viernes, 23 de agosto de 2013

Capítulo 9.

El timbre del teléfono despertó a Lucero con un sobresalto. Palpó la luz y dejó escapar un grito cuando sintió un brazo musculoso rodearle la cintura. Durante una décima de segundo no supo con quién estaba ni dónde.
Entonces, recordó y sonrió.
Sí, Fernando.
El hombre que hacía apenas unas horas la había hecho gemir de placer. Una o dos veces, había vuelto a olvidar su nombre.
Fernando palpó también con su mano buscando el teléfono.
—Parece que no lo encuentro —le murmuró al oído.
Ella se rió y descolgó.
—Qué malo eres —susurró.
Fernando contestó al teléfono riendo. Un segundo después, encendía la luz de la mesilla y miraba a Lucero.
—Sí, hola, Antonio. ¿Dónde demonios te has metido? Lucero y yo hemos estado trabajando mucho para sacar adelante la agencia.
Al oír mencionar el nombre de su hermano, Lucero se incorporó.
—Déjame hablar con él.
Fernando dudó un instante y luego le pasó el teléfono.

—Antonio, eres un cerdo. ¿Cómo has podido marcharte así? ¿Qué creías que le iba a pasar a la agencia?
—Hola, Lucero. Yo también me alegro de hablar contigo —contestó su hermano, riendo—. Llevo toda la tarde llamándote a casa, pero no te he encontrado. Imagínate mi sorpresa al saber que estás en casa de Fernando a las once de la noche. Me da la impresión de que algunas cosas han cambiado desde que yo me he ido.

¡Diablos! No se había parado a pensar en lo que implicaba estar en casa de Fernando tan tarde. Su hermano iba a imaginarse que había algo entre ellos y estaba en lo cierto.
Pero tenía cosas más importantes de qué hablar con él.
—¿Dónde estás? ¿Cuándo vas a volver?
Antonio suspiró.
—Lu, no es tan fácil. Yo… bueno, necesito más tiempo.
¿Necesitaba tiempo? ¿Para qué?
—En primer lugar, no me llames Lu. En segundo, lo que necesitas es volver a Chicago y enfrentarte a tu vida. Tienes responsabilidades aquí. Nos lo debes a Fernando y a mí.

Miró a Fernando, que le ofreció aquella sonrisa tan dulce que ella adoraba. Era una sonrisa de comprensión, de amabilidad… y tan sensual.
Pero su buen humor se resquebrajó como un cristal cuando Antonio comenzó a quejarse de lo dura que era su vida y de lo difícil que era llevar la agencia.

—No me cuentes historias, Antonio. Tu vida no es dura. Tienes un fideicomiso.
—Que he invertido en la empresa.
—Una empresa que podría devolvértelo con creces si volvieras y trabajases en ella —respiró hondo intentando calmarse—. Nos lo debes a Fernando y a mí. Fuiste tú quien nos convenció de crear D&S. No puedes dar media vuelta y desaparecer sin más.
—No he desaparecido. Me despedí de ti.
Tenía que estar de broma.
—Antonio, pasaste por mi despacho por la tarde y me dijiste "Hasta luego". Lo que normalmente significa eso es "Hasta mañana".

Aquella conversación no iba a llevarlos a ninguna parte y ella lo sabía. Su hermano volvería cuando le diera la gana y ni un minuto antes. Había pasado por aquella misma situación una y otra vez y las reglas eran siempre las mismas.

—¿Por qué has llamado? ¿Para qué querías hablar conmigo? —le preguntó, tragándose la frustración.
—Quería ver qué tal estabas. Qué tal estaban los dos.
Parecía preocupado, pero Lucero no cayó en la trampa. Antonio quería algo. Lo sabía sin ningún género de duda.
—Vamos a volver a empezar y espero que esta vez me digas la verdad. ¿Por qué has llamado, Antonio? Y si lo que quieres es dinero, tendrás que venir a Chicago y ganártelo.
—Vamos, Lucero, no seas tan dura. Creía que estarías de mejor humor, estando en la cama con Fernando.
Lucero se frotó las sienes. No estaba dispuesta a hablar de su vida sexual con su hermano.
—¿Para qué has llamado, Antonio?
—Vale, vale. He llamado para decirte que voy a tardar unas cuantas semanas más en volver a casa. Han ocurrido algunas cosas y necesito algo más de tiempo.
Lucero tenía ganas de gritar. O de llorar. O simplemente, de colgar. ¿Por qué los hombres de su familia se creían con derecho a hacer locuras?
Fernando le acarició un brazo y tapó el auricular para decirle lo que pasaba.
—Antonio dice que aún no va a volver. Lo siento.
Lucero esperaba que se enfadase, pero sólo se encogió de hombros.
—Nos va bien solos. Él tendrá que hacer lo que tenga que hacer.
La respuesta de Fernando la tomó por sorpresa. ¿No estaba enfadado? ¿No quería decirle un par de cosas a su hermano?
—¿Quieres hablar con él? —le preguntó.
Fernando negó con la cabeza.
—Sólo dile que espero que esté bien.

Lucero se acercó de nuevo el auricular. Increíble, esperaba que hablara seriamente con su hermano y él se limitaba a saber que estuviera bien. Increíble.
—Fernando dice que espera que estés bien, pero yo voy a decirte algo, Antonio. Fernando es tu amigo y no deberías tratarlo así. Has lo que tengas que hacer y vuelve cuanto antes. ¿No puedes darme por lo menos un número de teléfono donde pueda llamarte en caso de urgencia?
Antonio se rió.
—Pues la verdad es que no. Fernando y tú tendrán que arreglárselas solos —la risa se apagó—. Oye, Lucero, supongo que ya sabes que Fernando no es de los que se casan y tienen hijos. No me malinterpretes, porque es un hombre estupendo, pero ten cuidado, ¿vale? No quiero verte sufrir.

Lucero sintió ganas de reír. El más irresponsable de los hombres acababa de ponerla en guardia contra Fernando. Una viuda negra advirtiendo sobre un escorpión.
—No te preocupes por mí y preocúpate por ti. Mejor no te digo lo que pienso hacer contigo cuando vuelvas.
Y riéndose, Antonio colgó. Lucero colgó el auricular.
—Lo siento —dijo Fernando.
Lucero se sintió fatal. ¿Cómo era capaz Antonio de actuar así? Ella estaba acostumbrada, pero Fernando no.
—Soy yo quien lo siente. Antonio es mi hermano.
—Es un adulto y sus errores no son tuyos.
Fernando era increíble. Tenía todo el derecho del mundo a estar enfadado y sin embargo, se mostraba comprensivo. De no estar ya enamorada de él, se enamoraría en aquel instante.
—Lo que pasa es que me pone enferma que te haya hecho algo así —dijo ella.
Fernando sonrió, su rostro iluminado por la luz suave de la lámpara de la mesilla.
Estaba tan guapo, tan fuerte y masculino que el corazón de Lucero latió más deprisa. Y cuando lo vio poner la mano en la sábana que ella se había subido hasta debajo de los brazos, el aire se le quedó atrapado en los pulmones.
—Si quieres que te diga la verdad, Lucero, estoy encantado con que Antonio se marchara. Así he tenido la oportunidad de conocerte. Cuando él estaba, tú y yo apenas nos hablábamos. Imagínate lo que nos habríamos perdido.
Sin dejar de mirarla a los ojos, bajó de un tirón la sábana y silbó.
—Esto es lo que yo llamo una vista preciosa.
Lucero se echó a reír.
—Anda, no exageres, que lo que hay no es para tanto.
Fernando se acercó y besó uno de sus pezones, lo que tuvo unas consecuencias devastadoras.
—Siento no estar de acuerdo contigo, aunque te enfades —dijo y la tumbó boca arriba para acariciar con su lengua un pezón y después el otro—. Inspiras mucho más que silbidos.
—¿No me digas?
Riendo, Fernando alcanzó un preservativo.
—Sí te digo —contestó, riendo.

Lucero cerró los ojos y mientras Fernando le hacía lentamente el amor, tuvo que admitir que tenía razón en una cosa, tener la oportunidad de conocerlo había sido algo maravilloso y siempre se alegraría de ello.
Mientras viviera, nunca olvidaría los días que pasase con él.



Fernando no podía recordar la última vez en que había tenido tantos días malos seguidos. Quizás tras la muerte de su padre, pero no desde entonces. Durante las dos últimas semanas si algo podía salir mal, había salido.
—Tyler no puede retirarse ahora de la campaña —dijo Fernando—. Ha firmado un contrato.
Lucero se sentó frente a él. Celeste y Carla estaban también en aquella reunión de emergencia. ¿En qué demonios estaría pensando Tyler? Se habían gastado ya una fortuna en los anuncios.
—Dice que su novia le ha dicho que romperá con él si hace los anuncios. No quiere que otras mujeres puedan pensar que está disponible —explicó Lucero—. Me he tirado más de veinte minutos intentando razonar con él, pero no he conseguido hacerlo cambiar de opinión.

Genial. Primero el viaje a Boston les había llevado cuatro días más de lo previsto. Lucero no conseguía encontrar la clase de hombre que andaba buscando.
Luego, dos de las empresas que los habían llamado para concertar entrevistas las habían cancelado, aduciendo que querían agencias más grandes.
Por último, su madre había llamado la noche anterior para pedirle más dinero. Katia había tenido unos gastos inesperados en la universidad. A ese paso, no tardaría en quedarse sin dinero.

Se frotó los músculos del cuello y miró a Lucero. Ella era lo único bueno que le había pasado en las dos últimas semanas. Cada noche hacían el amor y ningún día era horrible del todo si podía pasar unas horas con ella.

—¿Alguna idea? —preguntó.
Lucero suspiró.
—Dice que Luanne es la mujer con la que va a casarse y que no quiere que se enfade. Le he dicho que ella debería sentirse orgullosa de él, pero al parecer su novia no lo ve así. Lo único que ella ve es que su novio va a estar en montones de carteles para que un montón de mujeres más lo vean.
—Eso es lo que yo no entiendo —dijo Carla—. A mí me encantaría saber que un montón de mujeres más piensan que mi novio está como un queso.
—Pues es una pena que tú no seas Luanne —Lucero miró a Fernando—. A lo mejor tú podrías hablar con él. Dice que yo no entiendo cómo se siente.
—También podríamos llamar a un abogado. Tanto si le gusta como si no, ha firmado un contrato —puntualizó Celeste—. Ha posado para las fotos, Perfumes Desire se ha gastado un montón de dinero en él y no puede cambiar de opinión así, sin más.
Fernando la miró.
—No quiero meter abogados de por medio a menos que no tengamos otra opción —se quedó pensativo un instante y luego miró a Lucero—. Pasado mañana nos iremos a Nueva Orleans. Podríamos pasar por Dallas de camino. Creo que lo único que podemos hacer es hablar con Tyler en persona.
Lucero asintió.
—Podemos intentarlo.
—Vamos a cenar con él —dijo Fernando—. Puede que en persona, podamos hacerlo cambiar de opinión.
Lucero sonrió despacio.
—¿Y si invitamos también a Luanne? Tal vez la convencemos si se lo explicamos también en persona.
—¿Por qué no? Tal y como estamos, tenemos que probar con cualquier cosa.

Trataron unos cuantos asuntos más y cada uno volvió a su tarea. Fernando llamó a Tyler inmediatamente y afortunadamente consiguió convencerlo de que quedasen a cenar el miércoles con él y su novia para intentar explicarla que lo que estaban vendiendo era el perfume y no a él.

