sábado, 7 de septiembre de 2013

El final.

—¿Qué quieres decir con que Fernando ya no trabaja aquí? —dijo Antonio por teléfono—. Me voy unos cuantos días y todo se desmorona. ¿Qué ha pasado, Lucero? ¿Es que habrán discutido? Creía que se llevaban bien. Bueno, algo más que bien, teniendo en cuenta que dormían juntos. De eso también tenemos que hablar.

Lucero se cambió el auricular de oído. Desde que Fernando se había marchado, se había pasado la mayor parte del tiempo intentando no pensar en él. Pero olvidarlo había resultado ser bastante difícil. Bueno, imposible. Hiciera lo que hiciera, por mucho que se esforzara, no podía dejar de pensar en él.
Ni de echarlo de menos. ¡Dios, cómo había llegado a extrañarlo!

—Yo no he tenido nada que ver en su marcha y por si no te has dado cuenta, llevas fuera meses, no días. Además, no tienes derecho a criticar mi modo de dirigir el negocio porque no estás aquí.
—Oye, Lu, yo no pretendía…
—Antonio, tú y yo tenemos que hablar. Si vamos a seguir siendo socios, no vas a poder dar media vuelta y largarte cada vez que se te dé la gana. O estás dentro, o estás fuera. En este momento yo te considero fuera.
—Así que me dejas al otro lado de la frontera, ¿eh?

No lo creía. No creía que su dulce hermanita fuese a plantarle cara. Pues se iba a llevar una buena sorpresa. Había aprendido mucho en las últimas semanas y había llegado a la conclusión de que si ella seguía permitiéndoselo, él seguiría aprovechándose de ella y eso tenía que acabar.

—Te propongo un trato. Vamos a firmar un acuerdo por el que si vuelves a largarte, todas tus acciones me pertenecerán.
—No pienso firmar algo así.
—Entonces venderé mis acciones y las de Christopher a otros inversores, que no te permitirán hacer lo que te dé la gana. Tú decides. Si quieres participar en esta empresa, tienes que prometer no volver a largarte más. Esto no es un juego, Antonio. Decídete.

La verdad es que no le importaba lo que fuese a decidir. Si se quedaba en la empresa, necesitaba que fuera de verdad. Si decidía marcharse ya encontraría a otros inversores con los que mantener a flote la empresa. En cualquier caso, manejarse sola era genial.

—Ya que no me dejas otra elección, firmaré —se resignó—. ¿Desde cuando te has vuelto tan imposible, Lucero?
—Desde que tú te marchaste de la empresa y nos dejaste a Fernando y a mí con el agua al cuello.

Ella no pretendía ser difícil, sino firme. Además, lo que estaba haciendo era bueno para la empresa y para él. No podía seguir huyendo de sus responsabilidades cada vez que le diera la gana.

—Es lo mejor, confía en mí. Tienes que crecer, Peter Pan, antes de que llegues a ser como papá.
—Vaya —se sorprendió su hermano—. Hoy no tienes pelos en la lengua. ¿Y ese malhumor tiene algo que ver con el hecho de que Fernando ya no trabaje ahí?
—No —replicó sin más. No quería hablar de Fernando con él.
—No te creo —contestó él con voz cantarina—. Pero si te sirve de consuelo te diré que estás mejor sin él. Era solo cuestión de tiempo que te rompiera el corazón. Fernando no es un hombre para compromisos en cuestión de mujeres y siento que hayas tenido que enterarte por la vía dura. Al menos no estabas enamorada de él —hubo una pausa de varios segundos—. Porque no lo estás, ¿verdad?
Lucero se incorporó en su silla.
—¿Sabes? Tienes una opinión muy pobre de tu mejor amigo.
—Soy realista.

En el fondo, Lucero sabía que Antonio se equivocaba. Fernando era un buen tipo. Un hombre estupendo. Un hombre que cuidaba de su familia.
Quizás el peso de la responsabilidad que llevaba años soportando lo hubiese vuelto un cínico en cuanto a los compromisos con otras personas, pero aun así seguía siendo el mejor hombre que había conocido.

