Lucero se sentía como uno de entre quince payasos a los que hubiesen metido a empujones en un coche. Los asientos del avión que la llevaría a Dallas no estaban pensados para llevar a hombres del tamaño de los que viajaban sentados a cada lado del suyo. El de la derecha era Fernando, que estaba haciendo un evidente esfuerzo por no invadir su espacio personal, pero el hombre de su derecha era otra historia.
La palabra pulpo le describía perfectamente. En lugar de intentar no molestarla, sus manos parecían tener vida propia y acabar siempre sobre su pierna y cuando decidió por fin darle un manotazo, él se limitó a mirarla con una sonrisa bobalicona y a decir:
—Caramba. No me había dado cuenta.
Quería estrangularlo.
El colmo para sus nervios era la sensación que tenía, de que nada iba a salir bien en aquel viaje. No habían tenido tiempo de comprobar a fondo todos los detalles.
Fernando personalmente se había encargado de cerrar las entrevistas con las agencias de modelos, lo cual no le inspiraba ninguna confianza. Un millón de cosas podían salir mal.
—¿Tienes la confirmación de todas las agencias? —le preguntó, volviéndose hacia él todo lo que le era posible—. Sabrán que vamos, ¿no?
Fernando dobló el periódico y la miró, más que exasperado, divertido.
—Está bien, vamos a repetirlo todo una vez más si es lo que quieres. Sí, Lucero, todo está confirmado. Mañana tenemos tres entrevistas con tres agencias distintas y todas nos están esperando, así que deja de preocuparte.
Ojalá pudiera, pero es que aquella era la primera vez que se encontraba envuelta en un proyecto de tal magnitud y no le gustaba la sensación de no tenerlo todo bajo control.
Por no mencionar lo nerviosa que la ponía tener que estar tan cerca de Fernando durante las próximas semanas. Incluso allí, en un avión abarrotado de gente, lo único que le llamaba la atención era él. No podía evitar darse cuenta de que olía de maravilla y tenía que contener un estúpido deseo de apoyar la cabeza en su hombro.
—Siento volver a molestarte —contestó, retirándose de él, con lo que fue a parar contra el hombre del asiento vecino—, pero es que quiero que todo salga perfecto. ¿Seguro que tienes todas las confirmaciones?
Fernando suspiró ruidosamente y le dio unas palmaditas en la mano que ella tenía apoyada en el brazo del asiento. Aquel breve contacto no le ayudó a sentirse mejor, sino que por su culpa el corazón le hizo un doble salto mortal en el pecho, algo que no podía ser nada bueno.
Quitó la mano rápidamente y él la miró enarcando las cejas, para después sonreír lentamente.
—¿Sabes, Lucero? Una de las cosas que…
Dudó un instante y ella se quedó inmóvil. Iba a tomarle el pelo. Seguro.
—¿Qué? —le empujó.
Pero él siguió sonriendo y entonces supo que iba a meterse en un lío.
—Una de las cosas que más me gusta de ti es que te excites tanto.
La palabra excitar exudaba sexualidad y Lucero frunció el ceño.
—Eso no es cierto.
Fernando se echó a reír.
—Claro que lo es. Y lo mejor de todo es que haces muchísimo ruido cuando estás excitada.
A la mierda con la tregua. Decididamente, el viaje iba a salir mucho peor de lo que se temía.
Ni siquiera habían aterrizado aún en Dallas y ya sentía deseos de besarlo y matarlo al mismo tiempo.
Tenía que controlarse y para ello le dedicó la sonrisa más fría de que fue capaz. Pero en lugar de hacerle dar marcha atrás, Fernando le guiñó un ojo.
¡El muy canalla!
Un golpe en la espalda le recordó que el tipo de la mano ligera debía estar pendiente de todas sus palabras. Genial. Seguro que ahora se volvería más agresivo en sus avances al oírle decir a Fernando que se volvía muy ruidosa cuando se excitaba.
Tenía que calmarse. Con enfadarse no iba a conseguir nada. Fernando la estaba pinchando deliberadamente y ella estaba mordiendo el anzuelo. Y no iba a permitir que la enfadara, al menos por aquella vez, así que decidió dedicarle su sonrisa más seductora.
Sabía que no era tan perfecta como la de él, pero debió ser buena, porque durante un momento lo vio sorprenderse.
Así que, por una vez, lo había pillado desprevenido. ¡Ja! Se volvió hacia atrás y vio que, efectivamente, el pulpo estaba pendiente de cada una de sus palabras.