Le quedaban un par de cosas por hacer. Primero, tenía que intentar explorar algunos clientes nuevos y después tendría que hablar con su hermana. La universidad era cara, sí, pero no tanto.
Se frotó de nuevo los músculos del cuello, pero la tensión se negaba a suavizarse.
—Sé que una vez me dijiste que no te parecía buena idea que nos tocáramos —dijo Lucero al entrar en su despacho y tras cerrar la puerta—. Pero, como desde entonces nuestra relación ha cambiado algo, ¿me dejas que te dé un masaje en el cuello?
Fernando sonrió, más feliz de lo que tenía derecho a estar.
—Puedes tocarme lo que quieras y cuanto quieras.
—Te daré un masaje siempre que me prometas comportarte lo mejor que puedas. Aunque soy consciente de que eres perverso por naturaleza —añadió con un brillo picarón en la mirada.
Fernando se echó a reír, sorprendido de que con unas cuantas palabras, Lucero hubiera sido capaz de quitarle el mal humor, pero así era. Estar cerca de ella le hacía sentirse feliz.
—Lo intentaré —le prometió.
Lucero se colocó detrás de él y fue frotándole los músculos del cuello y los hombros.
Fernando cerró los ojos y suspiró.
—Qué maravilla.
—¿Mejor que el sexo? —le susurró Lucero al oído.
—Ni de lejos —contestó él y dándose la vuelta rápidamente en la silla, la rodeó por la cintura y la sentó sobre sus rodillas.
—¡Eh! Me habías prometido comportarte —protestó, pero al mismo tiempo se acomodaba sobre sus piernas. Aunque no fuera precisamente comodidad lo que él estaba sintiendo.
Teniéndola tan cerca, la tensión y la frustración habían sido reemplazadas por fuego y lujuria.
—Ya sabes que soy un mentiroso y que no se puede confiar en mí, sobre todo habiendo una mujer guapa de por medio.
—Pues yo te confiaría mi vida —dijo ella con suavidad.
La miró a los ojos y supo que había dicho la verdad. Confiaba en él y Fernando sabía que después de haber crecido con un padre y un hermano como los suyos, Dulce no confiaba en muchas personas. Y desde luego, en muy pocos hombres.
Pero a él, le confiaría su vida.
Sentimientos que ni siquiera podía identificar lo sobrecogieron, confundiéndolo aún más de lo que ya lo estaba.
—Lucero, no sé…
—Sólo calla. Hay quien dice que la cabeza te puede explotar si piensas demasiado.

Y rodeándole el cuello, lo besó en los labios, a lo que él respondió demostrándole lo que provocaba en él el más mínimo contacto con ella.
En aquel momento no podía entender lo que sentía por Lucero, sobre todo habiendo tantas cosas en el aire, pero pronto, muy pronto, iba a tener que decidir lo que quería hacer con ella.



—Es que no puedo soportar la idea de que haya cientos… bueno, seguramente miles de mujeres mirando a mi Tyler. Es mío y no está disponible —dijo Luanne quizás por quinta vez—. No me parece bien que esté en un escaparate así.
Lucero asintió pensativa. La cena con Tyler y Luanne no estaba yendo bien. Luanne seguía convencida de que no quería que su novio apareciera en los anuncios, pero la noche aún era joven. Hacía poco que habían llegado al restaurante.
Sinceramente, Lucero sabía que parte del problema era que en el fondo no comprendía la preocupación de Luanne, aunque se estuviera esforzando en ello. En el vuelo, Fernando y ella habían estado analizando la situación y elaborando argumentos que presentarle, pero la mayoría no estaban funcionando. En parte, a causa de su juventud. Apenas tenía veintiún años. Lucero apenas recordaba haber sido tan joven, pero tenía que encontrar algo que decirle y pronto.
—Luanne, nadie va a saber el apellido de Tyler —le dijo, eligiendo el argumento que más le gustaba—, así que no podrán encontrarle y por lo tanto, no podrán saber si está disponible o no.
Luanne frunció el ceño.
—Eso no importa. ¿A ti te gustaría que te dijera que tu novio es guapo? —preguntó, mirando a Fernando—. ¿Te haría gracia?
Sorprendida, Lucero miró a Fernando y después a Luanne. La pregunta no le molestaba.
Lo que la sorprendía era que Luanne supiera que Fernando y ella estaban juntos.
Siempre tenían mucho cuidado en no demostrar nada cuando estaban con gente.
—Fernando y yo no…
—Claro que sí —la cortó ella—. Los dos están enamorados. Lo sé porque Tyler y yo también lo estamos.
—Luanne, Lucero y yo somos socios —dijo Fernando.

Ella hizo un gesto con la mano para quitarle importancia a sus palabras.
—No te ofendas, pero la hija de mi madre no es idiota. Ustedes son mucho más que socios en una empresa. Lo sé por la forma en que se miran —y se volvió a Lucero—. Y ahora, dime, ¿cómo te sentirías si otras mujeres se quedasen mirando a Fernando pensando lo bueno que está?
Lucero se quedó pensando seriamente la pregunta.
—Pues la verdad es que no me molestaría. Ya sé que Fernando es muy atractivo y doy por sentado que las demás mujeres piensan lo mismo.
—Pero ¿cómo es posible que no te moleste? A esas mujeres les gustaría llevárselo a la cama. Yo no podría soportar eso —dijo, acercándose a Tyler.
Fernando iba a decir algo, pero Lucero negó con la cabeza. Aquella era una conversación de mujer a mujer.
—Te lo digo en serio, Luanne. A mí no me importaría, ¿y sabes por qué? Porque yo confío en Fernando y sé que no me engañaría con otra mujer. Estoy segura de ello y por eso no me importa que otras mujeres lo miren —sonrió y se acercó a ella—. De hecho, me gusta que piensen que está como un queso.
Luanne la miró sorprendida.
—¿De verdad?
Lucero se rió.
—¡Vamos, Luanne! No me digas que no te gusta saber que un hombre guapo como tu novio sólo tiene ojos para ti.
Luanne se volteó a ver a Tyler.
—Tú no miras a otras mujeres, ¿verdad?
En lugar de intentar convencerla con un montón de palabras, Lucero supo que el joven era sincero al contestar simplemente.
—No.
—Y aunque las mujeres se te echen en los brazos después del anuncio, ¿tú no te dejarás vencer por la tentación?
—Cariño, las mujeres llevan echándose en mis brazos desde la primera vez que participé en un rodeo y nunca me he ido con todas ellas. Muchos de los chicos se vuelven locos cuando están fuera de la ciudad, pero tú sabes que ese no es mi caso. ¿Por qué iba a empezar a engañarte ahora? —se acercó y la besó en los labios—. Te quiero, Luanne. Llevo años queriéndote. Si hago esos anuncios, tendremos dinero suficiente para casarnos ya, sin tener que esperar un año más. ¿Es que no quieres casarte conmigo?
A ella se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Sí —contestó y lo besó.

Lucero sintió que la garganta se le cerraba. Estaban tan enamorados que resultaban conmovedores. Automáticamente miró a Fernando, que la estaba observando fijamente.
Ojalá hubiera podido saber qué estaba pensando o sintiendo. ¿Sentiría algo por ella, o sería todo diversión y sexo para él? ¿Sospecharía que ella estaba profundamente enamorada de él? Probablemente. Fernando era un hombre inteligente y tal y como había dicho Luanne, era obvio que había algo entre ellos.
—Está bien —dijo Luanne—. Si Tyler quiere hacerlo yo le apoyaré. Sé que nunca me haría daño. Llevamos tres años saliendo y sé que es un hombre bueno.
Saber que Luanne no iba a oponerse a la campaña fue un alivio que les permitió relajarse y disfrutar de la velada, que resultó al final bastante divertida.
Charlaron, se rieron y lo pasaron bien, aunque Lucero no pudo evitar preguntarse en más de una ocasión qué pasaría cuando Fernando y ella volviesen al hotel. Casi no podía esperar a estar a solas.

Por fin, tras una cena de casi dos horas y media, volvieron al hotel. En cuanto entraron a la habitación, lo abrazó. Necesitaba sentir su cuerpo y su calor y con el deseo abrasándole las venas, se besaron apasionadamente.

—Creía que nunca iba a terminar la cena dichosa —dijo Fernando, quitándole la ropa—. Llevo esperando este momento desde que estábamos en el avión.
—Yo también —confesó ella, mordiéndole el labio.
Cuando pusieron fin a aquel beso, él tiró de su vestido.
—Has el favor de desnudarte, o no respondo de mis actos.
Lucero se echó a reír y tiró de su camisa.
—Pues será mejor que hagas desaparecer también tu camisa, porque he sido yo la que he tenido que aguantar a Luanne diciéndome lo bueno que estás, así que me merezco una recompensa.
Él enarcó las cejas.
—¿Una recompensa? ¿Qué maldad tienes pensada? —preguntó con picardía.
—Aún no he pensado en los detalles, pero sé que el primer paso es conseguir que te desnudes.
Fernando se sacó la camisa de los pantalones y comenzó despacio a desabrocharla.
—Vale. Lo que es de ley es de ley. Soy un hombre que siempre paga sus deudas.
—Con eso cuento —contestó ella al tiempo que bajaba la cremallera de su vestido—. Con eso cuento.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Capítulo 8.

Lucero estaba convencida de que nada podía ser mejor que lo que Fernando le estaba haciendo a su cuerpo. La llevaba al borde del abismo para tirar después de ella justo cuando estaba a punto de caer. Pero por mucho que le gustaran sus caricias, si no paraba pronto iba a empezar a gritar de frustración.

—Fernando, por favor —murmuró junto a sus labios y él, mirándola a los ojos, cambió el ritmo y la presión de su mano. Lucero, aferrada a él, perdió durante un instante la capacidad de respirar mientras temblaba en sus brazos.

Cayeron los dos sobre el colchón, Fernando soportando el peso de su cuerpo y tomando sus senos en las manos le acarició los pezones con el pulgar. El deseo enardeció a Lucero y sintiéndose más atrevida que nunca, sonrió y le devoró la boca.
A Fernando le encantaba besarla. Parecía no poder saciarse de ella, como si lo volviese tan loco como él la volvía a ella, lo cual le proporcionaba una embriagadora sensación de poder.

Cuando él la tumbó sobre la espalda, Lucero pensó que por fin iba a penetrarla, pero no fue así. Lo que hizo fue tumbarse de lado junto a ella, la cabeza apoyada en una mano y mirarla mientras acariciaba sus pechos con caricias sinuosas. Lucero deslizó una mano por su pecho. Le gustaba la sensación de aquel vello rizado bajo la palma.
Incorporándose un poco, hizo descender la caricia hasta llegar a rodear su pene con la mano.
Fernando cerró los ojos y la dejó hacer su trabajo, hasta que no pudo más.

—No puedo esperar más, cariño —le dijo, apartando su mano—. Tengo preservativos en la cartera.
Hizo ademán de levantarse, pero ella le detuvo.
—Yo los tengo aquí —dijo y sacó de la mesilla uno de los preservativos que Megan le había dejado.
—Eres un verdadero demonio —dijo y se asomó al cajón—. ¡Vaya! La noche ya la tenías planeada. ¿Es que ya sabías que ibas a seducirme?
Ella contestó que no con la cabeza.
—Megan me los dio.
—Hay por lo menos una docena —contó—. ¿Es que esperas a Superman?
Ella se rió de aquel modo que a él tanto le gustaba.
—Espero que rindas al máximo de tus posibilidades —le dijo fingiendo severidad.

Fernando la besó.
—Me encanta ese tono de profesora de colegio —sacó un par de preservativos más y los dejó sobre la mesilla—. Por si acaso —le dijo, guiñando un ojo.
Lucero le acarició el abdomen.
—Me encantan los alumnos aplicados.
La risa de él terminó siendo un gemido cuando su mano bajó un poco más.
—Me encanta lo que estás haciendo, pero como sigas vamos a terminar incluso antes de haber empezado.
Apartó la mano de Lucero, se colocó un preservativo y volvió a tumbarse junto a ella.
—Dime qué te gusta —dijo, acariciando de nuevo sus pezones y Lucero arqueó la espalda, buscando más.
—Cualquier cosa que hagas tú —contestó ella casi sin voz—. Cualquier cosa.
—Lucero —musitó él y se inclinó sobre el pecho para lamerlo.

Lucero contuvo la respiración, arqueándose aún más para introducir aquel punto palpitante en su boca y rogándole que le diera más. Él obedeció y pasó a su otro pecho, lamiendo un pezón imposible de pura dureza mientras ella acariciaba arriba y abajo su espalda.
Había tantas cosas que quería que él le hiciera y tantas cosas que quería ella hacerle a él… pero no podía esperar. En aquel momento, todo lo que deseaba era sentirle dentro.

Tomó su cara entre las manos y le dijo:
—Ahora, Fernando. Te necesito ahora.
—Eres tan hermosa.
Mirándola a los ojos, se colocó entre sus piernas y al penetrarla la vio cerrar los ojos.
—Mírame —susurró y ella abrió los ojos.