—Resumiendo, Lucero. No te habrás enamorado de Fernando, ¿verdad? —insistió.
Lucero llegó a reírse.
—¿Tú que crees?
—¡Demonios…! ¿Quieres que le diga un par de cosas por ti?
—Claro que no. Eres un encanto de hermano cuando quieres… y sobre todo cuando no desapareces.
—Gracias a ti, mis días de desaparecer se me han terminado. Te prometo que me presentaré a trabajar el lunes por la mañana limpio como los chorros del oro. Estaré listo para que me puedas enseñar a los clientes y a los empleados.
—No hay muchos empleados aquí a los que impresionar. Solo Carla y Celeste. Helena ha tenido su bebé la semana pasada y espero que te alegres de saber que no se parece en nada a ti.
Antonio se echó a reír.
—Lo contrario habría sido un milagro.

Lucero se relajó, feliz por primera vez desde hacía mucho tiempo. No se había dado cuenta de lo mucho que había echado de menos el desenfado de su hermano.

—Tengo ganas de verte —le confesó—. Aunque no me merezcas como hermana, te quiero.
—Yo también te quiero, Lucero —hizo una pausa—. Y si te he hecho daño, lo siento. La verdad es que nunca me había parado a pensar que pudieran afectarte mis desapariciones. Cuando papá se iba, ni siquiera pestañeabas.
—Pero tú sabes hasta qué punto lo odiaba. Tus huidas son muy egoístas y estoy deseando que te quedes pegado como con pegamento a esta empresa.
—Haré todo lo que pueda —dijo y Lucero le creyó. Su hermano no era perfecto, pero en el fondo era un buen tipo.
—Cuando lo intentas, todo lo que puedes es mucho.
—Vale. Y ahora que has accedido a pasar página, ¿qué vas a hacer con Fernando? Si lo quieres, tienes que ir en su busca. No querrás pasarte el resto de la vida lamentándote de no haber hecho nada para ser feliz, ¿verdad?
—Claro que no.
—¿Sabe él que lo quieres?
Buena pregunta. Ella diría que sí, pero no podía estar segura. Nunca habían hablado de sus sentimientos.
—No se lo dije nunca con palabras, pero yo creo que sí —contestó.
—Eso no es suficiente. En cuanto llegue yo el martes, te plantas en su oficina y le dices lo que sientes. Así, si los dos llegan a la conclusión de que no pueden vivir el uno sin el otro y quieren salir volando a Las Vegas yo podré ocuparme de la empresa mientas los dos se divierten en la ciudad del pecado.
Lucero no pudo evitar reírse.
—Sí, claro. ¿Y si Fernando me dice que me vaya muy lejos?
—Entonces te demostraré lo adulto que puedo llegar a ser y me comeré contigo medio kilo de helado y te daré la mano mientras lloras.
¿De verdad tenía que hacer algo así? ¿Debía intentarlo de nuevo con Fernando?
¿Habría renunciado a él con demasiada facilidad? No estaba segura. Lo único que sabía con seguridad era que nunca se lo perdonaría si no lo intentaba.

Con la decisión tomada, le dijo a su hermano:
—Si el lunes por la mañana veo tu cara asomar en la oficina, lo haré. Hablaré con Fernando.
—Confía en mí, pequeña y no lo lamentarás.
Ojalá tuviera razón.




Fernando se quedó mirando a Debra por encima del mármol de su mesa. Tenía una expresión medio divertida, medio sorprendida.
—Me estás pidiendo mucho, Fernando. No me malinterpretes, porque en parte me encanta la idea. Pero es que es demasiado precipitada. No estoy segura de que podamos ponerla en marcha en tan poco tiempo.
—Debra, soy un experto en obrar pequeños milagros. Si dices que sí, podré hacerlo funcionar.
Debía pensar que estaba loco y quizás estuviera en lo cierto.
—¿Estás seguro de que no vas a terminar haciendo el ridículo? —le preguntó Debra, jugando con un bolígrafo sobre la mesa—. Yo soy tan romántica como cualquiera, pero se me ocurren un montón de razones por las que te puede salir mal.

Fernando sabía que tenía razón. Mil cosas podían salir mal y la primera podía ser que Lucero lo mandara de paseo. Pero tenía que intentarlo y después de haberla dejado plantada sin más, tenía que hacer un gesto importante que demostrara que era sincero y por eso estaba dispuesto a hacer el ridículo.

