Aun así, si la agencia no despegaba pronto, tendría que considerar la posibilidad de buscarse otro trabajo si quería seguir corriendo con los gastos de su madre y de su hermana.
E iba a seguir haciéndolo.
Se lo debía a su madre. Nicole Olivares había trabajado día y noche para cuidar de él y de su hermana, Katia, tras la muerte de su padre. Era una mujer de una enorme fortaleza. Incluso a aquellas alturas de su vida, padeciendo los dolores de una artritis, seguía trabajando. Era siempre la primera en colaborar en la iglesia y a ella acudían todas sus amigas cuando necesitaban ayuda.
Había aprendido mucho de ella mientras crecía. El valor del trabajo duro, la importancia de la familia y cómo levantarse estando caído. Pero sobre todo, había aprendido a perseguir sus sueños. Nicole creía firmemente en los suyos.
Y él, en cuanto la edad se lo había permitido, había ayudado a mantener su casa en un intento de conseguir que sus sueños se hicieran realidad. A los trece años, se ganaba unas monedas haciendo recados para los vecinos. A los catorce, les cortaba el césped. A los dieciséis, se buscó un trabajo como acomodador en el cine local, que desempeñaba después de salir del colegio. La carrera la había estudiado con beca y trabajando a tiempo parcial. Y por fin en los últimos años había conseguido dinero suficiente para proporcionar bienestar a los suyos.
Pagar las facturas era más fácil cuando trabajaba para Markland y Jacobs. Trabajando para ellos ganaba mucho más que lo que Lucero y él podían permitirse por el momento.
Pero a la larga, todo cambiaría si Lucero y él eran capaces de poner definitivamente en marcha la agencia.
—Siento que haya tantas facturas, hijo —dijo su madre, acomodándose en la mecedora que había frente a él—. Es que todo está tan caro… sobre todo la Seguridad Social.
—No te preocupes, mamá —le aseguró, guardándose las facturas en el bolsillo de la chaqueta—. Puedo pagarlas.
—Estoy segura de que podría conseguir algún trabajo de limpieza si es necesario.
Fernando respondió tajante.
—De eso, nada. Puedo pagar. La agencia va bien.
Su mamá entrelazó las manos y lo miró fijamente.
—¿Me estás diciendo la verdad, jovencito?
Fernando se rió ante aquel intento de hacerle parecer de nuevo un niño de cuatro años.
—¿Es que te he mentido alguna vez?
Entonces fue ella quien se rió.
—No querrás de verdad que te conteste a eso, ¿no?
—Mejor, no.
Se recostó en el respaldo del sofá y observó a su madre. Tenía buen aspecto. Parecía relajada y feliz y se alegraba de haber podido contribuir a ello.
—¿Has hablado últimamente con Katia? —preguntó él.
Nicole elevó la mirada al cielo.
—Es tan mala como tú. Este semestre tiene un montón de asignaturas para acabar lo antes posible la carrera y ponerse a ganar dinero por su trabajo.
—¿Necesita algo?
—Supongo que te refieres a dinero, ¿no? Pues no le vendría mal —por un momento lo miró en silencio, llena de orgullo—. ¿Cómo he podido tener un hijo como tú?
—No lo sé. Supongo que estabas en el sitio equivocado en el momento equivocado.
Nicole se rió.
—Supongo —se levantó y le dio un sonoro beso en la frente—. Eres el mejor hijo que una madre puede tener —dijo, poniendo una mano en su mejilla.
—Gracias. Espera, que voy a pulirme la orla de santo.
Su madre volvió a la mecedora.
—En serio, Fer, eres un buen hombre. Tan bueno que sólo voy a decirte una vez en toda la noche que deberías buscarte una mujer especial y casarte con ella.
—Te agradezco que sólo vayas a decírmelo una vez —contestó—. Mañana por la mañana ingresaré dinero en la cuenta de Katia.
—Me ha dicho que podría conseguir un trabajo para que no tengas que mandarle tanto dinero. Yo creo que es una buena idea.
—No —Fernando no admitía discusión en ese tema. Había prometido pagarle a su hermana la universidad e iba a hacerlo así—. No podría concentrarse en sus estudios si tiene que trabajar. Ya me preocuparé yo del dinero.
Su madre le dedicó una sonrisa tan dulce que le llegó al corazón.