Cuando estuvo por completo dentro de ella, la besó por temor a quemarse en el fuego que ardía en sus ojos y saboreó la sensación de estar unidos íntimamente. Luego, bajo la mirada de Lucero, empezó a moverse, despacio primero, más rápido después, con urgencia, con intensidad. Ella se movía con él, imitando su ritmo, igualando su necesidad.
Hacer el amor nunca había sido así, tan enriquecedor, tan perfecto, tan pleno.

Envolvió las caderas de Fernando con las piernas para sentirlo aún más dentro, deseando formar parte de él.

Una y otra vez, Fernando se movió dentro de ella, murmurando su nombre, hasta que de pronto el mundo quedó inmóvil y la increíble presión que había ido creciendo dentro de ella, explotó. Gritó y un momento después, Lucero pronunció su nombre por última vez antes de alcanzar el orgasmo.

Permanecieron unidos e inmóviles durante un tiempo difícil de precisar, hasta que Fernando levantó la cabeza y sonrió despacio.
—Rápidamente… dime tu nombre.
Lucero se echó a reír.
—Tengo que reconocer que al menos en un par de ocasiones has conseguido que me olvidara de mi nombre.
Fernando se rió.
—Ha sido increíble, Lucero. Increíble.

Estaba totalmente de acuerdo y al pasar la mano por su mejilla se dio cuenta de pronto de por qué la experiencia había sido tan fantástica. No había sido sólo sexo. Habían hecho el amor. O al menos ella había hecho el amor, porque supo sin ningún género de duda que estaba enamorada de Fernando Colunga.
Absoluta, profunda y quizás estúpidamente enamorada de él.
Debería estar aterrada, pero estando en sus brazos, era imposible. Nada de lo que había ocurrido ni de lo que el futuro podía depararle la asustaría. Porque lo quería, estaría dispuesta a aceptar lo que él pudiera ofrecerle sin preocuparse por lo que ocurriera cuando todo terminara.

Además ya sabía lo que iba a ocurrir, que seguiría adelante. Con el corazón tocado, pero seguiría adelante. Y saber que más adelante iba a sufrir no iba a impedir que saborease el presente. Él no iba a estar a su lado para siempre, pero lo estaba aquella noche, e iba a asegurarse de que el tiempo que pasaran juntos fuese un sueño hecho realidad.



Fernando abrió los ojos y le costó un minuto recordar dónde estaba, hasta que sintió un cuerpo cálido junto al suyo y recordó exactamente dónde estaba y con quién. Se acomodó de lado y acurrucó a Lucero. Ella murmuró algo nada entendible y se pegó a su lado.
No le había sorprendido que a Lucero le gustara dormir acurrucada a su lado. Varias veces a lo largo de la noche se había pegado a su cuerpo, acariciándolo medio dormida, murmurando palabras incomprensibles que la habían hecho sonreír.
No podía recordar haber estado con otra mujer que le hubiera proporcionado tanto placer, tanto durante el sexo como después. 

Era capaz de excitarlo incluso dormida y decidió rendirse a la tentación y empezar a besar su cuerpo en sentido descendente, descubriendo de nuevo su forma, su olor.
Supo exactamente cuándo se despertó aunque no abrió los ojos, ni siquiera cuando separó sus piernas para besarla íntimamente, para acariciarla con la lengua. La respiración de Lucero se volvió rápida, entrecortada y siguió atormentándola hasta que alcanzó el orgasmo.

—Buenos días —dijo, sonriendo—. ¿Cómo estás?
Lucero sonrió adormilada.
—De maravilla, gracias a ti. ¿Y tú cómo estás?
—Genial, pero hay algo con lo que me podrías ayudar —dijo y subiendo de nuevo a su altura, la besó. Cuando separaron sus labios, ella lo miró con tal dulzura que el corazón le dio un salto.

—¿De verdad hay algo que puedo hacer por ti? ¿Qué puede ser? —bromeó, mientras alcanzaba otro preservativo de la mesilla—. Somos socios y siempre estoy dispuesta a ayudarte con cualquier problemilla que puedas tener.
—¿Qué quieres decir con "problemilla"?

Lucero se rió y el sonido de su risa fue para él como una lluvia cálida. Sin sentir vergüenza alguna, bajó la mano y acarició a su "amigo".

—¡Ay, qué fallo! —bromeó—. Esto no es un problemilla. Es un problema grande. Un problema enorme. Un problema gigante.
Fernando se tumbó boca arriba y la colocó a ella sobre él.
—¿Se te ocurre cómo podrías ayudarme?
Ella deslizó una mano por su pecho.
—A ver qué puedo hacer…
Y lo que hizo fue excitarle hasta más allá de lo imaginable durante media hora. 

Cuando Fernando recuperó más o menos la normalidad en la respiración, Lucero estaba tumbada junto a él, casi dormida y sin pensar en lo que hacía, acarició su espalda.
En aquel momento, a la pálida luz de la mañana, no podía fingir que Lucero no estuviera colándosele muy adentro, porque así era. Estaba empezando a sentir algo por ella. Algo profundo. Pero algo que no era amor. Y no estaba dispuesto a enamorarse de ella porque Lucero se merecía más de lo que él le podía ofrecer. Más tarde que temprano, querría casarse, e incluso tener hijos y él no estaba interesado en eso. Se había pasado la mayor parte de la vida cuidando de alguien. Bueno, aún no había dejado de hacerlo y ya tenía suficientes responsabilidades como para ahogarse en ellas.

Pero saber que no tenía futuro con Lucero no le impidió abrazarse a ella. Más tarde, cuando se despertara, hablaría con ella para saber qué quería hacer. Podían seguir siendo amantes durante un tiempo, siempre y cuando ella no olvidara que no iba a ser para siempre.
Volvió a acariciarle mientras la apretaba contra su pecho. Tendría que ser ella quien decidiera a donde iban a partir de aquella noche.




—Pareces un poco atolondrada hoy —comentó Carla, sonriendo—. ¿Es que tienes algún novio del que no nos has hablado?

Sorprendida, Lucero la miró. No podía saber lo de Fernando. Ella no se lo había dicho ni a un alma y sabía que Fernando tampoco.
Eso significaba que lo de Carla no era más que su intuición.

—Estoy muy contenta por haber encontrado al tercer «Amante» —contestó—. ¿Te has puesto ya en contacto con Jamal?
—Sí, he hablado con él y el papeleo está ya en marcha. Pero no intentes echar balones fuera. Desde que volviste del aeropuerto, estás radiante de felicidad. Hace unos minutos, hasta te he oído canturrear y tú nunca canturreas. ¿Qué ha pasado en Charleston?
Tenía que acordarse de no canturrear y de no parecer radiante de felicidad.
—No seas exagerada, Carla. Anda, ¿es que no tienes nada que hacer?
Riendo, Carla salió del despacho, pero desde la puerta le dijo:
—Vale, como quieras. Pero me alegro de verte tan feliz.

Cuando se marchó, Lucero intentó concentrarse en lo que tenía en la pantalla del ordenador, pero no podía. En lo único que podía pensar era en la noche anterior y en las cosas tan maravillosas que Fernando le había hecho sentir. Había mimado su cuerpo y de camino, le había robado el corazón.
Pero él no estaba interesado en su corazón. De hecho, aquella mañana había vuelto a insistir con toda dulzura sobre que no quería una relación a largo plazo, a lo que ella le había contestado que tampoco estaba interesada.
Daba la impresión de que la había creído y de camino a casa la había besado y habían reído juntos como en el avión. Pero ahora que estaban de vuelta en la oficina y en el mundo real, sabía que tenía que tomar una decisión. Seguir siendo su amante o ponerle punto final en aquel momento.

Casi como si supiera que estaba pensando en él, Fernando apareció en la puerta de su despacho con una sonrisa que hablaba de los muchos secretos que habían compartido la noche anterior. Con el corazón acelerado, ella le devolvió la sonrisa.
—Hola —dijo él, entró en el despacho y cerró la puerta.
Por estúpido que pareciera, Lucero no podía recordar haber oído de labios de un hombre algo tan sexy como aquello. Quizás fuese porque 'Hola' fuese un saludo entre amantes que habían compartido una noche juntos.
—Hola —le dijo ella y miró hacia la puerta—. ¿Qué pasa?
Su sonrisa se hizo brillante como un foco de cientos de watts.
—No es una pregunta muy buena para hacerle a un hombre.
Lucero se echó a reír.
—Si estás aquí por eso ya puedes volverte a tu despacho. No pienso hacer tonterías en el trabajo.
Fernando se encogió de hombros y se sentó en la silla que había delante de la mesa.
—Me parece bien. Tú te lo pierdes. A mí no me importa.
—Bobadas.
Él se rió.
—Pues sí.

Mirarlo era un verdadero placer. Era tan arrebatadoramente masculino que Lucero no pudo evitar desearlo. Pero lo que le había contestado a él iba en serio. Allí, no. No en la oficina.
—Entonces, si no estás aquí para… —se encogió de hombros— ya sabes, ¿por qué estás aquí?
A Fernando le brillaron los ojos al decir:
—¿Cómo que "ya sabes"? No recuerdo que anoche fueras tan tímida.
Lucero se apartó varios mechones de pelo de la cara. Había seguido el consejo de Megan y no se había recogido el pelo en su moño habitual. Le hacía sentirse distinta, menos contenida. Más salvaje.
Igual que Fernando la hacía sentir.
—No fui tímida y fue gracias a ti. No te lo he dicho antes, pero lo de anoche significó mucho para mí. Fue algo muy… enriquecedor
Durante un momento, él solo la miró. Le gustaba el modo en que la miraba, como si de verdad la estuviese viendo a ella, a sus esperanzas y sus sueños, además de la mujer.
—Pues cada vez que necesites volver a enriquecerte, solo tienes que hacérmelo saber.
—¿Sería demasiado pedir esta noche? —preguntó, haciendo acopio de valor.
—De eso precisamente quería hablarte yo. Esta noche tengo que ir a visitar a mi madre. ¿Quieres venir? Luego podríamos ir a mi departamento o a tu casa y continuar lo que empezamos la noche anterior.

¿Su madre? ¿Quería que le acompañase a conocer a su madre?

Lucero frunció el ceño.
—No estoy segura de si debería…
—No supongas que hay más de lo que hay Lucero, que mi madre tampoco lo supondrá. Sabe que llevamos juntos la agencia y le gustará conocerte. No le diremos nada de lo nuestro, no vaya a hacerse una idea equivocada.

Tenía razón. No tenían que decírselo ni a su madre ni al resto de la oficina. Sería más fácil así.

—Es una visita sin importancia. Le decimos hola y luego nos vamos a cenar —sonrió y luego cambió de tono—. Después y ya que insistes, dejaré que me seduzcas.
—No es mal plan —contestó ella y volvió a mirar a la puerta antes de recolocar unos cuantos papeles que tenía sobre la mesa. No quería echarle, pero si no salía pronto del despacho, iba a tener que faltar a sus propias reglas—. Tengo un montón de trabajo. ¿Quieres algo más?

Él se levantó riendo.
—Ya estamos otra vez con ese tono de maestra de escuela. Calma, corazón —declamó, teatral.
Con un guiño, salió de su despacho. Lucero lo vio alejarse y se descubrió sonriendo.

Fernando Colunga era bueno para ella, en más de un sentido. El trabajo era divertido con él, lo cual no dejaba de ser sorprendente teniendo en cuenta la situación en que Antonio los había dejado. Pero juntos, estaban haciendo funcionar las cosas.
Ya eran bastantes las empresas que los habían llamado para que les pusieran en marcha sus campañas publicitarias. Incluso ella había sido capaz de aportar una idea para la campaña de Amante. ¿Quién iba a decirlo?
Con la reputación que se estaban ganando, Fernando no tendría demasiadas dificultades para encontrar la financiación necesaria para comprarle a ella su parte. La agencia tenía un brillante futuro ante sí, algo de lo que cualquier inversor se daría cuenta.

Pronto, incluso demasiado pronto, podría sacar su dinero de la agencia y dedicarse a otra cosa.
Pero la idea la entristeció. Últimamente disfrutaba yendo a trabajar. Tenía la sensación de ser alguien importante allí. Pero por encima de todo, deseaba ver a Fernando. Desde luego era capaz de volverla loca, pero también la hacía sentirse bien consigo misma, e iba a echarlo muchísimo de menos cuando dejara la agencia y ya no formara parte de su vida.
La idea de quedarse más tiempo se le había ocurrido, pero ¿cómo se sentiría varios meses después, incluso un año y que él siguiera sin enamorarse de ella? Verlo día tras día y saber que no iba a llegar a quererla sería una tortura.
Lo mejor sería no pensar por el momento en el futuro. Aquella noche iba a verse con él y pasara lo que pasara en el futuro, las noches que iban a compartir merecerían la pena.
¡Vaya si la merecerían!