—La quiero, Debra y si me dices que no lo entenderé perfectamente, pero creo que a Amante le vendría bien la publicidad.
Debra lo miró pensativa y Fernando contuvo la respiración mientras esperaba su respuesta. No iba a hacer aquello por Amante, pero sabía que la colonia se llevaría una publicidad fantástica si su idea funcionaba.
Lo único que a él le importaba era Lucero. ¿Lo aceptaría? Y si no, ¿qué iba a hacer?
Mejor no pensar en eso.
—¿Es que los anuncios no han funcionado? —insistió—. ¿Es que las ventas no van como esperabas?
Ella enarcó una ceja de dibujo perfecto.
—Ya sabes que Amante es un éxito gracias a la campaña, así que no pretendas que te regale el oído. Mi única preocupación es el impacto que puede sufrir el perfume si ella te dice que no.
Debra tenía razón. Si la prensa se hacía conocedor de aquello y Lucero le decía que no, Amante no saldría favorecido.
—Es un riesgo —admitió. Necesitaba ser sincero con ella.
—¿Un riesgo que tú estás dispuesto a correr? —preguntó Debra.
—Sí.
—Ya. ¿Y qué opinan tus socios de Markland y Jacobs? Si las cosas salen mal, no repercutiría positivamente en su negocio.
Fernando se encogió de hombros.
—Ya he renunciado. Las cosas no estaban saliendo como yo creía que debían salir —se inclinó hacia delante en su silla, ansioso por conocer su decisión—. Necesito intentarlo. Puedo vivir con haberme equivocado, pero no sin haberme atrevido a intentarlo.
La expresión de Debra fue suavizándose poco a poco, hasta que al final se echó a reír.
—Está bien. Soy una dejada, pero qué le vamos a hacer. Lo hago sólo porque sé que te va a decir que sí; luego volverás a D&S y mi empresa estará en buenas manos.
—Lucero se está ocupando ya de tu empresa. Siempre has estado en buenas manos.
Ella sonrió.
—Sí, lo sé. Lucero ha resultado ser todo un talento para la publicidad. La semana pasada me reuní con ella y tenía unas ideas geniales —apoyó la barbilla en la palma de la mano y lo miró detenidamente—. Pero la verdad es que me gusta la idea de que vuelvan a trabajar los dos para mí. Esta campaña ha sido pura magia desde el principio y quién sabe lo que podrían encontrar los dos juntos.
—Exacto.
—Entonces, trato hecho. Esperemos que Amante se vea beneficiado con todo esto.
—Eso espero. Pero si ella me rechaza, podrás decir que los chicos que usan Amante son lo bastante valientes para ir tras lo que quieren en la vida.
Ella repiqueteó con sus uñas rojo sangre sobre el mármol de la mesa.
—Tienes razón. Eso también enviaría un mensaje muy positivo. Bueno, estoy dispuesta a ayudarte, Fernando. Esperemos que Lucero se dé cuenta de lo afortunada que es.
—Yo soy el afortunado, Debra —le dijo con toda sinceridad—. Lucero es la mujer que siempre he estado esperando.
Riendo, Debra descolgó el teléfono.
—Entonces, manos a la obra. ¿Quién soy yo para interponerme en el camino del amor verdadero?




—No lo vas creer —dijo Carla, entrando como una gacela en el despacho de Lucero el lunes por la mañana, poco después de las siete—. Es alucinante.

Lucero se frotó la frente. Ojalá desapareciera el dolor de cabeza. Llevaba en la oficina desde las cinco, intentando ponerse al día con el papeleo, pero en realidad había llegado pronto porque no podía dormir. Llevaba días sin dormir bien. Sólo sabía pensar en Fernando.
En cuanto Antonio llegara, se iría de cabeza al despacho de Fernando para decirle que lo quería, a pesar de que, en el fondo, estaba muerta de miedo.

—¿Qué es lo que no voy a creer? —le preguntó a Carla, recostándose en su silla—. ¿Que Toño ha vuelto? Ya lo sabía.
Carla sonrió.
—Ya está aquí. Está instalándose. Pero eso no es lo que te quería decir. ¿De verdad no lo has visto al venir hacia aquí esta mañana?
—He llegado a las cinco, así que todo estaba oscuro como la boca del lobo. ¿De qué se trata?
Carla sonrió aún más.
—¡Ah, no! No pienso decírtelo. Vas a tener que verlo por ti misma. Ven.
Y tiró de su mano, pero Lucero se negaba a salir del despacho.
—Carla, tengo muchísimo trabajo. Además, tengo que hablar con Antonio. ¿Es que no puedes esperar?