—Y yo me preocupo por ti, cariño. Es demasiada responsabilidad y sé que te está pesando. Pareces cansado.
Su comentario lo agarró desprevenido.
—No estoy cansado.
Su madre ladeó la cabeza.
—Sí que lo estás. ¿Es que duermes poco últimamente?
Sí, pero no por el trabajo, sino porque pasaba demasiado tiempo pensando en Lucero.
—Es que he estado de viaje —le dijo—. Primero en Dallas, luego en Madison. Salimos para Charleston dentro de un par de días.
—No es eso —su madre entornó los ojos para estudiarlo más de cerca—. Algo te preocupa, lo sé.
Fernando gimió.
—Lo único que me preocupa es que te guste hacer de adivinadora. Estoy bien, mamá.
Era difícil que se le escapara algo a su madre. De niño, pocas veces había podido ocultarle algo.
—Estoy bien, de verdad —insistió—. Cuéntame lo del libro nuevo de himnos de la iglesia.
—Ha sido un buen intento, pero no creas que te vas a librar de mí tan fácilmente. Será mejor que me cuentes lo que te ronda por la cabeza. Lo averiguaré más tarde o más temprano, así que…
Fernando bajó la cabeza.
¿Cuántas veces le había oído decir aquella frase? Miles, seguramente.
Y tenía razón. Siempre conseguía saberlo todo. Pero no en aquella ocasión.
—No tendrás problemas con Lucero, ¿verdad?
—No, ninguno —mintió.
La atracción que sentía por Lucero lo estaba volviendo loco. Cada dos por tres, se encontraba pensando en ella, pero ya encontraría el modo de solucionarlo.
Nicole asintió, pero Fernando estaba seguro de que no le había creído.
—Ya. Y ese chico que encontraron en Texas… ¿cómo se llamaba?
—Tyler Roberts.
—Eso. ¿Va a trabajar para ustedes?
Sus ojos, tan cafés como los de Fernando, lo estudiaban fijamente.
—Sí. Y también el chico de Madison, Alex Dumas. La campaña tiene una pinta estupenda —le dedicó la mejor de sus sonrisas—. ¿Ves, mamá? No hay problema.
—Está bien. Lo haremos a tu manera. No me cuentes lo que está pasando. Ya lo averiguaré yo —contestó con una sonrisa demasiado dulce—. Veamos: ¿qué es lo que ya sé hasta ahora?
—Vamos, mamá —protestó Fernando, pero ella no le hizo caso.
—Estabas bien antes del viaje a Dallas, pero desde que volviste, estás como distraído. Supongo entonces que debe tratarse de algo que ocurrió allí. Lucero y tú iban solos. ¿Discutieron?
—No. Y estás malgastando el tiempo, mamá. No me pasa nada.
Pero ella siguió adelante.
—¿Has sabido algo de Antonio?
Fernando suspiró, consciente de que el interrogatorio podía durar toda la noche.
—El que Antonio se haya marchado no nos ha planteado ningún problema, así que deja de preocuparte. Pero no, no hemos sabido nada de él. No parece tener intención de volver, pero Lucero y yo lo estamos haciendo bien solos.
Eso era cierto. Unas semanas antes, le habría parecido imposible, pero trabajaban bien juntos. Ahora lo único que tenía que encontrar era el modo de atenuar la profunda atracción que había entre ellos.
Por el momento, nada de lo que había intentado había funcionado y el viaje a Madison sólo había atizado la atracción entre ellos. Incluso había llegado a enfadarse cuando Lucero había sido tan 'amable' con Alex para convencerlo. Desde luego, era un chico estupendo, guapo, voluntario para la comunidad. ¿Cómo no iba a gustarle?
Pero él no había podido evitar sentir celos. ¿Él, celoso de un niño de veintiún años?
Increíble.
—¿Estás seguro de que Lucero y tú no tienen ningún problema?
Fernando parpadeó varias veces.
—Sí. Nos llevamos de maravilla.
—Eso está bien —dijo su madre, aunque su expresión era pensativa—. Me gustaría conocerla. Me recuerda mucho a ti. Siempre hace lo correcto.
Fernando miró a su madre con los ojos muy abiertos.