—Supongo que estarás muy preocupada por tu hermano —le dijo a Lucero la madre de Fernando con una sonrisa—. Debes estar pasándolo fatal, sin saber dónde está o si se encuentra bien. Eres una mujer muy fuerte para seguir adelante tal y como lo estás haciendo. Te admiro.
Fernando miró a Lucero, que parecía conmovida por la alabanza de su madre.
—Gracias, pero no hay nada que admirar. Estoy acostumbrada a que las cosas sean así en mi familia. No es la primera vez que Antonio se va y también lo hacía mi padre. Debe ser algo genético, al menos en los hombres.

Su madre miró a Fernando, pero él se limitó a encogerse de hombros. Si hubiera sabido que Antonio podía desaparecer de la noche a la mañana, no se habría embarcado en un negocio con él.

—En la universidad nunca desapareció —comentó él.
Lucero se recostó en el sofá y contestó mirando a Nicole.
—La verdad es que pensé que no abandonaría así su negocio. La última vez que desapareció, lo hizo poco más o menos al tiempo que mi padre y durante unos meses, llegué a preguntarme si volvería a verlos alguna vez.
Fernando no sabía qué decir y miró a su madre, quien a su vez miraba a Lucero con compasión.
—Dios mío. Cómo tuviste que sufrir. ¿Cuántos años tenías?
Lucero parecía sorprendida por la conmiseración de su madre.
—No se crea, señora Olivares, que no fue tan grave. Mi padre desaparecía muy a menudo cuando Antonio y yo éramos pequeños. Llegó un punto en que casi podíamos predecir cuándo se iba a marchar. Y cuando volvía, era un padre maravilloso… durante un tiempo.
—Pero eso no debía compensarlos por todos los días que no estaba allí —dijo Fernando con suavidad. Hubiera querido abrazarla y consolarla. 

Aunque Lucero mantenía que no le afectaba, sabía que no podía ser así y sentía lástima por la niña y por la joven que fue. ¿Cómo podían aquellos dos hombres herirla sistemáticamente? ¿Y cómo podía él sentir tan dentro su dolor?

—No deberías sentir lástima por mí —dijo y miró a Nicole—. Además, esta vez Antonio no me ha dejado sola. Fernando y yo nos hemos enfrentado juntos a los problemas de la agencia.
La madre de Fernando le sonrió.
—Es un buen chico, ¿no te parece?
Fernando hizo una mueca.
—¡Vamos, mamá, no empieces! Cuando me descuide, te veo sacando las fotografías de cuando era un bebé. Y no te olvides de que tengo que trabajar con Lucero.
Nicole puso una mano en su rodilla.
—No te preocupes, cariño, que no pienso hacerte pasar una vergüenza. No pienso enseñarle ninguna de tus fotos de cuando eras niño. Ni siquiera en la que estás con el pajarito al aire cuando tenías dos meses.

Lucero se echó a reír, aún más cuando él frunció el ceño fingiendo enfadarse.
—No se imagina lo mucho que me gustaría ver esa foto.

Fernando le dedicó una mirada en la que le prometía venganza aquella noche cuando estuvieran solos. Si quería verlo desnudo, estaría encantado de complacerla.

Era el momento de cambiar de tema.
—¿Necesitas que te haga algo ya que estoy aquí, mamá?
—Sí. Me alegro de que me lo preguntes. El grifo del fregadero gotea. ¿Podrías echarle un vistazo?

Antes de que hubiese terminado casi de hablar, Fernando ya estaba de pie. Entró en la cocina y le echó un vistazo. Era cosa de poco. En un momento lo…
¿Pero en qué estaba pensando? Había dejado a Lucero a solas con su madre y las fotografías.
Entró rápidamente en el salón y encontró a su madre friendo a preguntas a Lucero.

Cuando se dio cuenta de que estaba en la puerta, se calló de inmediato.
—Buen intento, mamá —dijo, riendo—. Lucero, ¿quieres echarme una mano en la cocina?
Su madre fingió enfadarse con él.
—¡Vamos, Fernando! ¿Cómo quieres que sonsaque a Lucero si no nos dejas solas ni un minuto?
—Siento estropearte la diversión —miró a Lucero, que no parecía saber qué hacer—. En serio, creo que sería más seguro para los dos si me echaras una mano en la cocina.
—De acuerdo —entró en la cocina tras él y se acercó al fregadero. Efectivamente, el grifo goteaba—. Sí, pierde agua. ¿Puedo irme ya a hablar con tu madre?
—No. Necesito que me ayudes.
—No lo creo. Lo único que yo sé hacer para arreglar un grifo que gotea es llamar a un plomero. ¿Es eso lo que habías pensado?
Seguro de que su madre no los estaba oyendo ni viendo, la besó en la mejilla.
—Si crees que te voy a dejar hablar sobre mí con mi madre, estás loca. Se muere por contarte todos los líos en los que me metí de niño.
Lucero sonrió y él sintió un calor reconfortante correrle por el cuerpo.
—¿Es que no crees que tu madre y yo tengamos mejores cosas de las que hablar que de ti?
—Mmm… pues no.
Lucero se rió y lo empujó hacia el fregadero.
—Anda, ponte y arréglalo de una vez.
Incapaz de resistirse esta vez, la besó en la boca. Lucero miró a la puerta de la cocina.
—¿No es un poco arriesgado? Tu madre podría entrar en cualquier momento y luego tendrías que explicarle por qué te estás besando con tu socia.
—A mi madre no le sorprendería eso, a menos claro está que fueras Antonio.
Lucero retrocedió un paso.
—Aun así, voy a asegurarme de que no nos descubra.
Sabía con seguridad cuál iba a ser la respuesta, pero aun así le hizo la pregunta.
—¿Y cómo piensas hacer eso?
—Pues sentándome con tu madre en el salón —contestó y salió a toda prisa.

No podía enfadarse con ella. Es más, se alegraba de que Lucero quisiera saber más de él.
A él también le gustaría saber más de ella. Sabía que su madre había muerto hace unos años y que su padre vivía en Nueva York. Pero todo eso se lo había dicho Antonio.
Ella le había hablado muy poco de su familia y lo único que sabía, era que su padre y su hermano desaparecían de vez en cuando, eso no dejaba de sorprenderlo.
¿Qué clase de socio iba a ser Antonio? No podía permitirse tener un socio que no se tomara en serio la compañía. Cuando volviera, iban a hablar largo y tendido sobre el tema.
Pero en aquel momento, tenía otra preocupación más grande. Desde el salón le llegaban las risas y las voces de las mujeres y no hacía falta ser un ingeniero espacial para imaginarse cuál era el tema de su conversación.

Tras arreglar en un dos por tres el grifo, se lavó las manos, las secó y salió y su mayor temor se hizo realidad. Su madre estaba sentada junto a Lucero en el sofá, con un álbum de fotos abierto sobre las piernas. No le hizo falta preguntar si las fotos eran las de él.

—¿Enseñando mi trasero, mamá?
—Vamos, Fernando, confía un poco más en mí —señaló una de las fotos—. Este es mi Fer en el baile de su graduación. ¿Verdad que está guapo con el esmoquin? Y esta es de la graduación de la universidad. Yo misma le compré el traje y aunque sea su madre, tengo que decir que estaba guapísimo con él.

Fernando miró sorprendido a su madre. Le estaba enseñando a Lucero las fotos, sí, pero fotos en las que estaba bien.
El plan de su madre se le apareció claramente dibujado ante los ojos.
Nicole Olivares debería avergonzarse de sí misma.
En lugar de avergonzarlo, estaba haciendo algo mucho peor. Estaba intentando hacer de Cupido.

martes, 20 de agosto de 2013

Capítulo 7.

—Estás genial con esos tacones —dijo Meg, haciendo que Lucero girara sobre sí misma—. Espera a que te vean todos esos hombres. Van a necesitar reanimación.

Lucero se miró en el espejo del hotel. No estaba muy convencida del resultado. Quizás debería haberse comprado un vestido para la fiesta, en lugar de acceder a ponerse uno de Megan. Aquel vestido negro y ceñido estaba pensado para el cuerpo esbelto de Megan, pero a ella se le ceñía demasiado a las curvas.

—En serio, estás fantástica —Megan le colocó el pelo, que le habían dejado suelto y se curvaba suavemente en torno a su cara y por la espalda—. Tienes un pelo precioso. No deberías llevar moño nunca.
—Es que me estorba —dijo, aún incapaz de creer el aspecto que veía reflejado en el espejo.
Megan frunció el ceño.
—Entonces, ponte algunas horquillas para no tenerlo en la cara, pero no lo escondas. A los hombres les encanta el pelo largo.
—A mí no me importa lo que a ellos les guste —replicó.
La respuesta de Megan fue un suspiro y siguió retocando el vestido y el pelo hasta que lo declaró perfecto.
—Nadie te va a reconocer, cariño. Tim hace años que no te ve y no sabrá que eres tú. Y Fernando se va a quedar sin palabras.
Lucero terminó de aplicarse un poco de carmín y la miró.
—No empieces.
Megan puso los brazos cruzados y la miró fingiendo inocencia.
—¿Que no empiece con qué?
—Pues que no intentes juntarme con Fernando. Ya te he dicho que somos socios y que eso es todo. Y antes de que digas que tú no has intentado tal cosa, te diré que ya lo hiciste ayer en el albergue.
Megan le ayudó a ponerse una cadena de oro.
—Eres una mensa, Lucero. ¿Qué sentido tiene trabajar con un hombre como Fernando si no piensas seducirlo? Si yo no estuviera casada, estaría persiguiendo a Fernando por todo el hotel.
Antes de que Lucero pudiera contestar, Megan fue a buscar el bolso.
—¡Ah, se me olvidaba! Tienes que llevar esto.
Lucero se acercó y se detuvo de golpe al ver lo que su amiga llevaba en la mano.
—¡Por amor de Dios, Megan! No voy a necesitar preservativos.

Megan elevó los ojos al cielo y los guardó en la mesilla.
—Nunca se sabe.
Lucero respiró hondo. Sabía que Megan solo pretendía ayudar, pero estaba apuntando muy lejos.
—No voy a tener nada con Fernando.
Megan sonrió.
—De acuerdo. A mí me parece perfecto que no quieras tener una relación a largo plazo con él, pero los dos están aquí esta noche, estás de muerte con este vestido y con un poco de suerte, puede ocurrir algo. Así que…
—Vamos a llegar tarde —dijo Lucero. Había decidido no discutir con ella. Era lo mejor. Recogió el bolso y tiró del brazo de Megan—.Vámonos.

Pero al subir al ascensor, sintió que el estómago se le hacía un nudo. ¿Qué pensaría Fernando al verla? ¿Tendría la misma opinión que Megan? ¿Le importaría algo su aspecto?
Lo raro era que Fernando parecía sentirse atraído por ella independientemente de lo que llevase puesto. La había besado en Dallas llevando ella su traje más conservador.
¿Sería porque Fernando coqueteaba con todas las mujeres, independientemente de su aspecto?
Como el pensamiento no le gustó nada, lo apartó. Aquella noche iba a disfrutar. Estaba con una de sus mejores amigas, aquel vestido le quedaba genial y se sentía de maravilla. Por una noche, podía olvidarse de la agencia y del futuro.

Cuando llegaron abajo, salieron del ascensor y fueron al bar en busca de Fernando y Tim. Los encontraron viendo un partido de béisbol en la televisión.
Tim fue el primero en verlas. Era un hombre alto al que empezaba a faltarle el pelo y su personalidad tranquila era el contrapunto perfecto a la exuberancia de Megan.

—Hola, Lucero —dijo, acercándose a su mujer para rodearle la cintura con el brazo—. Están preciosas, chicas.
Megan lo besó en la mejilla.
—Gracias, tesoro. Estoy totalmente de acuerdo, Lucero está guapísima. Nada de trajes de chaqueta o zapatos bajos. Va a ser la mujer más sexy de la fiesta. ¿No te parece, Fernando?