—Mi amigo es tan dulce y tan valiente… —le confió al extraño—Estoy tan orgullosa de él…
Fernando la estaba observando, pero le ignoró y siguió mirando al tocón.
—¿Por qué estás orgullosa de él? —preguntó el tipo, dejando caer de nuevo la mano sobre su rodilla.
Apretando los dientes, Lucero la apartó.
—Es que, verás, yo tengo muy mala suerte con los hombres. Los dos primeros novios que tuve murieron… —abrió los ojos de par en par—de accidente. De terribles accidentes.
El tocón se separó un poco.
—¿De verdad? Pero eso no es culpa tuya —dijo, aunque no parecía muy convencido.
—Eso es lo que yo me decía —contestó y tras mirar a Fernando de hurtadillas y asegurarse de que seguía atento, continuó—Bueno, al menos antes del accidente de Fernando.
El hombre palideció.
—¿Accidente?
Lucero asintió y dio un enorme suspiro.
—Sí. Ha sido terrible. Estábamos empezando a… a salir ya sabes, cuando de buenas a primeras…
—¿Qué? —preguntó el extraño, con la espalda pegada ya a la ventanilla del avión.
Lucero adoptó una expresión compungida.
—Un accidente industrial. La máquina le cortó el… el… —se miró el regazo y el extraño se llevó ambas manos a la entrepierna en un gesto de protección—. Bueno ya sabe.
El poco color que quedaba en las mejillas del hombre desapareció.
—¿De verdad? —graznó.
—Sí. Vamos a ver a un especialista en Dallas.
Lucero sentía la mirada de Fernando en la espalda quemándola la piel. Le estaba bien empleado. Tenía que ir haciéndose a la idea de que no iba a quedarse de brazos cruzados mientras él le tomaba el pelo como si fuera una colegiala.
—Y ahora, caballeros, si me disculpan, he de ir al lavabo.
Se levantó y el extraño la siguió con la mirada antes de recalar en Fernando.
—Siento lo de su accidente —le dijo, compasivo.
Fernando simplemente se encogió de hombros.
—Gracias, pero no es el fin del mundo.
Fernando se levantó para que Lucero pudiera salir. Al principio, ella pensó que no iba a contraatacar y que por fin habría captado el mensaje. Pero debería haberse imaginado que no podía ser. Cuando pasaba a su altura, él la rodeó con un brazo por la cintura.
—Me voy acostumbrando —le dijo Fernando al otro hombre—. Y por suerte para Lucero, aún tengo lengua.
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—¿Quiere que me quite la camisa? —preguntó el joven.
Fernando dejó un montón de fotos sobre la mesa y miró al modelo. Como todos los otros que habían visto aquella mañana, el muchacho intentaba parecer sexy.
—No sé, pero seguramente ella querrá que te la quites.
El chico asintió y se dirigió al rincón de la habitación del hotel en el que se había refugiado Lucero. Fernando se sonrió al ver otro cuerpo perfecto cruzar la habitación y empezar a bromear con Lucero. Ella parecía una virgen a punto de ser arrojada a las fauces de un volcán: horrorizada.
Sin duda, detestaba tener que entrevistar a aquellos modelos. Contuvo una sonrisa. Le estaba bien empleado, después de lo que le había hecho el día anterior en el avión. Así que un accidente industrial… Desde luego, tenía que reconocer que había sido creativa.
Al volver del lavabo, se había pasado el resto del vuelo prácticamente en silencio y nada más recoger el equipaje en la terminal, le había dicho que se encontrarían más tarde en el hotel.
Pero no había sido así. La había visto meterse en un taxi y no había vuelto a aparecer hasta aquella mañana, para empezar a trabajar inmediatamente. No tenía ni idea de a qué hora habría llegado al hotel, pero sí sabía que su habitación estaba en una planta distinta a la suya y dado que el hotel estaba medio vacío, aquella distancia tenía que ser deliberada. ¿De qué tendría miedo? ¿De que fuese sonámbulo?
Por ridículo que pareciera, le molestaba que lo ignorara. Le fastidiaba enormemente su silencio. Siempre le había molestado.
Al volver a mirar hacia la esquina, se encontró con que el chico se estaba quitando la camisa y posaba para Lucero. Ella retrocedió más, como si quisiera empotrarse en la pared.
Desde luego, era una puritana. Ni siquiera era capaz de relajarse y disfrutar con aquel encargo. ¿Tan difícil podía ser para una mujer de sangre caliente pasarse el día viendo hombres guapos?