Lucero no quería ser grosera, pero aquella mañana era la peor del mundo para andar haciendo tonterías con ella y con Celeste. Tenía que preparar su encuentro con Fernando.

Antonio asomó la cabeza.
—¿Ya lo ha visto? —cuando Carla contestó que no con la cabeza, se volteó a ver a Lucero—. Hola, Lucero. Me alegro de verte. Vamos, sal a verlo.
Lucero suspiró resignación.
—Antonio, no tengo tiempo para tonterías. Además, tú y yo tenemos que hablar —él se limitó a sonreír, lo que hizo crecer la frustración de Lucero—. Ya sabes que tengo mucho que hacer esta mañana.
En lugar de parecer arrepentido, su sonrisa se hizo aún más brillante.
—Confía en mí, Lucerito. Tienes que ver esto.

Suspirando una vez más, Lucero se dio cuenta de que nadie iba a escucharla hasta que no les hiciera caso.

—Está bien. Enséñenme lo que sea que quieran que vea. Tengo que volver al trabajo.
Antonio y Carla se echaron a reír y cuando salieron al vestíbulo, Celeste los estaba esperando.
—Esto va a ser genial —dijo Carla.

Debían haber perdido la cabeza todos a la vez. Un comportamiento como aquel era propio de su hermano, pero no de Carla y Celeste. Aun así, salió con los tres a la calle y cuando Carla señaló una de las vallas publicitarias que había junto a un restaurante de comida rápida, Lucero gimió. ¿Para eso la habían hecho salir?
—La he visto al venir y no podía creérmelo —Carla estaba a punto de saltar—. ¿Quién iba a imaginarse que Fernando fuese a hacer algo así?

Lucero supo antes de mirar que aquella valla tenía uno de los anuncios de Amante. Herve había salido la semana anterior, así que levantó la mirada esperando verlo. Entonces fue cuando se dio cuenta.
Fernando. Era Fernando quien aparecía en el anuncio. En un anuncio de Amante.
Dio un par de pasos hacia la valla. Como en los demás anuncios, Fernando llevaba en la imagen de la izquierda unos vaqueros y una camiseta. Estaba guapísimo, pero a la derecha, aparecía en esmoquin y estaba como para causar infartos. Lucero sintió que se quedaba sin respiración.

El texto era el de todos los demás anuncios, pero en lo alto, en letras grandes, se leía:

"Un verdadero Amante sabe cuándo se ha equivocado." Y un poco más abajo, concluía: "Lucero, te quiero. ¿Quieres casarte conmigo?"

Las lágrimas le rodaron por las mejillas mientras contemplaba el anuncio. ¿Cómo había ocurrido algo así? ¿Cuándo habría decidido que la quería?
Miró a Antonio, que se acercó y le pasó un brazo por los hombros.
—Me parece que el muchacho ha recuperado por fin la cabeza. Ahora te toca a ti, Lucero. Ve por él.

Un plan excelente. Lucero lo besó sonoramente en la mejilla, se despidió de Carla y Celeste y subió a toda velocidad a su despacho con la intención de encontrar a Fernando. Con la necesidad de encontrarlo.
¡Dios del cielo! ¿De verdad querría casarse con ella?
Los dedos le temblaban al marcar el número de su despacho, pero la mujer que le contestó dijo que Fernando no estaba allí. Ya no se molestó en llamar a ningún sitio más. El instinto le dijo dónde encontrarlo. Recogió el bolso y las llaves y salió a toda prisa hacia el coche.
Hacia Fernando.

El tiempo que tardó en llegar a su apartamento le pareció una eternidad, lo mismo que el ascensor. Luego por fin, por fin, llegó ante su puerta.
Lucero llamó a la puerta con una tremenda tensión en su interior.
Aunque en el anuncio decía quererla y que deseaba casarse con ella, no podía evitar sentir ansiedad. Quería oírselo decir de viva voz.