—Te equivocas de lado a lado. Lucero no se parece nada a mí. Es una mujer inflexible, remilgada y…
«Y besa de maravilla».
—Es completamente distinta a mí —concluyó.
Su madre sonrió.
—¿Ah, sí? Las diferencias son precisamente lo que le da chispa a la vida.
No le gustaba nada la forma en que lo estaba mirando su madre. Tenía que ponerle freno a todo aquello antes de que se le ocurriera algo descabellado.
—No sigas, mamá.
Nicole sonrió.
—Lo único que digo es que estoy segura de que Lucero y tú harían una pareja estupenda.
Fernando frunció el ceño.
—Lucero y yo somos socios. Eso es todo.
La mirada de su madre fue de absoluta inocencia, pero Fernando no se lo tragó ni por un instante.
—Claro, cariño. ¿Qué otra cosa iba a ser?
—Estas fotos de Alex son geniales —dijo Carla al entrar en el despacho de Lucero a la mañana siguiente—. Está de muerte. Tan bien como Tyler.
Lucero apartó la mirada del ordenador y miró las fotos. Carla tenía razón. Alex estaba genial. Iba a vender un montón de colonia. ¿Qué mujer no se enamoraría de él?
—Desde luego está guapísimo —dijo. En unas cuantas instantáneas aparecía vestido con vaqueros y una camiseta y en otras, con esmoquin. Era muy fotogénico.
—¡Ay! —suspiró Carla teatralmente—. Hace palpitar mi corazón.
Ojalá su corazón palpitase también por él, o por cualquier otro hombre, del mismo modo que palpitaba cuando Fernando estaba cerca. Bastaba con que dijera "Hola" para que en su cuerpo se declarase un incendio.
¡Qué deprimente!
Dejó las fotos sobre la mesa y miró a Carla. Más joven que ella, era una chica alta y delgada, morena y con el pelo hasta los hombros, era guapa, abierta e inteligente.
—Estas fotos van a funcionar de maravilla —le dijo—. ¿Algo más?
Carla se sentó frente a ella.
—Perdona que te lo pregunte, pero ¿estás bien? Pareces distraída últimamente.
Carla le caía bien. Muy bien. Desde el principio se habían llevado muy bien, pero no podía hablar con ella de lo que de verdad la preocupaba. No sería apropiado, así que decidió mentir.
—Estoy bien.
—Sí ya. Un montón de gente de esta oficina está bien últimamente. Ayer mismo, Fernando le dijo a Celeste que estaba bien.
Lucero frunció el ceño.
—No sabía que a Fernando le pasara algo.
Carla se encogió de hombros.
—Dice que está bien, pero parece distraído, igual que tú. Pero los demás nos hemos dado cuenta de que parecen evitarse cuando están en la oficina.
¿Que los empleados se habían dado cuenta de que evitaba a Fernando? Aquello empezaba a complicarse.
—No nos evitamos. Lo que pasa es que tenemos mucho trabajo y con tanto viaje, no hay quien se ponga al día con el papeleo de la oficina.
Carla se inclinó hacia delante, preocupada.
—Es que Helena, Celeste y yo, no podemos evitar preguntarnos si las cosas van bien con el negocio. Con la marcha de Antonio, sé que necesitamos que la campaña de Amante funcione. ¿Es que tiene problemas la empresa? ¿Es por eso por lo que Fernando y tú están tan tensos?
No se esperaba algo así, así que se apresuró a tranquilizarla.
—Todo va bien en la empresa. Genial, diría yo. Esta semana nos han llamado dos empresas más para ver si podemos montarles campañas. Vamos a tener un montón de trabajo.
Carla parecía aliviada.
—Me alegro.
—Pero también tienes que saber, que una vez hayamos terminado con Amante, Fernando va a comprar mi parte. La publicidad no está en mi línea de trabajo, pero estoy segura de ustedes podrán quedarse.
Lucero esperaba que Carla se sorprendiera al menos, pero se limitó a asentir.
—Sé que el campo de la publicidad no es el tuyo, así que no te culpo por querer dejarlo. Eh… ¿tú crees de verdad que Fernando nos mantendrá aquí a los demás?
—Seguro —contestó, contenta con que Carla quisiera quedarse.
Fernando ya tendría bastantes problemas sin tener que ocuparse de contratar personal nuevo.
Carla se levantó mucho más relajada.