Lucero hubiera querido estrangular a Megan y al voltearse Lucero para decirle que no era necesario que estuviera de acuerdo con su amiga, las palabras se le evaporaron en los labios.
Fuego. La mirada de Fernando era puro fuego. La sangre se le disparó en las venas y dio un paso hacia él antes de pensar si era juicioso o no hacerlo. Él también estaba muy guapo. Llevaba el traje que más le gustaba a ella, uno azul de Armani que le hacía parecer un sueño hecho realidad.

—Lucero, estás preciosa —dijo en voz baja—. Absolutamente preciosa.
No cabía duda de su sinceridad y aunque no quería preocuparse por lo que Fernando pudiera pensar de su aspecto, no podía evitarlo. Le importaba y mucho. Y saber que él la encontraba guapa le hacía sentirse así.
—Gracias. Tú también estás muy bien.
Fernando le guiñó un ojo.
—Eso se lo dirás a todos.

Cuando tomó su mano, el corazón se le desbocó. Las cosas iban mal. Muy mal.
Había razones más que suficientes para que Fernando y ella mantuvieran las distancias.
Razones basadas en la lógica, pero en aquel momento, no se le ocurría una sola.

Fernando se acercó a su oído.
—Estás verdaderamente guapísima, pero tengo que decirte que también me gustas con esos trajes de monja tuyos. Me aceleran el pulso.
Lucero no supo si reír o besarlo.
—Ah, sí. Reconozco que mi aspecto habitual es irresistible.
—Eso creo yo.
Lucero lo miró a los ojos. No podía estar hablando en serio. Pero la media sonrisa con la que lo miraba la empujó a creerlo. Y saber que Fernando la encontraba atractiva aun sin llevar un traje de noche como aquel la hacía sentirse… especial.
—Gracias por decirme algo así.
Él le apartó un mechón de la cara.
—Lo digo y lo pienso.
—¡Eh, chicos! —los llamó Megan—. Ya tendrán tiempo esta noche de decirse secretitos al oído. Ahora tenemos que darnos prisa si no queremos llegar tarde.
Fernando sonrió a Megan y Tim sin soltar la mano de Lucero.
—Vámonos, entonces. La vamos a pasar bien esta noche. ¿Sí, Lucero?

Ella se limitó a asentir, porque el corazón lo tenía en la garganta. Aquella noche iba a ser muy divertida. Miró a Fernando, que lucía aquella endiablada sonrisa suya y se corrigió: Aquella noche iba a ser muy divertida.



—No tenías por qué haber hecho esa donación al albergue —dijo Lucero.
Fernando estaba mirando a Megan y Tim y a Jamal y su novia, que bailaban en la pista, pero en aquel momento se volteó a ver a Lucero. La verdad es que estaba increíble. Vibrante. Sensual.
Y la deseaba. ¡Cómo la deseaba!
—¿Quieres bailar? —le preguntó, decidido a utilizar cualquier excusa que pudiera acercarla a su cuerpo.
—Prefiero dar un paseo. Hace calor aquí.
¿Calor? Aquello era el infierno. Sobre todo cada vez que Lucero se inclinaba para acercarse a hablar con Megan. El movimiento mostraba una impresionante cantidad de pecho.
—Me parece buena idea —contestó y se levantó para apartar la silla de Lucero.

El hotel tenía un jardín muy elaborado y varias parejas paseaban ya por sus caminos de césped. Ojalá el aire fresco de la noche le enfriara la sangre. Pero la atmósfera estaba en su contra, e iba a costarle mucho dejar de pensar en sexo.

—¿Por qué lo has hecho? —preguntó Lucero.
—¿El qué?
—La donación al albergue. Porque Megan sea amiga mía no tenías porqué colaborar.
Fernando se paró para mirarla. La luz de una de las farolas le iluminaba la cara. Su expresión era cálida, dulce y lo único que él deseaba era quitarle aquel vestido y hacerle el amor hasta la extenuación. Respiró hondo y se obligó a mirar hacia otro lado.
—Me gustan los animales —dijo—. Mi hermana dice que una cara triste me convence.
—¿Tienes una hermana?
—Sí. Katia. Es más joven que yo y está en la universidad —echó a andar con la esperanza de deshacer el hechizo. 

Habían acordado no volver a besarse, pero no se lo estaba poniendo fácil. Lucero lo estaba mirando como si acabara de regalarle la luna por el hecho de que le gustaran los animales y tuviera una hermana.

—¿Están unidos? ¿La ves a menudo?
Lucero le rozó con el brazo y él no pudo moverse.
—Mucho.
—Eso me gusta.

Su voz le obligó a apartarse un poco.
—No dirías lo mismo si vieras cómo nos peleábamos de niños. Siempre me ponía en ridículo delante de mis novias.

Lo único que consiguió fue que la expresión de Lucero se volviese aún más dulce. ¿Hasta cuándo iba a resistir?

—Lucero, creo que deberíamos volver a entrar —dijo, con la esperanza de poder escapar antes de que llegase a cometer una estupidez.
Pero en lugar de encaminarse de vuelta al hotel, se acercó más a él.
—Eres un buen hombre, Fernando Colunga.
Aquello fue la gota que colmó el vaso.
—No, no lo soy —dijo, mirándola a los ojos—. Estoy pensando toda clase de cosas malas en este momento. Me pediste que no volviera a besarte, pero si seguimos aquí fuera, no podré mantener la promesa. Y para que lo sepas, quiero hacer mucho más aparte de besarte.
—¿Ah, sí?
Su voz parecía ahogada.
Fernando apretó los dientes.
—Así que tenemos que entrar.
—Primero dime una cosa, ¿sigues saliendo con Blanca?

¿De dónde se habría sacado esa idea?

—No. Al final, ni siquiera le pedí que invirtiera en D&S.
—¡Oh!
—Lucero, no estaría aquí contigo si estuviera saliendo con otra persona. Sólo para que lo sepas… hace mucho que no hay una mujer en mi vida.

Ella le contestó con una leve sonrisa que agravó aún más el fuego de su deseo.

—En ese caso, ¿y si yo sintiera lo mismo que tú? —ladeó la cabeza, estudiándolo—. ¿Y si yo también quisiera hacer algo más que sólo besarte?
Fernando sintió que se quedaba sin aire. No se esperaba algo así.
—¿Crees que es buena idea? Yo creía que estábamos de acuerdo en que tener una aventura es arriesgado.
—Lo sé —admitió—, pero no vamos a trabajar juntos durante mucho tiempo más. Tú ya estás buscando inversores y yo no tardaré en dejar de formar parte de D&S.
Fernando respiró hondo.
—Tienes que saber que… que no estoy interesado en sentar la cabeza.
—Yo tampoco busco algo a largo plazo. Cuando hayas comprado mi parte, necesitaré empezar una nueva carrera. No tendré tiempo para una relación —dio un paso hacia él—. Creo que los dos queremos lo mismo, sobre todo esta noche.
¿Pero de qué lado estaba ella? Lucero no le parecía de las mujeres que querían aventuras casuales.
—No estoy seguro de que queramos lo mismo. Lo que yo quiero es que te despidas de tus amigos, volvamos al hotel, nos metamos en la primera cama que encontremos y no salgamos de ella en dos días. —Alargó el brazo y rozó su mejilla. La necesidad hizo que su voz sonase ahogada al decir—. Quiero hacerte el amor de todas las maneras que se me ocurran. Quiero oírte gritar mi nombre y luego quiero volverte tan loca que no puedas recordar ni cómo te llamas. ¿Es eso lo que tenías pensado?

El corazón le saltaba en el pecho mientras esperaba la respuesta. Durante un momento se miraron el uno al otro.
Un hombre inteligente la llevaría de vuelta al hotel, le desearía buenas noches y se metería de cabeza en su propia habitación antes de que las cosas llegasen demasiado lejos. Un hombre inteligente reconocería el peligro al verlo.
De modo que quizás no fuese muy inteligente al fin y al cabo. Porque cuando Lucero susurró la palabra «Sí», se inclinó despacio hacia ella y su último pensamiento antes de que sus labios se encontraran fue que quizás ninguno de los dos es muy inteligente.

Lucero no se había dado cuenta de lo mucho que deseaba besarlo hasta que sus bocas se unieron. La sensación de estar haciendo lo correcto fue instantánea. Sobrecogedora.
Aquello era lo que tanto había esperado, lo que llevaba semanas deseando.
Sobre todo aquel día. Todo el día se había sentido más cerca de él de lo que lo había estado de cualquier otra persona.
Y es que durante las últimas semanas, había llegado a confiar en Fernando. Tras la desaparición de Antonio, él se había quedado y juntos estaban salvando la agencia y sus inversiones. Lo admiraba por su fortaleza, por la forma en que trataba a la gente a su alrededor. Fernando estaba resultando ser completamente distinto a lo que ella esperaba. Siempre le había parecido un hombre como su hermano o su padre. Un hombre que sólo se preocupaba por sí mismo. Pero era mucho más. Y aquella noche, mirándola con el deseo brillando en los ojos, era irresistible.

¿Qué daño podía hacerles rendirse a la necesidad de lo que ambos sentían? Los dos eran adultos sin compromiso. ¿No debería aprovechar por una vez la oportunidad de hacer el amor con un hombre que la volvía loca? ¿Por qué su vida tenía que estar siempre tan controlada?
Cuando sus labios se rozaron, el deseo la sacudió y supo que estaba haciendo lo correcto. Quería estar con Fernando, experimentarlo todo con él. Casi sin pensar, le rodeó el cuello con los brazos para acercarlo más. Nunca había sentido aquella tentación, pero deseaba a aquel hombre. A aquel hombre divertido, sexy y tierno.
Despacio, con caricias lánguidas, exploraron sus bocas y la cordura se vio reemplazada por la necesidad, una necesidad imperiosa y primitiva.

—Fernando—susurró sin voz cuando él la besó en la frente.
—No podemos hacer esto aquí —dijo él, mirándola a los ojos—. ¿Quieres que volvamos al hotel?
Sabía lo que estaba haciendo, pretendía darle otra oportunidad para que cambiara de opinión, pero no lo dudó.
—Sí.
—De acuerdo.

Tomó su mano y juntos volvieron a entrar al hotel. Primero buscaron a Jamal y a su novia y después se despidieron de Megan y Tim y en un taxi, volvieron al hotel en el que estaban hospedados. De camino, Fernando volvió a besarla una y otra vez, unos besos lentos y profundos que la dejaron ardiendo, débil y preparada.
—Lucero, me estás volviendo loco —dijo él con voz áspera y cuando ella le apretó con los brazos, gimió en su boca. 

Lucero sabía bien cómo se sentía, porque Fernando sabía como debía saber el mismísimo paraíso, el mismísimo pecado.

Llegaron al hotel tras un recorrido que fue toda una eternidad para Lucero. Sin decir nada, Fernando pagó el taxi y los dos atravesaron el vestíbulo. En el ascensor, siguió dándole la mano y sólo allí y durante un breve segundo, Lucero sintió dudas, pero se negó a escucharlas. Aquella noche con Fernando no significaría nada y ya se aseguraría ella de que no cambiase nada. Por una vez quería desbocarse, experimentar el fuego, la lujuria, la locura.

—¿Estás completamente segura? —le preguntó Fernando una vez más cuando ya estaban frente a la puerta de la habitación de Lucero.
Ella se sonrió.
—¿Es que no aceptas un sí como respuesta?
Para convencerlo, abrió la puerta y tiró de él para hacerlo entrar.

Aquella iba a ser su noche, el momento elegido para ser la clase de mujer que nunca se había permitido ser hasta aquel momento.
Cuando Fernando volvió a besarla, ladeó la cabeza para saborearlo mejor y acarició con la lengua su labio inferior. Y cuando él respondió, la necesidad la empujó con una urgencia inusitada.

—Hazme el amor, Fernando —le susurró.
Él sonrió.
—Será un placer.

Fernando no podía recordar la última vez en que el deseo le había atacado de aquel modo. Lucero lo volvía loco. Frenético. Quería tomarla allí mismo, en aquel preciso instante. Contra la puerta. Con todas sus fuerzas. Después en la cama, despacio y con suavidad. De todas las formas posibles.
Pero no podía hacerlo hasta no estar seguro de que ella comprendía que aquel frenesí iba a conducirles solo al sexo. Nada de promesas. Nada de ramos de flores ni de anillos de compromiso.
La miró a los ojos, pero no encontró en ellos duda alguna. Aun así, intentó inyectar algo de cordura a la situación.