Pasó un minuto y no abrió y preguntándose dónde podía estar, volvió a llamar a la puerta.
—Vamos, vamos, por favor… ábreme —murmuró, llamando por tercera vez. Estaba a punto de llamar por última vez cuando la puerta se abrió y se encontró frente a un pecho muy masculino y muy desnudo.
—Hola, Lucero —la saludó.
Iba a retirar la mano antes de que pudiera establecer contacto con su pecho, pero no lo hizo y con una leve sonrisa, se rindió a la tentación de acariciar toda aquella piel bronceada. Sin dejar de mirarlo, recorrió el camino de sus músculos hasta llegar a la cintura de sus vaqueros.
—Hola, Fernando.
—Me alegro de servirte de entretenimiento —dijo, riendo.
Lucero consiguió por fin apartar la mirada de su cuerpo y mirarlo a los ojos. Tenía el pelo revuelto, lo cual indicaba sin duda alguna que acababa de sacarlo de la cama.
—Te quiero —dijo sin más.
Fernando sonrió, tiró de ella y cerró la puerta.
—Yo también te quiero. ¿Estás aquí por lo que yo creo que estás aquí?
A pesar de lo mucho que deseaba echarse en sus brazos y decirle que sí, que se casaría con él, primero necesitaba comprender por qué había cambiado de opinión.
—Estoy aquí por el anuncio —le confirmó.
Necesitaba separarse un poco de él, así que entró y se sentó en una de las sillas de piel.
Igual que aquella mañana de unos cuantos meses atrás, Fernando se sentó en el sofá y le dedicó una de sus devastadoras sonrisas.
Lucero miró a su alrededor.
—¿Has tenido tiempo de recoger todos los sujetadores y las bragas antes de que yo llegara? —bromeó.
Fernando se rió.
—Pero puedes dejar los tuyos regados por la habitación cuando quieras.
Había una posibilidad de que eso llegara a ocurrir, pero antes, las preguntas.
—¿Por qué has hecho lo del anuncio? ¿Y cómo lo has hecho? Debra te va a matar.
—Debra me ha ayudado a hacerlo. Y en cuanto a por qué, es muy sencillo. Porque siento haber tardado tanto en comprenderlo todo. Llevo mucho tiempo enamorado de ti y necesitaba demostrarte mis sentimientos. Tenía miedo de que no me creyeras, porque no siempre me has creído, así que hablé con Debra, le expuse la idea y ella accedió a ayudarme.
—Me parece una idea maravillosa.
—Puede que no te lo parezca tanto cuando los periódicos y la tele decidan que somos unos románticos y quieran entrevistarnos.
El amor la llenó. No podía creer que fuese tan afortunada.
—No me importa. Yo también pienso que es muy romántico —entonces decidió hacerle la pregunta que realmente quería hacerle—. ¿Sientes de verdad todo lo que dice en el anuncio?
Fernando se levantó y fue junto a ella. Una vez allí, sonriendo, se puso de rodillas.
—Lucero Hogaza, te quiero. Te adoro. Te amo. No puedo imaginarme la vida sin ti. ¿Quieres casarte conmigo?
Lucero sintió que la respiración se le quedaba atascada en la garganta.
—Sí —fue todo lo que pudo decir.
Pero fue suficiente.



—¿Qué pensarán tu madre y tu hermana de que nos casemos? ¿Crees que les molestará? —preguntó Lucero mucho después. Estaba sentada en la cama de Fernando, la espalda apoyada en la cabecera, comiendo los huevos revueltos que habían preparado poco antes. Era tarde, más de las diez de la noche y aquella era su primera oportunidad de hablar.
Aquella mañana, cuando ella aceptó su declaración, él la había tomado en brazos para llevarla a la cama y le había hecho el amor durante horas.
Lucero se envolvió en la esponjosa bata de baño que le había dejado él y lo miró.
—Mi madre y Katia están encantadas —dijo él, tras terminar lo que le quedaba en el plato y dejarlo en la mesilla—. Conocían mi plan. De hecho, en gran parte fue idea de ellas. Mi madre en particular pensó desde un principio que era un imbécil por dejarte escapar.
—Me alegro, porque quiero que sean felices.
—Lucero, ¿eres consciente de que ellas siempre serán una parte importante de mi vida? Aun cuando estemos casados, querré seguir ayudándolas. Le prometí a Katia que le pagaría la carrera, aunque ha accedido a vivir en casa de mi madre mientras termina para reducir los gastos. También quiere buscarse un trabajo a tiempo parcial, pero con eso no podría pagarse las clases. Sigue necesitando mi ayuda.
—Por supuesto. Además, tengo el trabajo perfecto para ella. Helena sólo quiere trabajar media jornada cuando vuelva, así que Katia podría trabajar la otra media.
—Me parece perfecto, pero aun así los gastos de la universidad seguirán siendo altos.
—El dinero no será un problema, porque ganas una buena cantidad en tu trabajo nuevo.
La expresión de Fernando era de no haber roto un plato.
—Es que… verás yo antes pensaba que ser socio de Markland y Jacobs sería estupendo —tiró del cinturón de la bata de Lucero, pero no consiguió desatarlo—. Y lo cierto es que detesto ese trabajo.
—¿Por qué? —casi sin poder hablar, porque él había metido una mano por dentro de la bata.
—Te echaba de menos. Echaba de menos D&S.