—Se lo comunicaré a la tropa. Gracias, Lucero, por contárnoslo —dio un par de pasos hacia la puerta y se detuvo—. ¿Sabes? Cuando conocí a Fernando creí que iba a ser como Toño. Un tipo guapo, encantador, pero del que no te podías fiar. Y no es así en absoluto. Es un hombre muy responsable y me gusta trabajar para él. Es un buen jefe.
Y salió. Lucero intentó volver a concentrarse en el trabajo, pero no lo consiguió.
No podía dejar de pensar en lo que le había dicho Carla. Fernando era, en verdad, un gran jefe.
Se ocupaba de que todos sus empleados se sintieran apreciados y como en casa.
Pero Carla también había mencionado algo que Lucero no podía ignorar.
Fernando y ella no podían seguir evitándose. Durante el tiempo que siguiera en la empresa tendrían que mejorar su relación laboral. Los dos eran adultos, así que bien podrían dejar a un lado aquella molesta atracción y concentrarse en el trabajo.
Suspirando, se levantó y salió del despacho en busca de Fernando. No le hacía ninguna gracia tener aquella conversación con él, pero aquel momento no era el mejor para tener a los empleados distraídos. Todo el mundo tenía que estar concentrado en la campaña de Amante.
La puerta del despacho de Fernando estaba abierta, como siempre, así que llamó con los nudillos y él inmediatamente levantó la cabeza.
—¿Tienes un minuto? —preguntó, entrando en el despacho y cerrando la puerta a su espalda.
—Claro.
Se acercó a la mesa sin tener muy claro cómo empezar aquella conversación.
—Estás trabajando mucho desde que volvimos de Madison.
—Tú también —contestó e hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta cerrada—. ¿Qué pasa?
—Carla estuvo en mi despacho hace un par de minutos. Se han dado cuenta de que nos evitamos y están preocupados porque pueda haber problemas con la agencia.
—Supongo que tú les habrás asegurado que no es así.
Parecía tan tranquilo y complaciente, se acercó un poco más.
—Sí, pero creo que tenía razón en algo, tenemos que dejar de evitarnos.
Él se frotó la sien izquierda.
—Lucero yo no te estoy evitando. Lo que pasa es que tengo mucho trabajo.
La verdad es que parecía muy cansado y sin pararse a pensar, bordeó la mesa.
—¿Qué haces? —preguntó él al verla tan cerca.
¿Qué hacía? Buena pregunta.
—Pues… pensaba darte un masaje —dijo lacónicamente. ¿Pero cómo podía habérsele ocurrido algo así?—. Olvídalo.
—Sí, mejor. Creo que nos irá mucho mejor si no nos tocamos ninguna parte del cuerpo, ¿no te parece?
Rápidamente se retiró al otro lado de la mesa, sintiéndose enrojecer.
—Tienes razón. Lo siento.
—Entonces, ¿era eso de lo que querías hablarme? ¿De que deje de evitarte?
Su tono no revelaba nada en particular, pero había algo en su mirada que sí. Algo salvaje. Algo masculino. Y Lucero sintió un cosquilleo por la piel.
—Creo que sería bueno que los empleados nos viesen juntos —dijo con dificultad.
Despacio, como a cámara lenta, Fernando sonrió.
—Claro, Lucero. No hay problema. Si quieres, puedo ser tu sombra. Incluso puedo entrar al baño de las chicas. No es que con eso vayamos a conseguir que los empleados dejen de hablar de nosotros, pero al menos tendrán otra cosa de lo que preocuparse.
Cuando la miró a los ojos, ella se quedó pegada a su mirada. La conexión entre ambos era fuerte y se hacía más fuerte a cada día que pasaba. Aún tenían cuatro viajes más por hacer y Lucero no estaba segura de que sus nervios pudieran resistirlo.
—¿Lo tienes todo preparado para mañana en Charleston? —preguntó él sin dejar de mirarla.
—Sí. Ojalá encontremos a alguien tan fotogénico como Alex. Sus fotografías son magníficas. ¿Te las ha enseñado Carla?
Los ojos de Fernando se oscurecieron de pronto.
—Sí —contestó y parpadeó varias veces—. Son muy buenas. Las mujeres harán cola a la puerta de la agencia para intentar ver a Tyler y a Alex. Una campaña muy buena, Lucero.
