fue gracias a ti. No te lo he dicho antes, pero lo de anoche significó mucho para mí. Fue algo muy… enriquecedor
Durante un momento, él solo la miró. Le gustaba el modo en que la miraba, como si de verdad la estuviese viendo a ella, a sus esperanzas y sus sueños, además de la mujer.
—Pues cada vez que necesites volver a enriquecerte, solo tienes que hacérmelo saber.
—¿Sería demasiado pedir esta noche? —preguntó, haciendo acopio de valor.
—De eso precisamente quería hablarte yo. Esta noche tengo que ir a visitar a mi madre. ¿Quieres venir? Luego podríamos ir a mi departamento o a tu casa y continuar lo que empezamos la noche anterior.

¿Su madre? ¿Quería que le acompañase a conocer a su madre?

Lucero frunció el ceño.
—No estoy segura de si debería…
—No supongas que hay más de lo que hay Lucero, que mi madre tampoco lo supondrá. Sabe que llevamos juntos la agencia y le gustará conocerte. No le diremos nada de lo nuestro, no vaya a hacerse una idea equivocada.

Tenía razón. No tenían que decírselo ni a su madre ni al resto de la oficina. Sería más fácil así.

—Es una visita sin importancia. Le decimos hola y luego nos vamos a cenar —sonrió y luego cambió de tono—. Después y ya que insistes, dejaré que me seduzcas.
—No es mal plan —contestó ella y volvió a mirar a la puerta antes de recolocar unos cuantos papeles que tenía sobre la mesa. No quería echarle, pero si no salía pronto del despacho, iba a tener que faltar a sus propias reglas—. Tengo un montón de trabajo. ¿Quieres algo más?

Él se levantó riendo.
—Ya estamos otra vez con ese tono de maestra de escuela. Calma, corazón —declamó, teatral.
Con un guiño, salió de su despacho. Lucero lo vio alejarse y se descubrió sonriendo.

Fernando Colunga era bueno para ella, en más de un sentido. El trabajo era divertido con él, lo cual no dejaba de ser sorprendente teniendo en cuenta la situación en que Antonio los había dejado. Pero juntos, estaban haciendo funcionar las cosas.
Ya eran bastantes las empresas que los habían llamado para que les pusieran en marcha sus campañas publicitarias. Incluso ella había sido capaz de aportar una idea para la campaña de Amante. ¿Quién iba a decirlo?
Con la reputación que se estaban ganando, Fernando no tendría demasiadas dificultades para encontrar la financiación necesaria para comprarle a ella su parte. La agencia tenía un brillante futuro ante sí, algo de lo que cualquier inversor se daría cuenta.

Pronto, incluso demasiado pronto, podría sacar su dinero de la agencia y dedicarse a otra cosa.
Pero la idea la entristeció. Últimamente disfrutaba yendo a trabajar. Tenía la sensación de ser alguien importante allí. Pero por encima de todo, deseaba ver a Fernando. Desde luego era capaz de volverla loca, pero también la hacía sentirse bien consigo misma, e iba a echarlo muchísimo de menos cuando dejara la agencia y ya no formara parte de su vida.
La idea de quedarse más tiempo se le había ocurrido, pero ¿cómo se sentiría varios meses después, incluso un año y que él siguiera sin enamorarse de ella? Verlo día tras día y saber que no iba a llegar a quererla sería una tortura.
Lo mejor sería no pensar por el momento en el futuro. Aquella noche iba a verse con él y pasara lo que pasara en el futuro, las noches que iban a compartir merecerían la pena.
¡Vaya si la merecerían!




—Supongo que estarás muy preocupada por tu hermano —le dijo a Lucero la madre de Fernando con una sonrisa—. Debes estar pasándolo fatal, sin saber dónde está o si se encuentra bien. Eres una mujer muy fuerte para seguir adelante tal y como lo estás haciendo. Te admiro.
Fernando miró a Lucero, que parecía conmovida por la alabanza de su madre.
—Gracias, pero no hay nada que admirar. Estoy acostumbrada a que las cosas sean así en mi familia. No es la primera vez que Antonio se va y también lo hacía mi padre. Debe ser algo genético, al menos en los hombres.

Su madre miró a Fernando, pero él se limitó a encogerse de hombros. Si hubiera sabido que Antonio podía desaparecer de la noche a la mañana, no se habría embarcado en un negocio con él.

—En la universidad nunca desapareció —comentó él.
Lucero se recostó en el sofá y contestó mirando a Nicole.
—La verdad es que pensé que no abandonaría así su negocio. La última vez que desapareció, lo hizo poco más o menos al tiempo que mi padre y durante unos meses, llegué a preguntarme si volvería a verlos alguna vez.
Fernando no sabía qué decir y miró a su madre, quien a su vez miraba a Lucero con compasión.
—Dios mío. Cómo tuviste que sufrir. ¿Cuántos años tenías?
Lucero parecía sorprendida por la conmiseración de su madre.
—No se crea, señora Olivares, que no fue tan grave. Mi padre desaparecía muy a menudo cuando Antonio y yo éramos pequeños. Llegó un punto en que casi podíamos predecir cuándo se iba a marchar. Y cuando volvía, era un padre maravilloso… durante un tiempo.
—Pero eso no debía compensarlos por todos los días que no estaba allí —dijo Fernando con suavidad. Hubiera querido abrazarla y consolarla. 

Aunque Lucero mantenía que no le afectaba, sabía que no podía ser así y sentía lástima por la niña y por la joven que fue. ¿Cómo podían aquellos dos hombres herirla sistemáticamente? ¿Y cómo podía él sentir tan dentro su dolor?

