*En la oficina*
—Mi objetivo es que este perfume lo compren las mujeres jóvenes para el hombre que haya en su vida —dijo Debra Tomlin, mirando fijamente a Fernando que estaba sentado frente a ella, al otro lado de la mesa—. Quiero que asocien nuestro perfume con un hombre divertido, inteligente y sobre todo, sexy.
Dijo la última palabra con una media sonrisa que Fernando supo era para él. Debra Tomlin se estaba acercando. Bien. Y precisamente en el corazón de la reunión. Por el rabillo del ojo vio que Lucero cambiaba de postura en su asiento. Desaprobaba totalmente lo que estaba pasando.
Pero aquel no era momento de preocuparse por Lucero. Tenía que convencer a Debra de que D&S Advertising podía preparar la campaña que ella quería, haciéndole saber al mismo tiempo que él no entraba a formar parte del acuerdo.
—¿Alguna razón por la que tenga que ser sólo un hombre? —le preguntó.
La mujer lo miró con atención. Su rostro no dejaba entrever ni una sola pista de lo que estaba pensando, pero con una mano de uñas largas se rozó la mejilla levemente
—¿Qué quieres decir? —le preguntó.
Fernando resistió el deseo de sonreír. La tenía en el bote.
—Podría componerse una serie de anuncios en el que el «Amante» fuese cada vez un modelo distinto que apareciese en diferentes ciudades del país. Sería como decir «Donde quiera que vayas, encontrarás a un Amante».
—Interesante —contestó Debra.
—Podríamos buscar modelos en Nueva York, Los Ángeles y Boston, por ejemplo —sugirió Carla Treviño, directora de arte de la agencia—. Y utilizar las ciudades como telón de fondo.
—Incluso los textos de los anuncios podrían ser distintos —ofreció Celeste Pacheco, su escritora.
A Fernando le gustaba ver al resto de empleados de la agencia en las sesiones iniciales, ofreciendo al cliente una tormenta de ideas. Y estaba seguro de que a Debra le había gustado toda aquella atención. Todo el mundo en D&S estaba metido en su campaña, lo cual les proporcionaba un punto extra al tratar con gente como ella. Alguien a quien le gustaba saber que era un cliente apreciado.
Y solo Dios sabía lo mucho que D&S apreciaba su trabajo.
—Así que tendremos un grupo de «Amantes» —murmuró Debra, sin dejar de mirar a Fernando—. Toda una colección.
Fernando sonrió satisfecho. La reunión estaba saliendo bien. Condenadamente bien.
—También podríamos prescindir de las ciudades tradicionales. ¿Qué tal Seattle y Charleston? Así atraeríamos a un abanico más amplio de clientes. No todo el mundo es un chico de ciudad grande.
Debra sonrió también.
—Me gusta la idea. Me gusta mucho —con una repentina palmada sobre la mesa, añadió—: Pongámosla en marcha. ¿Qué tenemos que hacer?
Puesto que era Lucero quien se ocupaba de la administración de la agencia, se lanzó a una descripción del operativo y de los detalles necesarios para empezar a trabajar, pero Debra no la miró ni una sola vez. Ni en un solo momento dejó de mirar a Fernando.
Él estaba acostumbrado a ser el destinatario de tanta atención. Las mujeres lo llevaban mirando desde que tenía quince años, e incluso ya desde entonces había puesto en práctica dos reglas básicas: practicar sexo seguro e intentar no partirle el corazón a nadie. Ahora tenía ya treinta años y había añadido una regla más: no tener nunca un lío con una cliente. Jamás.
Y Debra Tomlin iba a tener que aceptarlo.
—Esto es lo que quiero —dijo ella, apoyándose sobre la mesa y dirigiéndose a él—. Quiero que se monten los anuncios lo antes posible. Si la publicidad en vallas funciona, atacaremos en la prensa y la televisión.
—Creo que quizás antes deberíamos hablar de los detalles del acuerdo —dijo Lucero—. Podemos hacer unos cuantos borradores y si le gustan, redactaremos un contrato para que…
Debra la hizo callar con un gesto de la mano y volvió a dedicarle a él una sonrisa felina.
—Mi ayudante se pondrá en contacto contigo más tarde. Fernando, tú eres el hombre que quiero en mi campaña. Definitivamente.