Su cumplido la tomó desprevenida y la complació sobremanera.
—Gracias.
Él se levantó.
—No pretendo ser grosero, pero es que tengo un montón de cosas que hacer antes de mañana, además de empezar a ejercer de tu sombra. Voy a acompañarte al despacho y de camino, nos pasaremos por la mesa de todo el mundo para asegurarnos de que me vean pegado a ti.
Lucero no pudo evitar sonreír.
—Estás como una cabra, ¿lo sabías?
Se acercó a ella y tomó su brazo y al sonreír, unas pequeñas arrugas se dibujaron en torno a sus preciosos ojos cafés. Lucero se quedó sin respiración. Por un momento incluso creyó que iba a besarla, pero no lo hizo. Y se dijo a sí misma que se alegraba de que no lo hubiera hecho.
—Te acompaño al despacho. Necesito trabajar.
Ella asintió como ausente.
—¿Te he dicho que tengo un posible candidato a «Amante» en Charleston?
—Eso sí que es algo que no suelen decirme las mujeres.
Ella sonrió, lo cual no era fácil teniéndole agarrada del brazo, porque lo que deseaba era que la tocara más, mucho más. No sólo el brazo. Pero ese pensamiento sólo podía conducir al desastre.
—Mi compañera de habitación en la universidad, Megan Bryant, nos va a recibir en el albergue para animales que llevan su marido y ella. Dice que hay un voluntario trabajando allí que sería perfecto. Estudia veterinaria y Megan dice que es muy dulce y muy guapo.
—Cualquiera diría que tu amiga está enamorada de ese hombre.
—Imposible. Lleva diez años casada con su novio del instituto y su matrimonio es uno de esos verdaderamente felices. Le dije que pasaríamos mañana por el albergue antes de entrar en el hotel.
Como sin darse cuenta, Fernando acarició su brazo y Lucero retuvo el aliento. ¡Cómo lo deseaba! Con más fuerza de voluntad de la que creía poseer, se separó de él.
—Me parece muy bien. A lo mejor en esta ocasión acabamos antes que en las otras. No me vendría mal disponer de un poco más de tiempo. Estoy intentando encontrar financiación o un inversor.
Lucero iba a salir de su despacho, pero aquellas palabras le pegaron los pies al suelo.
—¿Ya estás buscando a alguien para que se quede con mi parte?
—Esas cosas llevan su tiempo. Si quieres dejar la agencia cuando terminemos con la campaña de Amante, tengo que localizar ya a los inversores.
Sabía que tenía razón. Tardaría un tiempo en encontrar a la persona o al grupo de personas adecuadas para comprar su parte en el negocio, pero le producía una sensación rara saber que dentro de nada dejaría de formar parte de la vida de Fernando.
Aun así, era lo que había que hacer. Ella no pintaba nada en una agencia de publicidad.
Aunque hubiese dado la casualidad de haber tenido un par de ideas buenas para aquella campaña, su formación no tenía nada que ver con la publicidad.
—Espero que tengas suerte —le dijo y antes de que pudiera añadir nada más, Helena lo llamó por el interfono.
—Tienes una llamada en la línea uno. Es Blanca Collins.
Si la memoria no le fallaba, Blanca y Fernando habían sido pareja hacía un par de años. Precisamente cuando salía con ella, Antonio le había dicho que Fernando estaba con una de las mujeres más ricas de Chicago.
—Blanca y su padre invierten en negocios pequeños, así que la he llamado para ver si están interesados en D&S.
A ella no le cabía la menor duda de que Blanca Collins estaría interesada en D&S, concretamente en uno de sus propietarios.
—Por lo que deduzco, rompieron de una forma muy amigable —le dijo, intentando olvidar los celos que sentía. Blanca Collins era guapa e inteligente. La clase de mujer perfecta para Fernando.
—Así fue. Ella quería matrimonio y yo no.
—¿Está casada ahora?
—No entres ahí, Lucero —le advirtió frunciendo el ceño—. A ella no le interesa volver, sino el negocio.
—Si tú lo dices…
Y que fuera él quien la tachara de inocente… Apostaba un seno a que Blanca albergaba la esperanza de avivar el fuego entre los dos. Pero ese no era su problema. Fernando no era de su propiedad. Si quería ponerse en contacto con una antigua novia para pedirle dinero, ella no tenía nada que decir. Además, estaría fuera de la agencia para cuando Blanca y su padre quisieran entrar.