—Lucero, tienes que entender que yo no quiero una relación seria, ni un matrimonio. No puedo prometerte nada —respiró hondo—. No puedo ofrecerte nada y quiero que me digas por última vez que lo comprendes.

Esperó con impaciencia su respuesta, preparándose para su reacción, consciente de que corría el riesgo de que le dijera que había cambiado de opinión. Pero no iba a aprovecharse de ella. Si Lucero quería practicar el sexo con él aquella noche, tendría que ser consciente de que respondería sólo a una necesidad física.

—No había pensado pedirte que te casaras conmigo —contestó ella con una sonrisa—, a menos que tengas la sensación de que me estoy aprovechando de ti.
Él se rió.
—Cuento con ello.
La risa de ella fue más un suspiro.
—Bien, porque eso es precisamente lo que pretendo hacer. Sin embargo —dijo, acariciando su hombro—, tengo que reconocer que el sexo nunca ha conseguido hacerme olvidar mi nombre, aunque me gusta la idea —con un solo dedo, recorrió la línea de sus labios—. Me gusta mucho. ¿Crees que podrás cumplir esa promesa?
Fernando no había estado tan seguro de algo en toda su vida.
—Desde luego.

Ella sonrió y se puso de puntillas para besarlo. Fernando la abrazó contra su cuerpo para que se diera cuenta de lo que le excitaba y cuando ella se frotó contra él, un gemido se le escapó de los labios.
Con la sangre volándole por las venas, se rindió a la necesidad de acariciarla. Primero la curva de su espalda, luego la de una cadera. La suavidad de un pecho. La dureza de un pezón por encima del vestido. Lucero separó su boca, con esfuerzo puesto que él no quería y tomó su mano.
—La cama está por aquí.
—Me alegro de que tú lo sepas, porque he perdido el sentido de la dirección —contestó él.
Riendo, Lucero apagó la luz.
—De eso nada —contestó él, impidiéndoselo—. Quiero verte.

Quería ver su cuerpo desnudo, mirarla a los ojos cuando la penetrara, poder contemplar su rostro cuando alcanzara el clímax. No podía recordar si alguna vez había sentido lo mismo por alguna otra mujer, pero se negó a analizar aquellas emociones. Aquel no era el momento de pensar en otra cosa que no fuese su placer mutuo.

Por una décima de segundo, vio indecisión en sus ojos.
—No soy tan guapa como las mujeres a las que tú estás acostumbrado.
—No. Eres mucho más hermosa. Tanto que no puedo explicarte cuánto te deseo.

Fue a besarla de nuevo, pero ella lo detuvo con una mano en el pecho. Lo estudió con intensidad y lo que viera en sus ojos pareció convencerla de que estaba siendo sincero.
Luego se separó un par de pasos.
—Hace mucho tiempo que tengo un sueño —dijo, sonriendo—. ¿Te interesan los sueños, Fernando?
Estaba completamente seguro de que el corazón se le había parado durante unos instantes.
—Estoy dispuesto para cualquier cosa. Esta noche va a ser perfecta para ti, cariño.
—Bien.
Respiró hondo y se bajó la cremallera del vestido, que cayó a sus pies.
—Ahora, tú.

Sus palabras fueron apenas un susurro en el silencio de la habitación.
Fernando sintió que el deseo le palpitaba con fuerza al mirarla. Su sujetador y sus braguitas eran de un diseño conservador, pero negros. A él siempre le había encantado la ropa interior negra y aunque tenía prisa, la dejó hacerlo a su manera. Quería que aquella noche satisfaciera todos sus sueños. Y por su parte, estaba decidido a saborear cada segundo, cada caricia, cada suspiro.
Se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla sin apartar la mirada de Lucero. Estaba tan hermosa, tan perfecta que las manos le temblaron al desabrocharse la camisa. Al final, consiguió deshacerse de ella y la dejó junto a la chaqueta. Cuando volvió a mirar a Lucero, la encontró con la atención puesta en su pecho. Dio un paso corto hacia él y se detuvo.
Lucero lo miró por fin a los ojos.

—Siento… siento mirarte así. Es que eres tan… eres tan…
Él se rió. A pesar de no haber estado tan excitado en toda su vida, no pudo resistirse al deseo de bromear.
—¿Increíble? ¿Fenomenal? ¿Sobrecogedor?
Su sonrisa fue pura picardía.
—Sí a las tres cosas —contestó y señaló con un gesto sus pantalones—. Aún estás en tu turno.
—¿Eres siempre tan mandona? —se quejó mientras se desabrochaba los pantalones. Ansioso por terminar con aquel juego, se quitó los zapatos y los calcetines al tiempo que el pantalón y se quedó delante de ella en calzoncillos—. ¿Los recuerdas?

Lucero tardó un instante en contestar. Parecía estar totalmente concentrada en aquellos calzoncillos negros con pequeños labios rojos.
—¿Te los has puesto para mí?
—Sí.
Su sonrisa fue muy dulce.
—Gracias.
—Puede que no pienses lo mismo cuando te diga que espero que te pongas ese camisón blanco en algún momento de esta noche, porque pienso quitártelo después con los dientes.

Lucero enrojeció, pero en lugar de parecer avergonzada, parecía excitada.
Fernando estudió el sujetador que cubría por completo sus pechos. No estaba seguro de cuánto más iba a poder aguantar. Estaba ardiendo como un volcán.

—Ahora estoy completamente seguro de que te toca a ti —dijo él, la voz áspera por la necesidad.
—Sí —musitó ella.

Cuando echó los brazos hacia atrás para desabrocharse el sujetador, Fernando contuvo la respiración. Era evidente por la pequeña torpeza de sus movimientos que nunca había sido tan abierta con el sexo como aquella noche y el hecho de que confiara tanto en él como para atreverse a explorar aquella fantasía con él le hizo sentirse humilde.

Por fin, con una agónica lentitud, se desabrochó el sujetador y dejó caer los tirantes y lo miró a los ojos antes de quitárselo del todo. Por un segundo, vio incertidumbre en sus ojos cafés. Luego, lo dejó caer al suelo.
Fernando no pretendía mirar tan abiertamente, pero no pudo evitarlo. Era tan… perfecta. Unos pechos redondos y firmes, de pezones rosados que pedían a gritos que una lengua los acariciara. Gimió.

—Ese gemido, ¿es bueno o es malo? —preguntó ella.
Fernando sonrió.
—Significa que he debido morirme e ir al cielo.
Ella sonrió tímidamente, complacida y Fernando se dio cuenta que no podía seguir negando que aquella mujer le llegaba muy adentro. Por supuesto que sentía algo por Lucero. Le gustaba y la respetaba, pero eso era todo. Aun así, pretendía pasarse toda la noche demostrándole lo deseable que era.

Quería acelerar aquel espectáculo visual, así que se quitó los calzoncillos y se acercó a ella.
—¿Es cosa mía, o hace mucho calor aquí dentro? —le preguntó, rodeando su cintura.
—Hace muchísimo calor.

Murmurando una disculpa, le quitó las braguitas y estando ya los dos desnudos, deslizó una mano entre sus muslos. Estaba caliente, húmeda y esperándole y cuando introdujo un dedo en su vagina, vio cómo sus ojos se oscurecían de deseo.

—Ya no quiero jugar más. Ha llegado el momento de que nos pongamos serios —dijo y ahogó su boca en un apasionado beso.

lunes, 19 de agosto de 2013

Capítulo 6

Fernando estaba sentado en el salón de su madre, revisando el montón de facturas que le había dado. Eran bastantes, pero podía pagarlas. Al menos, en aquella ocasión.

Aun así, si la agencia no despegaba pronto, tendría que considerar la posibilidad de buscarse otro trabajo si quería seguir corriendo con los gastos de su madre y de su hermana.
E iba a seguir haciéndolo.

Se lo debía a su madre. Nicole Olivares había trabajado día y noche para cuidar de él y de su hermana, Katia, tras la muerte de su padre. Era una mujer de una enorme fortaleza. Incluso a aquellas alturas de su vida, padeciendo los dolores de una artritis, seguía trabajando. Era siempre la primera en colaborar en la iglesia y a ella acudían todas sus amigas cuando necesitaban ayuda.
Había aprendido mucho de ella mientras crecía. El valor del trabajo duro, la importancia de la familia y cómo levantarse estando caído. Pero sobre todo, había aprendido a perseguir sus sueños. Nicole creía firmemente en los suyos.
Y él, en cuanto la edad se lo había permitido, había ayudado a mantener su casa en un intento de conseguir que sus sueños se hicieran realidad. A los trece años, se ganaba unas monedas haciendo recados para los vecinos. A los catorce, les cortaba el césped. A los dieciséis, se buscó un trabajo como acomodador en el cine local, que desempeñaba después de salir del colegio. La carrera la había estudiado con beca y trabajando a tiempo parcial. Y por fin en los últimos años había conseguido dinero suficiente para proporcionar bienestar a los suyos.

Pagar las facturas era más fácil cuando trabajaba para Markland y Jacobs. Trabajando para ellos ganaba mucho más que lo que Lucero y él podían permitirse por el momento.
Pero a la larga, todo cambiaría si Lucero y él eran capaces de poner definitivamente en marcha la agencia.

—Siento que haya tantas facturas, hijo —dijo su madre, acomodándose en la mecedora que había frente a él—. Es que todo está tan caro… sobre todo la Seguridad Social.
—No te preocupes, mamá —le aseguró, guardándose las facturas en el bolsillo de la chaqueta—. Puedo pagarlas.
—Estoy segura de que podría conseguir algún trabajo de limpieza si es necesario.
Fernando respondió tajante.
—De eso, nada. Puedo pagar. La agencia va bien.
Su mamá entrelazó las manos y lo miró fijamente.
—¿Me estás diciendo la verdad, jovencito?

Fernando se rió ante aquel intento de hacerle parecer de nuevo un niño de cuatro años.
—¿Es que te he mentido alguna vez?
Entonces fue ella quien se rió.
—No querrás de verdad que te conteste a eso, ¿no?
—Mejor, no.

Se recostó en el respaldo del sofá y observó a su madre. Tenía buen aspecto. Parecía relajada y feliz y se alegraba de haber podido contribuir a ello.

—¿Has hablado últimamente con Katia? —preguntó él.
Nicole elevó la mirada al cielo.
—Es tan mala como tú. Este semestre tiene un montón de asignaturas para acabar lo antes posible la carrera y ponerse a ganar dinero por su trabajo.
—¿Necesita algo?
—Supongo que te refieres a dinero, ¿no? Pues no le vendría mal —por un momento lo miró en silencio, llena de orgullo—. ¿Cómo he podido tener un hijo como tú?
—No lo sé. Supongo que estabas en el sitio equivocado en el momento equivocado.
Nicole se rió.
—Supongo —se levantó y le dio un sonoro beso en la frente—. Eres el mejor hijo que una madre puede tener —dijo, poniendo una mano en su mejilla.
—Gracias. Espera, que voy a pulirme la orla de santo.
Su madre volvió a la mecedora.
—En serio, Fer, eres un buen hombre. Tan bueno que sólo voy a decirte una vez en toda la noche que deberías buscarte una mujer especial y casarte con ella.
—Te agradezco que sólo vayas a decírmelo una vez —contestó—. Mañana por la mañana ingresaré dinero en la cuenta de Katia.
—Me ha dicho que podría conseguir un trabajo para que no tengas que mandarle tanto dinero. Yo creo que es una buena idea.
—No —Fernando no admitía discusión en ese tema. Había prometido pagarle a su hermana la universidad e iba a hacerlo así—. No podría concentrarse en sus estudios si tiene que trabajar. Ya me preocuparé yo del dinero.
Su madre le dedicó una sonrisa tan dulce que le llegó al corazón.
—Y yo me preocupo por ti, cariño. Es demasiada responsabilidad y sé que te está pesando. Pareces cansado.
Su comentario lo agarró desprevenido.
—No estoy cansado.
Su madre ladeó la cabeza.
—Sí que lo estás. ¿Es que duermes poco últimamente?

Sí, pero no por el trabajo, sino porque pasaba demasiado tiempo pensando en Lucero.