Fernando frunció el ceño. Su mensaje no era precisamente sutil.
—En D&S, trabajamos en equipo, Debra.
Ella se encogió de hombros.
—Lo que sea —dijo, sin dejar de sonreír—. Eres exactamente el tipo de hombre que queremos para Amante.
No sabía a dónde quería ir a parar con todo aquello, pero tenía que pararlo de inmediato.
—Soy demasiado viejo para su espectro demográfico.
—Yo sin embargo creo que eres el amante perfecto —dijo, sin dejar de estudiarlo—. Perfecto.
Fernando oyó que Lucero contenía la respiración. Aquella situación se estaba desmadrando, pero afortunadamente tuvo un golpe de suerte. La puerta de la sala de reuniones se abrió y Helena Román, la secretaria de la agencia, que lucía con rotundidad su estado de buena esperanza, le hizo una seña a Lucero.
—Discúlpenme—dijo ella y se levantó.
Debra apenas miró a Celeste y Carla al pedirles:
—Podrían dejarme un momento a solas con su jefe, ¿por favor?
Lucero se giró a mirar a Fernando, lo mismo que Celeste y Carla, que obviamente no sabían qué hacer. La petición de Debra sorprendió a Fernando tanto como a todos los demás, pero asintió.
Carla y Celeste recogieron sus cosas y se unieron a Lucero. Fernando los vio salir a todos, pero especialmente a Lucero. Era obvio que estaba muy enfadada.
Se desprendía de todos sus movimientos. Parecía una profesora de internado, con aquel traje azul marino holgado, el pelo recogido en un apretado moño y la espalda tiesa como un palo.
Miró sus piernas, o lo poco que se podía ver más allá del bajo de la falda. Lucero tenía unas bonitas pantorrillas. Muy bonitas y se preguntó no por primera vez qué más escondería bajo aquellos aburridos trajes.
Pero en aquel momento no podía permitirse el lujo de pensar en otra cosa que no fuera el dilema que tenía frente a sí. En cuanto la puerta se cerró y quedaron solos, volvió su atención a Debra.
—Gracias, pero mis días como amante ya han quedado atrás.
Debra se limitó a sonreír.
—Si tú lo dices…
—También hay algo que debo explicar: nunca mezclo los negocios con el placer. Espero que no sea un problema para ti.
De entre todas las reacciones que se esperaba, la única que no había previsto era que se echase a reír.
—No tiene la más mínima importancia.
—No es que bajo otras circunstancias…
—Qué amable eres —contestó y miró su reloj—. Creo que hemos terminado.
¡Maldición! Quizás no se había tomado el rechazo tan bien como se imaginaba. ¿Lo habría echado todo a perder?
—Mira, Debra yo…
Ella se levantó y sonrió hasta con dulzura.
—Tranquilízate. El trabajo es tuyo.
Él también se levantó, enormemente aliviado.
—¿Así, sin más?
—Sin más. He indagado un poco y sé la clase de trabajo que has hecho para Markland y Jacobs. Y me gusta lo que has hecho desde que D&S empezó, sobre todo los anuncios de limpieza. Creo en ti. Que tu gente se ponga en contacto con la mía para tratar los detalles —hizo una breve pausa—.Y sólo para que lo sepas: tú te lo pierdes.
Él se echó a reír. Le gustaba una mujer capaz de tomarse el rechazo con tanta clase.
—Estoy completamente seguro de ello.
Fernando la acompañó hasta la zona de recepción y tras acordar una nueva reunión, se despidieron.
Una vez que se marchó Debra, Fernando dio marcha atrás y fue a buscar a Lucero, pasando por alto las miradas inquisitivas de Carla y Celeste. Tenía que hablar con Lucero. Estaría encantada cuando le diera la noticia.
La encontró en su despacho, hablando por teléfono y cuando lo vio entrar, concluyó enseguida la llamada.
—Lo siento. Eran los de Neat and Tidy. Quieren llevar la campaña a la televisión.
Miró más allá de él y luego volvió a mirarlo a la cara. De pronto se le ocurrió a Fernando que el color miel de sus ojos era muy poco corriente. Único. Intenso. Precioso. Eran tan claros, que a veces cuando se enfadaba, parecían de oro. Precisamente como en aquel momento.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde está la señora Tomlin?