Y si no tenía nada que ver con ella, ¿por qué tenía la sensación de que el estómago se le había subido a la garganta? Miró a Fernando, que la observaba sorprendido.
—Tengo que atender la llamada, Lucero. ¿Hemos terminado?
Desde luego. Habían terminado.
—Jamal está aquí. No he querido decirle nada sobre su campaña, pero yo creo que puede ser el hombre perfecto —dijo Megan Bryant mientras los acompañaba por un pasillo lleno de jaulas.
Fernando siguió a Lucero y a Megan, pero no tenía la cabeza puesta en aquel viaje.
Lo de Lucero se le estaba escapando de las manos. El día anterior había empezado a tener dudas sobre si debía o no pedirles fondos a Blanca y a su padre, lo cual era una estupidez. El padre de Blanca era un tipo estupendo que no interferiría en nada y le permitiría llevar la agencia como mejor le pareciera.
Pero no había hablado de ello con Blanca simplemente por cómo lo había mirado Lucero.
Aquella mirada de niña herida le había hecho sentirse culpable y había hablado a Blanca de la agencia y le había preguntado si alguna de sus compañías estaría interesada en una campaña publicitaria. Un par de ellas habían resultado estarlo, con lo cual había concertado dos entrevistas con posibles clientes, pero no le había hablado del capital.
—Estos gatitos son tan preciosos —dijo Lucero al pasar por una de las jaulas.
Fernando se detuvo a su lado. Eran cinco y no dejaban de maullar y de subirse los unos encima de los otros. Uno de los más pequeños se detuvo y lo miró directamente a los ojos. Sintió un escalofrío.
—¿Mantienes por tiempo indefinido a los animales? —preguntó y Megan y Lucero se volvieron a mirarlo.
—Por ahora sí —contestó Megan, una pelirroja muy vivaracha—.Y si nuestra fiesta de mañana para recaudar fondos sale bien, podremos seguir así. Pero mantener un lugar como éste cuesta mucho dinero, así que nos pasamos la mayor parte del tiempo solicitando ayuda.
—¿Vas a organizar una fiesta para recaudar fondos? —preguntó Lucero.
Megan asintió.
—Sí. Una gran fiesta, en el hotel Ward. Esperamos sacar un montón de dinero —miró a Lucero, luego a Fernando y después sonrió—. Tengo una idea. ¿Por qué no vienen los dos? Habrá comida, baile y pocos discursos. Anímense. A Tim le encantará conocerte, Fernando.
Él miró a Lucero. Personalmente podría aducir cientos de razones para no prolongar la estancia en Charleston si Jamal funcionaba, pero Megan era amiga de Lucero y seguramente a ella le gustaría aprovechar la oportunidad y quedarse allí un par de días más.
—No sé —contestó Lucero, mirando brevemente a Fernando.
—¡Vamos, chicos! —los animó—. Aunque Jamal diga que sí, ¿no necesitarán algo de tiempo para el papeleo?
Aquella fiesta era muy importante para la amiga de Lucero y tenía razón, habría bastantes detalles de los que ocuparse con Jamal que justificarían otro día de estancia en la ciudad y decidió ponérselo fácil a Lucero.
—¿Por qué no nos quedamos, Lucero? No nos vendría mal tener un día de descanso.
Lucero lo miró preocupada.
—No estoy segura.
—No pasará nada —le aseguró él. A aquellas alturas ya debía saber que no iba a volver a intentar nada con ella. El beso había sido algo de una sola vez. Era historia. Y para convencerla de ello, hizo lo único que se le ocurrió, la miró juntando los ojos en la nariz.
Ella se echó a reír.
—De acuerdo. Nos quedamos.
—Bien.
Megan los condujo a la parte de atrás del albergue, donde se encontraron con un joven que entrenaba a un grupo de perros.
—Jamal Thomas, quiero presentarte a mis amigos Lucero Hogaza y su socio, Fernando Colunga —dijo Meg.
Una mirada bastó. Lucero sonrió a Fernando con aire triunfal y él estuvo de acuerdo. Si Jamal Thomas quería hacer los anuncios, habían encontrado a su tercer «Amante».