La vio recuperar la serenidad a duras penas y dedicarle al muchacho una de sus miradas de reina del hielo. En cuestión de segundos, se volvía a poner la camisa y se sentaba educadamente frente a ella. Él había sido víctima más de cien veces de esa clase de miradas y podía atestiguar que era capaz de poner en su sitio a un hombre en cuestión de décimas de segundo.
En fin… ojalá pudiera comprarle su parte del negocio y que cada uno siguiera su camino, pero desgraciadamente no podía. Había invertido una gran parte de sus ahorros en aquella empresa y no podía permitirse esa clase de pérdidas, sobre todo teniendo en cuenta que se avecinaba el pago de la matrícula de su hermana en la universidad.
A diferencia de Lucero y su hermano, ellos no habían heredado un fideicomiso, sino que había tenido que ganarse el pan trabajando duro, incluso de niño. Poco a poco y a lo largo de muchos años, los peniques habían ido transformándose en dólares, pero nunca parecía haber bastante. Su madre y su hermana pequeña, Katia, contaban con él para que las ayudase a pagar las facturas. Por eso se había lanzado a la aventura de poner en marcha su propia empresa y había trabajado demasiado duro para fracasar y fracasarían si perdían la cuenta de Perfumes Desire.
La entrevista que se estaba celebrando en el rincón parecía no ir demasiado bien, así que se acercó.
—Te agradezco que hayas venido a vernos. Nos quedaremos con tu foto —le decía Lucero al joven rubio y de ojos azules.
El chico lo miró, claramente desilusionado y Fernando se encogió de hombros. No tenía ni idea de qué andaba buscando Lucero, porque a él aquel chico le parecía, como todos los otros, muy bien.
Pero ella seguía sin encontrar a su hombre.
Se despidieron con un apretón de manos y Fernando se sentó en la silla vacía frente a Lucero.
—Dime, Lucero, ¿qué tenía de malo?
Ella miró a cualquier parte con tal de no mirarlo a él.
—Creo que no es lo que buscamos.
—¿Por qué no? ¿Demasiado alto? ¿Demasiado bajo? ¿No es lo bastante guapo? Lucero, nos queda solo un día más en Texas. Tienes que elegir a alguien. Llevas todo el día entrevistando a hombres guapos. Alguno te habrá gustado.
Ella por fin lo miró.
—Tienes una forma de hablar que…
Fernando se pasó una mano por el pelo. Aquel viaje iba a resultar muy largo si Lucero no se relajaba un poco.
—Vale, déjame probar otra vez ¿no te has sentido atraída por ninguno de ellos?
—Pues lo siento, pero no. Al menos no lo suficiente para comprar lo que me vendían.
Alguna que otra vez la había encontrado mirándolo a él, de modo que había dado por sentado que le gustaban los hombres, pero quién sabía, a lo mejor no. Sabía que aquella pregunta estaba un poco fuera de contexto pero la hizo:
—A ti te gustan los hombres, ¿no?
—¿Cómo dices?
—No importa.
Ella enrojeció.
—No. Tienes razón. Es una pregunta legítima. Y sí, me gustan los hombres. Mucho. Simplemente no me ha gustado ninguno de esos modelos.
Por fin parecían estar llegando a alguna parte. O quizás no.
—¿Querrías explicarme qué es lo que tú encuentras atractivo en un hombre, si ninguno de esos jóvenes encajaba con tus gustos?
Cuando ella lo miró a los ojos, a él le resultó imposible apartar la mirada. Lucero parecía tan confusa como él, además de ansiosa, cansada y… linda, con las mejillas arreboladas y unos cuantos mechones de pelo escapándose de ese horrible moño que llevaba.
Parpadeó. ¿Linda? ¿Lucero le parecía linda? ¿De dónde habría sacado algo así? Debía estar muy cansado.
—Sé que estás molesto conmigo y no te culpo —dijo—. También soy consciente de que no puedo explicar por qué esos modelos no han funcionado, pero así es. Estoy absolutamente convencida de que elegir a cualquiera de ellos habría sido un gran error.
Parecía muy convencida de lo que estaba diciendo y como su socio que era, tendría que aceptar su respuesta. Se merecía su respeto, al menos por el hecho de que no le hubiera abandonado tras la deserción de su hermano.
—De acuerdo —dijo—. A ver si mañana aparece alguien especial —recogió las fotos y se las ofreció—. Por si quieres refrescarte la memoria esta noche.