—No deberías sentir lástima por mí —dijo y miró a Nicole—. Además, esta vez Antonio no me ha dejado sola. Fernando y yo nos hemos enfrentado juntos a los problemas de la agencia.
La madre de Fernando le sonrió.
—Es un buen chico, ¿no te parece?
Fernando hizo una mueca.
—¡Vamos, mamá, no empieces! Cuando me descuide, te veo sacando las fotografías de cuando era un bebé. Y no te olvides de que tengo que trabajar con Lucero.
Nicole puso una mano en su rodilla.
—No te preocupes, cariño, que no pienso hacerte pasar una vergüenza. No pienso enseñarle ninguna de tus fotos de cuando eras niño. Ni siquiera en la que estás con el pajarito al aire cuando tenías dos meses.

Lucero se echó a reír, aún más cuando él frunció el ceño fingiendo enfadarse.
—No se imagina lo mucho que me gustaría ver esa foto.

Fernando le dedicó una mirada en la que le prometía venganza aquella noche cuando estuvieran solos. Si quería verlo desnudo, estaría encantado de complacerla.

Era el momento de cambiar de tema.
—¿Necesitas que te haga algo ya que estoy aquí, mamá?
—Sí. Me alegro de que me lo preguntes. El grifo del fregadero gotea. ¿Podrías echarle un vistazo?

Antes de que hubiese terminado casi de hablar, Fernando ya estaba de pie. Entró en la cocina y le echó un vistazo. Era cosa de poco. En un momento lo…
¿Pero en qué estaba pensando? Había dejado a Lucero a solas con su madre y las fotografías.
Entró rápidamente en el salón y encontró a su madre friendo a preguntas a Lucero.

Cuando se dio cuenta de que estaba en la puerta, se calló de inmediato.
—Buen intento, mamá —dijo, riendo—. Lucero, ¿quieres echarme una mano en la cocina?
Su madre fingió enfadarse con él.
—¡Vamos, Fernando! ¿Cómo quieres que sonsaque a Lucero si no nos dejas solas ni un minuto?
—Siento estropearte la diversión —miró a Lucero, que no parecía saber qué hacer—. En serio, creo que sería más seguro para los dos si me echaras una mano en la cocina.
—De acuerdo —entró en la cocina tras él y se acercó al fregadero. Efectivamente, el grifo goteaba—. Sí, pierde agua. ¿Puedo irme ya a hablar con tu madre?
—No. Necesito que me ayudes.
—No lo creo. Lo único que yo sé hacer para arreglar un grifo que gotea es llamar a un plomero. ¿Es eso lo que habías pensado?
Seguro de que su madre no los estaba oyendo ni viendo, la besó en la mejilla.
—Si crees que te voy a dejar hablar sobre mí con mi madre, estás loca. Se muere por contarte todos los líos en los que me metí de niño.
Lucero sonrió y él sintió un calor reconfortante correrle por el cuerpo.
—¿Es que no crees que tu madre y yo tengamos mejores cosas de las que hablar que de ti?
—Mmm… pues no.
Lucero se rió y lo empujó hacia el fregadero.
—Anda, ponte y arréglalo de una vez.
Incapaz de resistirse esta vez, la besó en la boca. Lucero miró a la puerta de la cocina.
—¿No es un poco arriesgado? Tu madre podría entrar en cualquier momento y luego tendrías que explicarle por qué te estás besando con tu socia.
—A mi madre no le sorprendería eso, a menos claro está que fueras Antonio.
Lucero retrocedió un paso.
—Aun así, voy a asegurarme de que no nos descubra.
Sabía con seguridad cuál iba a ser la respuesta, pero aun así le hizo la pregunta.
—¿Y cómo piensas hacer eso?
—Pues sentándome con tu madre en el salón —contestó y salió a toda prisa.

No podía enfadarse con ella. Es más, se alegraba de que Lucero quisiera saber más de él.
A él también le gustaría saber más de ella. Sabía que su madre había muerto hace unos años y que su padre vivía en Nueva York. Pero todo eso se lo había dicho Antonio.
Ella le había hablado muy poco de su familia y lo único que sabía, era que su padre y su hermano desaparecían de vez en cuando, eso no dejaba de sorprenderlo.
¿Qué clase de socio iba a ser Antonio? No podía permitirse tener un socio que no se tomara en serio la compañía. Cuando volviera, iban a hablar largo y tendido sobre el tema.
Pero en aquel momento, tenía otra preocupación más grande. Desde el salón le llegaban las risas y las voces de las mujeres y no hacía falta ser un ingeniero espacial para imaginarse cuál era el tema de su conversación.

Tras arreglar en un dos por tres el grifo, se lavó las manos, las secó y salió y su mayor temor se hizo realidad. Su madre estaba sentada junto a Lucero en el sofá, con un álbum de fotos abierto sobre las piernas. No le hizo falta preguntar si las fotos eran las de él.

—¿Enseñando mi trasero, mamá?
—Vamos, Fernando, confía un poco más en mí —señaló una de las fotos—. Este es mi Fer en el baile de su graduación. ¿Verdad que está guapo con el esmoquin? Y esta es de la graduación de la universidad. Yo misma le compré el traje y aunque sea su madre, tengo que decir que estaba guapísimo con él.

Fernando miró sorprendido a su madre. Le estaba enseñando a Lucero las fotos, sí, pero fotos en las que estaba bien.
El plan de su madre se le apareció claramente dibujado ante los ojos.
Nicole Olivares debería avergonzarse de sí misma.
En lugar de avergonzarlo, estaba haciendo algo mucho peor. Estaba intentando hacer de Cupido.

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