—Megan me había dicho que venían de visita —les dijo Jamal sonriendo—. Me alegro de conocerlos.
Fernando le estrechó la mano.
—Yo también me alegro de conocerte, pero Lucero y yo tenemos otro motivo para estar aquí, aparte de la visita. ¿Tienes un minuto?
Jamal asintió, sorprendido.
—Claro.
Fernando y Lucero le hablaron de la campaña. Jamal hizo unas cuantas preguntas, pero decididamente parecía interesado. Puesto que Megan y Lucero eran amigas, no tuvo demasiadas dudas. En treinta minutos, habían tratado todos los detalles preliminares.
—Estaremos en contacto —le dijo Fernando, estrechando su mano—. Te vas a divertir.
Jamal sonrió.
—Sí. Supongo que eso de verse en revistas y vallas publicitarias debe tener su aquel. Gracias por ofrecérmelo.
—Gracias a ti por decir que sí.
Cuando Lucero y Fernando se marchaban ya, Megan dijo:
—Siento no poder cenar con ustedes esta noche, pero Tim y yo hemos quedado con sus padres.
Lucero abrazó a su amiga.
—No te preocupes, que ya nos entretendremos solos. No sé como darte las gracias por haber encontrado a Jamal. Va a salir genial.
—Ya sabes, cuando quieras encontrar jóvenes guapos, no tienes más que decírmelo. Puede que a Tim no le haga demasiada gracia, pero en fin… estoy dispuesta a sacrificarme por una amiga.
Lucero se rió.
—Gracias.
Megan le guiñó un ojo.
—Aunque, a decir verdad, me parece que tú ya te has buscado sola un hombre guapo.
Aquel comentario sorprendió a Fernando. Era obvio que había notado la tensión que había entre ellos, pero se había equivocado en la causa.
Lucero lo miró brevemente y luego se volvió a su amiga.
—No es eso, Megan.
Para evitarle a Lucero un momento comprometido, se alejó. Había una jaula cerca de la puerta principal que llamó su atención y miró dentro. Cuatro cachorros marrones y negros estaban jugando, tan llenos de vida y energía que era imposible no sonreír.
Una de las cosas que no le gustaban de vivir en un piso era que no podía tener perro.
Miró a Lucero y como vio que seguían enfrascadas en una conversación que sin duda tenía que ver con él, se agachó junto a la jaula y acarició a los perritos.
—¡Aja! Un hombre al que le gustan los perros. Lo sabía —dijo Megan, acercándose a él—. Supongo que no querrás adoptar a toda la camada.
Fernando deseó poder decir que sí. Cuando era niño, lo habría dado todo por poder tener un perro. Pero las mascotas costaban dinero y eso era algo de lo que andaban escasos.
—Ojalá pudiera —contestó—. Para empezar, vivo en Chicago y no aquí. Además, el edificio en el que vivo no admite animales domésticos. De todos modos, viajo tanto que un perro se sentiría muy solo conmigo.
Lucero se acercó y su expresión dulce la hizo mirar hacia otro lado.
—No sabía que te gustaran los perros —le dijo.
¡Demonios…! Estaba claro que acababa de ganarse puntos con ella por el hecho de que le gustasen los animales. Tenía que esforzarse en mantener las distancias.
—No me gustan todos los perros —dijo, esperando deshacer parte del daño—. De hecho, hay montones de perros que no me gustan. Los perros que están de moda. Cualquiera al que se le puedan poner lazos.
Por el rabillo del ojo, vio a Megan mirándolos.
—Oye, Fernando —dijo Megan—. A lo mejor, cuando vuelvas a Chicago, podrías buscarte otro sitio para vivir. Alguno en el que puedas tener perros. O mejor aún, una casa que tenga jardín. Es la clase de sitio que necesitas.
—Puede —contestó. ¿Adónde querría ir a parar?
La expresión de Megan no se podría describir con palabras cuando se volteó hacia Lucero.
—¿Sabes quién tiene una casa? Pues aquí, Lucero —sonrió—. Y si la memoria no me falla, su casa tiene un jardín enorme. El lugar perfecto para un hombre y su perro.
Lucero y Fernando se tensaron ante el comentario de Megan. Lucero se limitó a sonreír.
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