Y siguió con su exploración. Pero Lucero quería respuestas, así que le dio unos golpecitos en el hombro.
—Un momento. No puedo concentrarme si sigues haciéndome eso.
Lucero se echó a reír. Era más feliz que nunca.
—Te advierto que no me gustaría pensar que eres capaz de hacer un balance de tu cuenta mientras te hago el amor.
—Imposible. Ni siquiera puedo coordinar mis pensamientos cuando me haces el amor —dejó el plato en la mesilla y pasó los dedos por el pelo de Fernando—. Así que echas de menos D&S, ¿eh? ¿Quieres recuperar tu trabajo anterior?
Fernando la besó.
—Sí.
—No he tenido oportunidad de decírtelo, pero Antonio ha vuelto.
—Genial —contestó, besándola en la frente.
—Y la buena noticia es que he encontrado tres clientes nuevos. Además, Carla, Celeste y yo hemos terminado la primera serie de anuncios para CPA.
—Estupendo —tiró de nuevo del cinturón hasta que consiguió desatarlo—. Y no necesitamos buscar financiación. Jeff Markland va a contratar nuestro trabajo.

Tras ayudarla a que se quitara la bata, se desprendió él de los calzoncillos que se había puesto para preparar la cena. Luego, desnudo, se volvió a meter en la cama y la abrazó.

—Cuánto te he echado de menos. Te quiero de verdad, Lucero. Jamás me había imaginado que llegaría a querer casarme y tener una familia, pero ahora lo deseo contigo. Lo eres todo para mí.
Lucero sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Yo también te quiero. No sé cómo decirte lo feliz que me has hecho.
Fernando sonrió con dulzura.
—Quiero pasarme el resto de la vida haciéndote feliz.
Y aquella vez su beso estuvo lleno de pasión, amor, promesas y sueños. Y cuando por fin se separaron, Lucero le dio un golpe suave con el codo. Ya estaba bien de hablar. Quería un poco de acción.
—Oye, "Amante", teniendo en cuenta lo enamorados que estamos el uno por el otro, ¿no crees que ya es hora de que vuelvas a hacerme el amor?
Fernando sonrió.
—Cariño, será un placer. Aquí te dejo un par de palabras. Si me las pongo en los ojos, me delatan. Si las guardo entre los labios, se me escapan. Aquí las dejo. En estas sábanas, en esta cama. Gracias por recordarle a mi alma que la orilla está en tu piel. Te lameré hasta que tu piel sea mi lenguaje.
—Hasta que no recordemos nuestros nombres.—dijo ella.

Y volvieron a amarse...sabiendo que serían felices el resto de sus vidas.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Capítulo 11.

Fernando se puso las gafas de sol y contempló el Atlántico. En Miami hacía calor, pero tan cerca del agua corría una brisa muy agradable. Se habían pasado la mayor parte de la tarde anterior y todo aquel día buscando candidatos para "Amante", pero a diferencia de lo ocurrido en Nueva Orleans y en Cleveland, aún no habían encontrado a nadie. Al final la suerte se puso de su lado cuando justo después de comer, encontraron a Herve Quintero, un joven que se ocupaba de adolescentes con problemas.

—No se me ocurre un sitio mejor que éste en el que finalizar la campaña de Amante —admitió Lucero, contemplando el mar con un suspiro—. Es el paraíso. Parece una postal.