Ella las aceptó con poco entusiasmo.
—No voy a cambiar de opinión.
—De acuerdo. ¿Quieres que cenemos algo?
Lucero negó con vehemencia.
—No puedo. Esta noche, no. Voy a pedir que me suban algo a la habitación porque tengo muchas cosas que hacer.
—¿Qué cosas?
—Cosas. Lecturas. Ya sabes.
No, no sabía, pero no iba a insistir. Si Lucero no quería cenar con él, comería solo. No tenía importancia. Y si no la tenía, ¿por qué se sentía desilusionado?
Daba igual. Se levantó de la silla y se despidió de ella con un gesto de la mano.
—Hasta mañana —dijo y se dirigió a la puerta.
Sabía que ella lo observaba y deseó darse la vuelta, pero por supuesto no lo hizo, sino que siguió andando, decidido a averiguar por qué estaba perdiendo la razón. Porque la estaba perdiendo. Sin lugar a dudas.
¿Por qué si no iba a afectarle tanto lo que hiciera Lucero?
Lucero iba de un lado para otro de su habitación. Estaba tan ansiosa que le dolía el estómago.
Algo iba mal. Muy mal. Y no podría dormir hasta no encontrar la respuesta del millón de dólares: ¿por qué ninguno de aquellos jóvenes guapos y con un cuerpo formidable había despertado en ella algo especial?
Estaban entre los más guapos que había conocido en toda su vida, tanto como Fernando. Y sin embargo, todos la habían dejado fría, mientras que una de las medias sonrisas de Fernando bastaba para que su sentido común decidiera hibernar. Estando él, en lo único que podía pensar era en el sexo.
Peor aún, en practicar sexo con él.
En aquel mismo instante.
Se sentó en la cama, cansada y frustrada. Allí estaba, con la responsabilidad a la espalda de elegir el amante perfecto y en lo único que podía pensar era en Fernando.
Si no se controlaba, iban a perder aquella cuenta con la misma rapidez con que la habían conseguido.
Al día siguiente, le gustara o no, iba a tener que elegir un candidato para Dallas y le resultaría mucho más fácil hacerlo si conseguía descubrir por qué Fernando la ponía al rojo vivo mientras que aquellos guapos modelos la dejaban fría. Aquella atracción que sentía por su socio no tenía nada que ver con la admiración y sí con las hormonas. No se estaba enamorando de él, sino que lo deseaba. Sin más.
Obligándose a no distraerse, le dio vueltas y más vueltas. ¿Dónde estaba la diferencia?
¿Por qué Fernando la excitaba y los otros no?
La respuesta le llegó con la fuerza de una bofetada. Fernando era real y no la viva representación de la perfección. Era más, no se pasaba el día pendiente de su físico. De hecho, Fernando no parecía preocuparse de él en absoluto. Y sin embargo, ante él las rodillas le temblaban.
Él era un hombre de verdad y no un modelo. Alguien de carne y hueso. Fernando resultaba sexy no porque fuese guapo, sino porque era inteligente, poseía aplomo y era divertido.
Por fin había encontrado la solución, se dijo, sonriendo. Ahora podría encontrar al amante perfecto. Descolgó el teléfono y marcó el número de Fernando.
—¿Mmm?
—Fernando, soy Lucero. Siento llamar tan tarde, pero ya he descubierto la raíz del problema.
Hubo una larga pausa y luego se oyó la voz somnolienta de Fernando.
—Lucero, es tardísimo. A estas horas sólo se llama por una emergencia o a una línea erótica. ¿Cuál de los dos motivos es el tuyo?
Su voz le llegó como una caricia y tuvo que contenerse para no colgar. No iba a permitir que Fernando la distrajera.
—Ja, ja. Escucha, la razón por la que esos chicos no me han atraído es porque eran modelos.
Fernando suspiró resignado.
—Explícate, por favor.
—Eran perfectos. Cuerpos perfectos. Caras perfectas. Dientes perfectos.
Él se rió.
—¡Ah! Así que te gustan los hombres con montones de defectos, ¿no?
En cierto modo tenía razón.
—No con montones de defectos, pero sí de carne y hueso. Y creo que eso es lo que hará que esta campaña tenga éxito. Hagámosla con un tipo medio, de buen ver, pero no como un modelo. Tipos con chispa, seguros de sí mismos. Los fotografiaremos por la calle y después ya podremos añadirles un barniz con fotos posteriores, un nuevo corte de pelo y un nuevo guardarropa. Lo que hará que suban las ventas es el hecho de que cualquier hombre puede ser un «Amante», alguien vivo y sexy. Los hombres querrán comprar esa colonia porque tendrá el poder de transformarlos. Las mujeres querrán comprarla para su pareja, ¿qué te parece?