—Debra tenía que marcharse —cuando Lucero iba a protestar, él levantó una mano—. Calma. Tenemos el trabajo.
Eso enfrió rápidamente su furia.
Fernando se acercó para sentarse en la silla que había frente a su mesa.
—Cierra la boca, Lucero.
Ella lo miró frunciendo el ceño y él se rió.
—No tenía la boca abierta y no puedo creer cómo Debra ha sido capaz de coquetear así contigo. Carece por completo de profesionalidad. Supongo que no pensará que por el hecho de que nos haya dado el trabajo, tú… —vio una especie de temor brillar en sus ojos—. Porque supongo que no… que no habrás hecho… nada, ¿no?
Fernando no sabía si sentirse insultado o divertido. Al final fue lo primero.
—Cálmate. No he hecho el amor con ella encima de la mesa de reuniones. De hecho, le he dejado bien claro que no pienso practicar el sexo con ella en ningún lugar, ni en ningún momento.
Cuanto más pensaba en la reacción de Lucero, más le molestaba. ¿Es que no llevaban tiempo suficiente trabajando juntos? Era su socia. Debía tener más fe en él.
—Tengo más talento que el puramente sexual, ¿sabes? —dijo, irritado. Pocas veces se enfadaba de verdad, pero Lucero tenía la facilidad de sacarlo de quicio. Su desconfianza no estaba justificada, aunque el día anterior al que se conocieron hubiera salido con dos mujeres diferentes. Entonces solo tenía diecinueve años y por fin había podido saborear brevemente la libertad.
—Yo no he dicho una palabra —replicó ella.
—Sí que lo has hecho. Con esa forma de mirarme que tienes.
—¿Y cómo te miro?
—Lo sabes perfectamente.
Ella se irguió.
—Pues si te miro, puede que sea porque lo mereces. Fíjate si no en Debra, se ha llevado la impresión de que ella y tú tienen algo de lo que hablar en privado.
Ya estaba bien. Fernando se levantó y se acercó a ella. Lucero hizo ademán de levantarse, pero él se lo impidió apoyando ambas manos en los brazos del sillón. No pretendía enfrentarse a Lucero pero quizás hubiese llegado el momento. Tenía que limpiar el aire entre ellos y quizás aquel fuese el mejor momento para hacerlo.
—Quítate —le dijo ella.
—Dentro de un minuto. Quiero decirte algo sin que huyas. Me gusta tan poco como a ti que Toño nos dejara colgados. Estoy atrapado y sé que tú también. Dejé un buen trabajo y puse todos mis ahorros en este negocio, igual que tú. Y quiero que D&S tenga éxito.
Lucero parecía más sorprendida que molesta y él respiró hondo para continuar.
—No me importa lo que pienses de mi vida personal, pero en mi trabajo soy bueno. Y nunca mantengo relaciones íntimas con los clientes. Tú piensas que soy una especie de sátiro, que me tiro a cualquier mujer que pase a mi lado y yo pienso que tú eres una vieja y rancia puritana que no sabría qué hacer con un hombre desnudo aunque se te sentase sobre las piernas. Pero nada de todo eso importa. Lo que sí importa es que tenemos que aprender a trabajar juntos si no queremos acabar en bancarrota. Si conseguimos que la campaña de <<Amante>> tenga éxito, podremos tener financiación suficiente para que uno de los dos le compre la parte al otro. Así solucionaremos el problema.
Y dicho esto, se levantó de la silla y salió sin mirar atrás. No le gustaba nada que lo que ella pudiera pensar le afectara tanto. Él nunca se enfadaba y las personas que no eran capaces de controlar sus emociones no le infundían ningún respeto.
Su padre siempre estaba furioso. Furioso con la vida, furioso con él, hasta que un buen día, a la edad de cuarenta y nueve años, había muerto de un ataque al corazón.
Y Fernando se negaba a ser como él. Pero por mucho que lo intentara, no era capaz de mantener la calma con Lucero.
Entró en su despacho y cerró la puerta, resistiéndose al deseo de cerrarla de un golpe. Genial. Ya tenía una razón más para no gustarse a sí mismo. Genial.