Fernando tomó su mano y al entrelazar sus dedos se preguntó cuándo hablarían de lo evidente. Aquella tarde habían finalizado el encargo de Perfumes Desire. Quedaban unas cuantas fotos y unos cuantos detalles pendientes, pero ya tenían a sus seis candidatos.
¿Significaría eso que tenían que dar por concluida ya su aventura, o podían esperar un poco más?
El teléfono móvil sonó y contestó. Sin tan siquiera mirar el número, supo sin duda que se trataba de Jeff Markland, el hombre que había sido su jefe en Markland y Jacobs. Jeff lo había llamado tres veces durante la última semana para obtener siempre la misma respuesta de él: rechazo.
Fernando miró a Lucero, que parecía absorta en el escenario, pero la conocía bien y sabía que aun oyendo sólo una parte de la conversación, adivinaría rápidamente de quién se trataba. En un primer momento pensó en entrar en el hotel, pero luego decidió no hacerlo. Tenía que ser sincero con Lucero.
Jeff no perdió el tiempo y rápidamente se lanzó a enumerarle las razones por las que creía que debía volver.

Luego, de haber terminado, Fernando le contestó.
—Jeff, te lo agradezco mucho, pero creo que no…
—Espera un segundo, Fernando. No he terminado. Nos gustó mucho tu campaña para Neat and Tidy y la de Amante es genial.
—Esa idea no es mía, sino de mi socia, Lucero Hogaza.

Al oír su nombre, Lucero se giró y lo miró con curiosidad. Al volver de la entrevista con Herve, se había cambiado de ropa para ponerse un vestido de flores que le sentaba de maravilla, aunque lo que él deseaba de verdad era quitárselo y pasarse el resto de la tarde y la noche en la cama.
Pero eso no sería justo, habiendo tantas preguntas sin respuesta entre ellos. La miró a los ojos, pero siguió hablando con Jeff.

—Stand y yo nos equivocamos al dejarte marchar —dijo Jeff—. Tienes visión y sabes tratar a la gente.
—Te agradezco los cumplidos, pero estoy satisfecho con mi situación actual.
Jeff se rió.
—Vamos, Fernando, que nos conocemos y sé que tú no eres feliz a menos que seas el mejor y tengo la oferta perfecta para ti.
—Sinceramente, Jeff, no puedo…
—Queremos que seas nuestro socio. Estamos dispuestos a darte acciones en la empresa, a fijar objetivos y a dejarte manos libres.

Fernando se quedó atónito. Con el dinero que podía ganar, sus preocupaciones económicas desaparecerían. Además, Jeff le estaba ofreciendo libertad creativa en la agencia. Tendría la posibilidad de hacer lo que quisiera con la libertad de contar con una sólida base de clientes. Era exactamente lo que quería, lo que siempre había querido y a Antonio no le debía nada.
Pero sí a Lucero.

Casi como si supiera que estaba pensando en ella, la vio voltearse y mirarlo. Sí, con ella sí que tenía un compromiso. Estaba en deuda con ella por haberse quedado en D&S.
En el ámbito personal, lo que debía hacer era desaparecer de su vida para no complicársela más aún. Había sido muy egoísta permitiendo que las cosas llegaran a dónde habían llegado.

—¿Qué me dices? —preguntó Jeff—. ¿Estás a bordo? Querríamos que te vinieras lo antes posible, pero somos conscientes de que tendrás cabos sueltos.
Lucero estaba junto a la ventana y se acercó a la mesa.
—Jeff, me interesa mucho tu proposición, pero necesito un par de días para pensarlo. Te llamaré a principios de la semana que viene.
Jeff suspiró.
—No es la respuesta que quería, pero me resignaré. A ver si puedes decidirte pronto. Markland y Jacobs quiere tenerte de vuelta enseguida.
—Te llamaré —le prometió y colgó.
—¿Problemas? —preguntó ella, sentándose a su lado.
—Supongo que ya sabrás quién era.
Lucero movió el té frío que tenía en el vaso.
—Jeff Markland, ¿no? El hombre para el que trabajabas antes.
—Quiere que vuelva —admitió, e hizo ademán de tomar su mano, pero ella las ocultó ambas en el regazo.
—Creía que querías ser tu propio jefe —dijo ella.
Fernando sintió como si alguien le estuviese estrujando el corazón.
—Y eso es lo que quiero, pero es que Jeff y Stan me han ofrecido una participación en la empresa.
Lucero apretó los labios.
—Ya. Parece una oportunidad perfecta.
—Lucero, aún no he dicho que sí.