—Es que he estado de viaje —le dijo—. Primero en Dallas, luego en Madison. Salimos para Charleston dentro de un par de días.
—No es eso —su madre entornó los ojos para estudiarlo más de cerca—. Algo te preocupa, lo sé.
Fernando gimió.
—Lo único que me preocupa es que te guste hacer de adivinadora. Estoy bien, mamá.

Era difícil que se le escapara algo a su madre. De niño, pocas veces había podido ocultarle algo.
—Estoy bien, de verdad —insistió—. Cuéntame lo del libro nuevo de himnos de la iglesia.
—Ha sido un buen intento, pero no creas que te vas a librar de mí tan fácilmente. Será mejor que me cuentes lo que te ronda por la cabeza. Lo averiguaré más tarde o más temprano, así que…

Fernando bajó la cabeza.

¿Cuántas veces le había oído decir aquella frase? Miles, seguramente.
Y tenía razón. Siempre conseguía saberlo todo. Pero no en aquella ocasión.
—No tendrás problemas con Lucero, ¿verdad?
—No, ninguno —mintió. 

La atracción que sentía por Lucero lo estaba volviendo loco. Cada dos por tres, se encontraba pensando en ella, pero ya encontraría el modo de solucionarlo.

Nicole asintió, pero Fernando estaba seguro de que no le había creído.
—Ya. Y ese chico que encontraron en Texas… ¿cómo se llamaba?
—Tyler Roberts.
—Eso. ¿Va a trabajar para ustedes?

Sus ojos, tan cafés como los de Fernando, lo estudiaban fijamente.

—Sí. Y también el chico de Madison, Alex Dumas. La campaña tiene una pinta estupenda —le dedicó la mejor de sus sonrisas—. ¿Ves, mamá? No hay problema.
—Está bien. Lo haremos a tu manera. No me cuentes lo que está pasando. Ya lo averiguaré yo —contestó con una sonrisa demasiado dulce—. Veamos: ¿qué es lo que ya sé hasta ahora?
—Vamos, mamá —protestó Fernando, pero ella no le hizo caso.
—Estabas bien antes del viaje a Dallas, pero desde que volviste, estás como distraído. Supongo entonces que debe tratarse de algo que ocurrió allí. Lucero y tú iban solos. ¿Discutieron?
—No. Y estás malgastando el tiempo, mamá. No me pasa nada.
Pero ella siguió adelante.
—¿Has sabido algo de Antonio?
Fernando suspiró, consciente de que el interrogatorio podía durar toda la noche.
—El que Antonio se haya marchado no nos ha planteado ningún problema, así que deja de preocuparte. Pero no, no hemos sabido nada de él. No parece tener intención de volver, pero Lucero y yo lo estamos haciendo bien solos.

Eso era cierto. Unas semanas antes, le habría parecido imposible, pero trabajaban bien juntos. Ahora lo único que tenía que encontrar era el modo de atenuar la profunda atracción que había entre ellos.

Por el momento, nada de lo que había intentado había funcionado y el viaje a Madison sólo había atizado la atracción entre ellos. Incluso había llegado a enfadarse cuando Lucero había sido tan 'amable' con Alex para convencerlo. Desde luego, era un chico estupendo, guapo, voluntario para la comunidad. ¿Cómo no iba a gustarle?
Pero él no había podido evitar sentir celos. ¿Él, celoso de un niño de veintiún años?
Increíble.

—¿Estás seguro de que Lucero y tú no tienen ningún problema?
Fernando parpadeó varias veces.
—Sí. Nos llevamos de maravilla.
—Eso está bien —dijo su madre, aunque su expresión era pensativa—. Me gustaría conocerla. Me recuerda mucho a ti. Siempre hace lo correcto.
Fernando miró a su madre con los ojos muy abiertos.
—Te equivocas de lado a lado. Lucero no se parece nada a mí. Es una mujer inflexible, remilgada y…
«Y besa de maravilla».
—Es completamente distinta a mí —concluyó.
Su madre sonrió.
—¿Ah, sí? Las diferencias son precisamente lo que le da chispa a la vida.

No le gustaba nada la forma en que lo estaba mirando su madre. Tenía que ponerle freno a todo aquello antes de que se le ocurriera algo descabellado.

—No sigas, mamá.
Nicole sonrió.
—Lo único que digo es que estoy segura de que Lucero y tú harían una pareja estupenda.
Fernando frunció el ceño.
—Lucero y yo somos socios. Eso es todo.
La mirada de su madre fue de absoluta inocencia, pero Fernando no se lo tragó ni por un instante.
—Claro, cariño. ¿Qué otra cosa iba a ser?



—Estas fotos de Alex son geniales —dijo Carla al entrar en el despacho de Lucero a la mañana siguiente—. Está de muerte. Tan bien como Tyler.

Lucero apartó la mirada del ordenador y miró las fotos. Carla tenía razón. Alex estaba genial. Iba a vender un montón de colonia. ¿Qué mujer no se enamoraría de él?
—Desde luego está guapísimo —dijo. En unas cuantas instantáneas aparecía vestido con vaqueros y una camiseta y en otras, con esmoquin. Era muy fotogénico.
—¡Ay! —suspiró Carla teatralmente—. Hace palpitar mi corazón.

Ojalá su corazón palpitase también por él, o por cualquier otro hombre, del mismo modo que palpitaba cuando Fernando estaba cerca. Bastaba con que dijera "Hola" para que en su cuerpo se declarase un incendio.
¡Qué deprimente!

Dejó las fotos sobre la mesa y miró a Carla. Más joven que ella, era una chica alta y delgada, morena y con el pelo hasta los hombros, era guapa, abierta e inteligente.

—Estas fotos van a funcionar de maravilla —le dijo—. ¿Algo más?
Carla se sentó frente a ella.
—Perdona que te lo pregunte, pero ¿estás bien? Pareces distraída últimamente.
Carla le caía bien. Muy bien. Desde el principio se habían llevado muy bien, pero no podía hablar con ella de lo que de verdad la preocupaba. No sería apropiado, así que decidió mentir.
—Estoy bien.
—Sí ya. Un montón de gente de esta oficina está bien últimamente. Ayer mismo, Fernando le dijo a Celeste que estaba bien.
Lucero frunció el ceño.
—No sabía que a Fernando le pasara algo.
Carla se encogió de hombros.
—Dice que está bien, pero parece distraído, igual que tú. Pero los demás nos hemos dado cuenta de que parecen evitarse cuando están en la oficina.

¿Que los empleados se habían dado cuenta de que evitaba a Fernando? Aquello empezaba a complicarse.

—No nos evitamos. Lo que pasa es que tenemos mucho trabajo y con tanto viaje, no hay quien se ponga al día con el papeleo de la oficina.
Carla se inclinó hacia delante, preocupada.
—Es que Helena, Celeste y yo, no podemos evitar preguntarnos si las cosas van bien con el negocio. Con la marcha de Antonio, sé que necesitamos que la campaña de Amante funcione. ¿Es que tiene problemas la empresa? ¿Es por eso por lo que Fernando y tú están tan tensos?
No se esperaba algo así, así que se apresuró a tranquilizarla.
—Todo va bien en la empresa. Genial, diría yo. Esta semana nos han llamado dos empresas más para ver si podemos montarles campañas. Vamos a tener un montón de trabajo.
Carla parecía aliviada.
—Me alegro.
—Pero también tienes que saber, que una vez hayamos terminado con Amante, Fernando va a comprar mi parte. La publicidad no está en mi línea de trabajo, pero estoy segura de ustedes podrán quedarse.

Lucero esperaba que Carla se sorprendiera al menos, pero se limitó a asentir.
—Sé que el campo de la publicidad no es el tuyo, así que no te culpo por querer dejarlo. Eh… ¿tú crees de verdad que Fernando nos mantendrá aquí a los demás?
—Seguro —contestó, contenta con que Carla quisiera quedarse.

Fernando ya tendría bastantes problemas sin tener que ocuparse de contratar personal nuevo.

Carla se levantó mucho más relajada.
—Se lo comunicaré a la tropa. Gracias, Lucero, por contárnoslo —dio un par de pasos hacia la puerta y se detuvo—. ¿Sabes? Cuando conocí a Fernando creí que iba a ser como Toño. Un tipo guapo, encantador, pero del que no te podías fiar. Y no es así en absoluto. Es un hombre muy responsable y me gusta trabajar para él. Es un buen jefe.
 
Y salió. Lucero intentó volver a concentrarse en el trabajo, pero no lo consiguió.
No podía dejar de pensar en lo que le había dicho Carla. Fernando era, en verdad, un gran jefe.
Se ocupaba de que todos sus empleados se sintieran apreciados y como en casa.
Pero Carla también había mencionado algo que Lucero no podía ignorar.
Fernando y ella no podían seguir evitándose. Durante el tiempo que siguiera en la empresa tendrían que mejorar su relación laboral. Los dos eran adultos, así que bien podrían dejar a un lado aquella molesta atracción y concentrarse en el trabajo.

Suspirando, se levantó y salió del despacho en busca de Fernando. No le hacía ninguna gracia tener aquella conversación con él, pero aquel momento no era el mejor para tener a los empleados distraídos. Todo el mundo tenía que estar concentrado en la campaña de Amante.

La puerta del despacho de Fernando estaba abierta, como siempre, así que llamó con los nudillos y él inmediatamente levantó la cabeza.

—¿Tienes un minuto? —preguntó, entrando en el despacho y cerrando la puerta a su espalda.
—Claro.
Se acercó a la mesa sin tener muy claro cómo empezar aquella conversación.
—Estás trabajando mucho desde que volvimos de Madison.
—Tú también —contestó e hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta cerrada—. ¿Qué pasa?
—Carla estuvo en mi despacho hace un par de minutos. Se han dado cuenta de que nos evitamos y están preocupados porque pueda haber problemas con la agencia.
—Supongo que tú les habrás asegurado que no es así.
Parecía tan tranquilo y complaciente, se acercó un poco más.
—Sí, pero creo que tenía razón en algo, tenemos que dejar de evitarnos.
Él se frotó la sien izquierda.
—Lucero yo no te estoy evitando. Lo que pasa es que tengo mucho trabajo.
La verdad es que parecía muy cansado y sin pararse a pensar, bordeó la mesa.
—¿Qué haces? —preguntó él al verla tan cerca.
¿Qué hacía? Buena pregunta.
—Pues… pensaba darte un masaje —dijo lacónicamente. ¿Pero cómo podía habérsele ocurrido algo así?—. Olvídalo.
—Sí, mejor. Creo que nos irá mucho mejor si no nos tocamos ninguna parte del cuerpo, ¿no te parece?
Rápidamente se retiró al otro lado de la mesa, sintiéndose enrojecer.
—Tienes razón. Lo siento.
—Entonces, ¿era eso de lo que querías hablarme? ¿De que deje de evitarte?

Su tono no revelaba nada en particular, pero había algo en su mirada que sí. Algo salvaje. Algo masculino. Y Lucero sintió un cosquilleo por la piel.

—Creo que sería bueno que los empleados nos viesen juntos —dijo con dificultad.
Despacio, como a cámara lenta, Fernando sonrió.
—Claro, Lucero. No hay problema. Si quieres, puedo ser tu sombra. Incluso puedo entrar al baño de las chicas. No es que con eso vayamos a conseguir que los empleados dejen de hablar de nosotros, pero al menos tendrán otra cosa de lo que preocuparse.

Cuando la miró a los ojos, ella se quedó pegada a su mirada. La conexión entre ambos era fuerte y se hacía más fuerte a cada día que pasaba. Aún tenían cuatro viajes más por hacer y Lucero no estaba segura de que sus nervios pudieran resistirlo.

—¿Lo tienes todo preparado para mañana en Charleston? —preguntó él sin dejar de mirarla.
—Sí. Ojalá encontremos a alguien tan fotogénico como Alex. Sus fotografías son magníficas. ¿Te las ha enseñado Carla?
Los ojos de Fernando se oscurecieron de pronto.
—Sí —contestó y parpadeó varias veces—. Son muy buenas. Las mujeres harán cola a la puerta de la agencia para intentar ver a Tyler y a Alex. Una campaña muy buena, Lucero.
Su cumplido la tomó desprevenida y la complació sobremanera.
—Gracias.
Él se levantó.
—No pretendo ser grosero, pero es que tengo un montón de cosas que hacer antes de mañana, además de empezar a ejercer de tu sombra. Voy a acompañarte al despacho y de camino, nos pasaremos por la mesa de todo el mundo para asegurarnos de que me vean pegado a ti.