—Ya es hora de ponerse manos a la obra —dijo, acomodándose en la silla y haciéndola girar hasta quedar de frente a la ventana que tenía a su espalda. Haberle hablado así a Lucero no servía de nada. Era más, solo conseguiría empeorar las cosas.
Ojalá Toño se encontrara con el Abominable Hombre de las Nieves en su viaje por el Himalaya. Le estaría bien empleado que se convirtiese en la cena de un monstruo de quinientos kilos.
¿Una vieja rancia y puritana? ¿Una puritana? ¿Por qué? ¿Porque no se acostaba con todo el mundo? Ella tenía moralidad, escrúpulos y principios. Bueno, puede que fuese un poco reservada, pero eso no significaba que fuese una puritana.
Y claro que sabía qué hacer con un hombre desnudo si se le sentara sobre las piernas.
¡Ja! Se levantó decidida a ir a su despacho y decírselo, pero afortunadamente se dio cuenta de lo absurdo de la idea.
Lucero suspiró y se frotó las sienes. Por mucho que le fastidiara admitirlo, él tenía razón.
Debía dejar de juzgarle. En cualquier caso, su plan era perfecto: dejaría que encontrase financiación y que le comprara su participación en el negocio y luego ya decidiría ella qué clase de trabajo quería hacer. Quizás entrase de nuevo en una asesoría.
O quizás no.
El estómago se le estaba revolviendo. Llevaba a gala ser justa, concederle siempre a los demás el beneficio de la duda; sin embargo, por el hecho de que varias mujeres se hubiesen pasado por la oficina para coquetear con Fernando, había llegado a la conclusión de que seguía llevando una vida tan desenfrenada como cuando iba a la universidad.
Y la cuestión era que la forma en que viviera su vida no era asunto suyo. El único tema sobre el que tenía derecho a hablar era acerca de su comportamiento profesional, que era… bueno.
Gracias a los contactos que había aportado de su anterior agencia, D&S había conseguido tres cuentas muy importantes durante los últimos meses. Y ahora tendría que volver a darle las gracias, porque solo él había conseguido a Desire Perfume.
Lo mirara como lo mirara, le debía una disculpa. Y cuanto antes mejor, así que se dirigió a su despacho.
Había cerrado la puerta, algo que nunca hacía, lo cual era un signo más de lo enfadado que estaba.
Llamó, pero al no recibir respuesta, entró. Lo encontró de espaldas a la puerta y no se dio la vuelta al oírla entrar.
Lucero carraspeó.
—Si esto fuese una película, me disculparía con un montón de palabras diciéndote que tú tenías razón y que yo estaba equivocada. Y después de cinco minutos de psicoanálisis, descubriría que tenías un cuchillo clavado en el pecho y que no habías oído una sola palabra.
Fernando se dio la vuelta con la silla.
—No debería haberme enfadado.
Lucero se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta.
—No te disculpes. Me alegro de que dijeras lo que has dicho porque me lo merecía. Y tienes razón. Tenemos que trabajar juntos si queremos que la empresa siga adelante —se acercó un poco más a la mesa—. Luego, podrás comprar mi parte.
Su expresión seguía indescifrable.
—Me parece bien.
—Pero quiero que hagas algo a cambio.
Vio un brillo de humor en sus ojos y un cambio de actitud.
—Claro. ¿Y qué quieres que haga por ti?
¿Cómo demonios era capaz de transformar sus palabras para que una simple pregunta pareciese una invitación a satisfacer sus fantasías?
—Eso. Quiero que dejes de hacer eso precisamente.
Fernando frunció el ceño.
—¿Exactamente qué?
—Lo del coqueteo.
—¿Crees que estoy coqueteando contigo?
Fernando adoptó una expresión tan sorprendida que Lucero se sintió un poco ridícula, pero no retrocedió.
—No exactamente coqueteando —explicó—. Tengo la impresión de que la mayor parte del tiempo te burlas de mí, que encuentras divertido reírte a mi costa.
—No es cierto —contestó y como ella no dejó de mirarlo, terminó por reír—.Vale, admito que te tomo un poco el pelo.