Contuvo la respiración mientras esperaba su respuesta. Cuando pasó una eternidad y él seguía sin decir nada, le preguntó:
—¿Y bien?
—Me gusta, pero antes de que sigamos hablando de ello, dime qué llevas puesto.
Ella gimió.
—Déjate de tonterías, Fernando.
—No son tonterías. Es trabajo.
Sí ya. Y ella era la reina de Marte, pero sabía que no dejaría pasar la oportunidad de hacer un chiste. Además, aquella pequeña, minúscula parte de sí misma que se empeñaba en meterla en problemas, encontraba excitante la idea de coquetear con Fernando en mitad de la noche.
—Está bien —suspiró—. Jugamos. Llevo un camisón de algodón blanco.
—Lo sabía —contestó, añadiendo una enorme carcajada.
Se sintió insultada, pero a pesar de todo, contestó:
—No es como te lo imaginas. Es un camisón muy bonito, con una falda de línea de campana y flores azules salpicadas en el cuerpo.
—Mmm… ya me lo imagino.
Claro que se lo imaginaba. Sabía que era un hombre que había visto un buen número de camisones a lo largo de los años. Ya era más que hora de ponerle fin al jueguecito.
—Mañana hablaremos de «Amante», cuando estés más concentrado.
—Me gusta tu idea —dijo—, pero es que me he distraído. Ahora sólo puedo pensar en camisones blancos y flores azules.
—¿Es que no puedes dejar de hacer chistes ni un instante? ¿No puedes tener una conversación normal conmigo?
—Lo mismo que tú no puedes tenerla conmigo.
En eso tenía razón. Nunca tenía una conversación normal con él. La mayoría de veces, la enfadaba tanto que apenas podía hablar. Y cuando no la molestaba, la… distraía en otro sentido.
—Ya seguiremos hablando mañana —dijo, dispuesta a colgar y poner fin a aquella tontería.
—Si es lo que quieres, me parece bien.
Pero no era lo que quería. Lo que de verdad quería era que Fernando la tomara en serio y que por una vez la viera como algo más que una puritana vieja y remilgada. Y de pronto, antes de darse cuenta de lo que hacía, respondió:
—Tú todavía no me has dicho lo que llevas puesto.
Demonios… ¿de dónde había salido eso?
—Vaya, Lucero. Me sorprendes —se rió, pero en su voz había algo distinto al tono jocoso habitual. Parecía estar disfrutando como ella, lo que le dio valor para seguir.
—Es lo justo, señor Colunga, así que desembuche, ¿qué lleva puesto?
—De acuerdo, llevo calzoncillos de pantalón corto.
Eso la sorprendió. Se imaginaba que dormía tan solo con una sonrisa puesta.
—¿No me digas? —contestó, vagamente desilusionada—. En fin… gracias por la información. Nos vemos mañana.
—Lucero.
Eso fue todo lo que dijo. Tan solo su nombre. Pero su temperatura corporal subió.
—Eh… ¿sí?
—¿No quieres saber cómo son mis calzoncillos?
¿Quería saberlo o no? ¿Podría soportarlo su corazón?
—No es necesario —contestó, más por puro sentido de conservación que por sinceridad, ya que por mucho que le fastidiara, quería saberlo. Pero era una cobarde.
—Vamos, Lucero, no seas así —le insistía él—. Tú quieres saberlo, ¿o no? Lo que pasa es que eres demasiado tímida para decirlo.
Estaba jugando con ella. Obviamente, Fernando no se tomaba en serio a las mujeres que llevaban camisones blancos de algodón con flores azules bordadas. Desde luego, a ella no la tomaba en serio.
Y como quería que eso cambiara, le dijo con apenas un susurro:
—Sí, Fernando, quiero saberlo.
Tras una pausa, que esperaba se debiera a su voz sensual de sirena, Fernando dijo:
—Son negros salpicados de unos pequeños labios rojos.
El aire le faltó. ¿Labios rojos? Ni su respiración, ni su pulso se recobró.
—Dulces sueños, Lucero —murmuró él y después colgó.
Con un suspiro, colgó también ella. No estaba segura de que sus sueños fuesen a ser demasiado dulces, pero sí de que estarían llenos de unos labios pequeños y rojos.
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