Lucero no pudo evitar sonreír.
—Estás como una cabra, ¿lo sabías?

Se acercó a ella y tomó su brazo y al sonreír, unas pequeñas arrugas se dibujaron en torno a sus preciosos ojos cafés. Lucero se quedó sin respiración. Por un momento incluso creyó que iba a besarla, pero no lo hizo. Y se dijo a sí misma que se alegraba de que no lo hubiera hecho.

—Te acompaño al despacho. Necesito trabajar.
Ella asintió como ausente.
—¿Te he dicho que tengo un posible candidato a «Amante» en Charleston?
—Eso sí que es algo que no suelen decirme las mujeres.

Ella sonrió, lo cual no era fácil teniéndole agarrada del brazo, porque lo que deseaba era que la tocara más, mucho más. No sólo el brazo. Pero ese pensamiento sólo podía conducir al desastre.

—Mi compañera de habitación en la universidad, Megan Bryant, nos va a recibir en el albergue para animales que llevan su marido y ella. Dice que hay un voluntario trabajando allí que sería perfecto. Estudia veterinaria y Megan dice que es muy dulce y muy guapo.
—Cualquiera diría que tu amiga está enamorada de ese hombre.
—Imposible. Lleva diez años casada con su novio del instituto y su matrimonio es uno de esos verdaderamente felices. Le dije que pasaríamos mañana por el albergue antes de entrar en el hotel.

Como sin darse cuenta, Fernando acarició su brazo y Lucero retuvo el aliento. ¡Cómo lo deseaba! Con más fuerza de voluntad de la que creía poseer, se separó de él.

—Me parece muy bien. A lo mejor en esta ocasión acabamos antes que en las otras. No me vendría mal disponer de un poco más de tiempo. Estoy intentando encontrar financiación o un inversor.
Lucero iba a salir de su despacho, pero aquellas palabras le pegaron los pies al suelo.
—¿Ya estás buscando a alguien para que se quede con mi parte?
—Esas cosas llevan su tiempo. Si quieres dejar la agencia cuando terminemos con la campaña de Amante, tengo que localizar ya a los inversores.

Sabía que tenía razón. Tardaría un tiempo en encontrar a la persona o al grupo de personas adecuadas para comprar su parte en el negocio, pero le producía una sensación rara saber que dentro de nada dejaría de formar parte de la vida de Fernando.
Aun así, era lo que había que hacer. Ella no pintaba nada en una agencia de publicidad.
Aunque hubiese dado la casualidad de haber tenido un par de ideas buenas para aquella campaña, su formación no tenía nada que ver con la publicidad.

—Espero que tengas suerte —le dijo y antes de que pudiera añadir nada más, Helena lo llamó por el interfono.
—Tienes una llamada en la línea uno. Es Blanca Collins.

Si la memoria no le fallaba, Blanca y Fernando habían sido pareja hacía un par de años. Precisamente cuando salía con ella, Antonio le había dicho que Fernando estaba con una de las mujeres más ricas de Chicago.

—Blanca y su padre invierten en negocios pequeños, así que la he llamado para ver si están interesados en D&S.
A ella no le cabía la menor duda de que Blanca Collins estaría interesada en D&S, concretamente en uno de sus propietarios.
—Por lo que deduzco, rompieron de una forma muy amigable —le dijo, intentando olvidar los celos que sentía. Blanca Collins era guapa e inteligente. La clase de mujer perfecta para Fernando.
—Así fue. Ella quería matrimonio y yo no.
—¿Está casada ahora?
—No entres ahí, Lucero —le advirtió frunciendo el ceño—. A ella no le interesa volver, sino el negocio.
—Si tú lo dices…

Y que fuera él quien la tachara de inocente… Apostaba un seno a que Blanca albergaba la esperanza de avivar el fuego entre los dos. Pero ese no era su problema. Fernando no era de su propiedad. Si quería ponerse en contacto con una antigua novia para pedirle dinero, ella no tenía nada que decir. Además, estaría fuera de la agencia para cuando Blanca y su padre quisieran entrar.

Y si no tenía nada que ver con ella, ¿por qué tenía la sensación de que el estómago se le había subido a la garganta? Miró a Fernando, que la observaba sorprendido.
—Tengo que atender la llamada, Lucero. ¿Hemos terminado?

Desde luego. Habían terminado.



—Jamal está aquí. No he querido decirle nada sobre su campaña, pero yo creo que puede ser el hombre perfecto —dijo Megan Bryant mientras los acompañaba por un pasillo lleno de jaulas. 

Fernando siguió a Lucero y a Megan, pero no tenía la cabeza puesta en aquel viaje.
Lo de Lucero se le estaba escapando de las manos. El día anterior había empezado a tener dudas sobre si debía o no pedirles fondos a Blanca y a su padre, lo cual era una estupidez. El padre de Blanca era un tipo estupendo que no interferiría en nada y le permitiría llevar la agencia como mejor le pareciera.
Pero no había hablado de ello con Blanca simplemente por cómo lo había mirado Lucero.
Aquella mirada de niña herida le había hecho sentirse culpable y había hablado a Blanca de la agencia y le había preguntado si alguna de sus compañías estaría interesada en una campaña publicitaria. Un par de ellas habían resultado estarlo, con lo cual había concertado dos entrevistas con posibles clientes, pero no le había hablado del capital.

—Estos gatitos son tan preciosos —dijo Lucero al pasar por una de las jaulas.

Fernando se detuvo a su lado. Eran cinco y no dejaban de maullar y de subirse los unos encima de los otros. Uno de los más pequeños se detuvo y lo miró directamente a los ojos. Sintió un escalofrío.

—¿Mantienes por tiempo indefinido a los animales? —preguntó y Megan y Lucero se volvieron a mirarlo.
—Por ahora sí —contestó Megan, una pelirroja muy vivaracha—.Y si nuestra fiesta de mañana para recaudar fondos sale bien, podremos seguir así. Pero mantener un lugar como éste cuesta mucho dinero, así que nos pasamos la mayor parte del tiempo solicitando ayuda.
—¿Vas a organizar una fiesta para recaudar fondos? —preguntó Lucero.
Megan asintió.
—Sí. Una gran fiesta, en el hotel Ward. Esperamos sacar un montón de dinero —miró a Lucero, luego a Fernando y después sonrió—. Tengo una idea. ¿Por qué no vienen los dos? Habrá comida, baile y pocos discursos. Anímense. A Tim le encantará conocerte, Fernando.

Él miró a Lucero. Personalmente podría aducir cientos de razones para no prolongar la estancia en Charleston si Jamal funcionaba, pero Megan era amiga de Lucero y seguramente a ella le gustaría aprovechar la oportunidad y quedarse allí un par de días más.

—No sé —contestó Lucero, mirando brevemente a Fernando.
—¡Vamos, chicos! —los animó—. Aunque Jamal diga que sí, ¿no necesitarán algo de tiempo para el papeleo?

Aquella fiesta era muy importante para la amiga de Lucero y tenía razón, habría bastantes detalles de los que ocuparse con Jamal que justificarían otro día de estancia en la ciudad y decidió ponérselo fácil a Lucero.

—¿Por qué no nos quedamos, Lucero? No nos vendría mal tener un día de descanso.
Lucero lo miró preocupada.
—No estoy segura.
—No pasará nada —le aseguró él. A aquellas alturas ya debía saber que no iba a volver a intentar nada con ella. El beso había sido algo de una sola vez. Era historia. Y para convencerla de ello, hizo lo único que se le ocurrió, la miró juntando los ojos en la nariz.

Ella se echó a reír.
—De acuerdo. Nos quedamos.
—Bien.
Megan los condujo a la parte de atrás del albergue, donde se encontraron con un joven que entrenaba a un grupo de perros.
—Jamal Thomas, quiero presentarte a mis amigos Lucero Hogaza y su socio, Fernando Colunga —dijo Meg.
Una mirada bastó. Lucero sonrió a Fernando con aire triunfal y él estuvo de acuerdo. Si Jamal Thomas quería hacer los anuncios, habían encontrado a su tercer «Amante».
—Megan me había dicho que venían de visita —les dijo Jamal sonriendo—. Me alegro de conocerlos.
Fernando le estrechó la mano.
—Yo también me alegro de conocerte, pero Lucero y yo tenemos otro motivo para estar aquí, aparte de la visita. ¿Tienes un minuto?
Jamal asintió, sorprendido.
—Claro.
Fernando y Lucero le hablaron de la campaña. Jamal hizo unas cuantas preguntas, pero decididamente parecía interesado. Puesto que Megan y Lucero eran amigas, no tuvo demasiadas dudas. En treinta minutos, habían tratado todos los detalles preliminares.
—Estaremos en contacto —le dijo Fernando, estrechando su mano—. Te vas a divertir.
Jamal sonrió.
—Sí. Supongo que eso de verse en revistas y vallas publicitarias debe tener su aquel. Gracias por ofrecérmelo.
—Gracias a ti por decir que sí.

Cuando Lucero y Fernando se marchaban ya, Megan dijo:
—Siento no poder cenar con ustedes esta noche, pero Tim y yo hemos quedado con sus padres.
Lucero abrazó a su amiga.
—No te preocupes, que ya nos entretendremos solos. No sé como darte las gracias por haber encontrado a Jamal. Va a salir genial.
—Ya sabes, cuando quieras encontrar jóvenes guapos, no tienes más que decírmelo. Puede que a Tim no le haga demasiada gracia, pero en fin… estoy dispuesta a sacrificarme por una amiga.
Lucero se rió.
—Gracias.
Megan le guiñó un ojo.
—Aunque, a decir verdad, me parece que tú ya te has buscado sola un hombre guapo.

Aquel comentario sorprendió a Fernando. Era obvio que había notado la tensión que había entre ellos, pero se había equivocado en la causa.
Lucero lo miró brevemente y luego se volvió a su amiga.
—No es eso, Megan.
Para evitarle a Lucero un momento comprometido, se alejó. Había una jaula cerca de la puerta principal que llamó su atención y miró dentro. Cuatro cachorros marrones y negros estaban jugando, tan llenos de vida y energía que era imposible no sonreír.
Una de las cosas que no le gustaban de vivir en un piso era que no podía tener perro.
Miró a Lucero y como vio que seguían enfrascadas en una conversación que sin duda tenía que ver con él, se agachó junto a la jaula y acarició a los perritos.

—¡Aja! Un hombre al que le gustan los perros. Lo sabía —dijo Megan, acercándose a él—. Supongo que no querrás adoptar a toda la camada.
Fernando deseó poder decir que sí. Cuando era niño, lo habría dado todo por poder tener un perro. Pero las mascotas costaban dinero y eso era algo de lo que andaban escasos.
—Ojalá pudiera —contestó—. Para empezar, vivo en Chicago y no aquí. Además, el edificio en el que vivo no admite animales domésticos. De todos modos, viajo tanto que un perro se sentiría muy solo conmigo.
Lucero se acercó y su expresión dulce la hizo mirar hacia otro lado.
—No sabía que te gustaran los perros —le dijo.

¡Demonios…! Estaba claro que acababa de ganarse puntos con ella por el hecho de que le gustasen los animales. Tenía que esforzarse en mantener las distancias.

—No me gustan todos los perros —dijo, esperando deshacer parte del daño—. De hecho, hay montones de perros que no me gustan. Los perros que están de moda. Cualquiera al que se le puedan poner lazos.
Por el rabillo del ojo, vio a Megan mirándolos.
—Oye, Fernando —dijo Megan—. A lo mejor, cuando vuelvas a Chicago, podrías buscarte otro sitio para vivir. Alguno en el que puedas tener perros. O mejor aún, una casa que tenga jardín. Es la clase de sitio que necesitas.
—Puede —contestó. ¿Adónde querría ir a parar?
La expresión de Megan no se podría describir con palabras cuando se volteó hacia Lucero.
—¿Sabes quién tiene una casa? Pues aquí, Lucero —sonrió—. Y si la memoria no me falla, su casa tiene un jardín enorme. El lugar perfecto para un hombre y su perro.

Lucero y Fernando se tensaron ante el comentario de Megan. Lucero se limitó a sonreír.