—Un poco, no. Mucho. Y como has dicho antes, te parezco una puritana y te encanta ponerme en situaciones violentas para mí.
Sabía que tenía ganas de reírse otra vez, pero no lo hizo.
—¿De verdad te molesta? No era mi intención.
—Sí que lo era.
Fernando se levantó y se acercó a ella, pero Lucero retrocedió. Cuando estaban demasiado cerca, su coeficiente intelectual descendía.
—¿Hay acuerdo?
Él la miró directamente a los ojos.
—Intentaré no tomarte el pelo —dijo—, pero quiero que te des cuenta de que te vas a pasar unas cuantas semanas viajando por el país buscando amantes y si te vas a poner en plan mojigato conmigo, no voy a tener más remedio que reírme de ello.
¿Que ellos iban a tener que buscar a los modelos?
—En cuanto a eso del viaje, creo que debería quedarme aquí y llevar la oficina mientras tú…
Él la interrumpió.
—Yo no voy a elegir a los modelos, sino tú. Yo prepararé las ideas del borrador, pero eso es todo. De hecho, la única razón por la que voy a ir yo es porque alguien tiene que ocuparse de los detalles mientras tú decides qué chicos te ponen a tono.
—¿Yo voy a tener que decidir? —la idea de tener que hacerlo le levantaba dolor de cabeza. No quería hacerlo—. Carla podría hacerlo.
—No. Tienes que decidir tú. Esta empresa es tuya —le recordó y se apoyó sobre la mesa—. No te preocupes, que te vas a divertir.
Lucero contuvo un escalofrío.
—No creo que me divierta en absoluto.
—¿Por qué?
—Pues porque… no sé, porque me voy a sentir como una de esas viejas que alquilan chicos jóvenes.
—¿Por qué? Lo que tú vas a ofrecerles es un trabajo en el que van a ganar un montón de dinero por lucir el palmito. A mí me parece muy fácil.
Basándose en la tregua que acababan de firmar, intentó razonar con él.
—No me siento cómoda con la idea.
—¿Con la idea de entrevistar hombres guapos?
Había mucho más que eso y él lo sabía.
—Tendré que juzgar su atractivo.
Él se encogió de hombros.
—¿Y cuál es el problema? Estoy seguro de que cualquier hombre que pueda acelerarte el pulso, será un éxito con el resto de población femenina. Lucero lo miró fijamente. Acababa de insultarla.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó con los brazos cruzados.
—Nada —contestó sin inmutarse—. ¿Por qué? ¿Qué piensas que he querido decir? —se acercó a ella—. Vamos, Lucero. Va a ser un trabajo divertido. Anímate.
Se detuvo frente a ella y su pulso se puso al galope, pero no iba a darle la satisfacción de enrojecer.
—Hagamos un trato, —dijo él—la próxima vez que una empresa quiera que elijamos chicas guapas yo me ocuparé.
—No me cabe duda —suspiró.
Sabía que no tenía elección. Necesitaban aquel trabajo y él tenía razón, esos jóvenes iban a hacer un trabajo de modelo por el que serían bien remunerados. Nadie se iba a aprovechar de nadie.
Pero lo que le molestaba no era solo tener que elegir modelos. No le apetecía viajar con Fernando. Ya le costaba bastante tener que encontrarse con él en la oficina. La ponía de los nervios, además de hacerla sudar.
Y para colmo, ella no era tan distinta de Debra Tomlin o de las otras mujeres que lo deseaban. ¿Cómo sería pasarse todo el día trabajando con él y luego volver al hotel por la noche? Más tarde o más temprano, terminaría por hacer el ridículo con él… siempre y cuando no lo hubiese asesinado antes.
Las posibilidades de que las cosas acabasen en catástrofe eran elevadísimas.
Pero no podía admitirlo.
—Está bien, lo haré. Pero para que lo sepas, preferiría que me cortaran en dos con una sierra en una atracción de feria.
Él sonrió despacio.
—Eso es lo que más me gusta ver, entusiasmo. No te preocupes, que una vez hayamos empezado, te lo pasarás genial.
—Sí, siempre y cuando no me pongas a uno de esos hombres desnudos sobre las rodillas —murmuró, dirigiéndose a la puerta.
¡Dios bendito! ¿Dónde se había metido?
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