No estaba seguro de por qué le decía algo así, pero es que parecía tan resignada, tan dispuesta a admitir que la abandonará.
Entonces se dio cuenta. Es que de verdad estaba resignada. Después de cómo se habían portado Antonio y su padre, seguramente pensaría que era sólo cuestión de tiempo que él hiciera lo mismo. Y allí estaba él, a punto de demostrar que tenía razón.
—Vas a decir que sí —adivinó ella.
—Seguramente —admitió—, pero tú quieres irte de D&S y me parece que Antonio no va a volver. Con el dinero de la cuenta de Amante, podrás recuperar la inversión inicial. Incluso Antonio podrá recuperarla. Markland y Jacobs me han ofrecido lo suficiente como para que no me importe el dinero que he invertido en D&S, así que todos contentos.
Pero ella no lo parecía, aunque sabía que lo estaba intentando.
—Comprendo lo que dices y también comprendo por qué quieres volver a Markland y Jacobs. Puedes hacer lo que quieras y ganar un gran sueldo. Sé que es importante para ti, sobre todo teniendo que ayudar a tu madre y tu hermana.

Fernando suspiró. ¡Diablos! ¿Por qué tenía que ser tan difícil? No quería herir a Lucero, porque le importaba. Seguramente incluso demasiado. Pero las cosas iban demasiado despacio en la empresa como para esperar que sus dificultades financieras se solventaran en breve, lo cual significaba que tendría que pedir un préstamo o buscar un inversor, lo cual acarrearía reglas y restricciones. La gente no invertía el dinero en una empresa sin querer después tener voz y voto en las decisiones que se tomaran en ella.
Se inclinó hacia delante. Quería que Lucero comprendiera lo mucho que le dolía aquella decisión.

—He hablado con varios bancos y grupos de inversión, Lucero y todos quieren tomar parte en la dirección de D&S. No será como tener un negocio propio, sino como trabajar para otros. Sinceramente, tendré más autonomía trabajando para Markland y Jacobs.
Lucero asintió despacio, pero Fernando no tenía ni idea de lo que estaba pensando. ¿Lo odiaría? Seguramente.
—Yo no voy a dejarte, Lucero. No soy como tu padre o como tu hermano. Tú eres quien quiere marcharse de la empresa. ¿Qué puede importarte que yo también me marche?
Lucero sonrió con tristeza.
—Lo gracioso del caso es que he cambiado de opinión y quiero quedarme.
—¿Estás decidida?
—Creo que sí. Sé que el comienzo va a ser un poco accidentado, pero creo que voy a intentarlo —pasó el pulgar por el vaso y la condensación se hizo gota. Cuando lo miró, tenía los ojos al borde de las lágrimas—. Me ha gustado mucho trabajar contigo. Creía que lo hacíamos bien.
—Y es así, pero tengo obligaciones, Lucero. Responsabilidades. Jeff Markland me ha ofrecido un salario magnífico y una participación en la empresa.

Se sentía como un cerdo dejándola así, pero ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Quedarse con D&S y decirle a su hermana que no podía seguir estudiando?

—Es una maravillosa oportunidad —dijo Lucero.
Fernando se pasó una mano por el pelo.
—Lucero, imaginemos que te quedas con D&S y que hay que buscar financiación. ¿Es esa la clase de empresa para la que quieres trabajar? ¿Una empresa por la que tendrías que responder ante otras personas?
Ella negó con la cabeza.
—No. Mira, sé que tardaríamos un tiempo en crecer, pero no puedo dejar de pensar…
No le gustó tener que hacer aquella pregunta, pero la hizo.
—¿Tiene que ver con nosotros, con nuestra relación? ¿Crees que si los dos nos quedásemos con D&S podríamos seguir siendo amantes?
Lucero lo miró a los ojos.
—Soy realista con nuestra relación, Fernando. Sé que tiene que terminar.
—¿Ahora?

Al decir aquella palabra, una sensación muy intensa lo sacudió, seguida inmediatamente por la certeza de saber que quería a Lucero. Llevaba queriéndola un tiempo, pero hasta aquel momento no lo había sentido dentro del alma. La quería de verdad.
Pero quererla no cambiaba las cosas. Si acaso lo empujaba a poner punto final a su relación, antes de que pudiera llegar a hacerle daño. Lucero se merecía algo mejor de lo que él podía darle. Él necesitaba establecerse en su carrera y el trabajo en Markland y Jacobs iba a absorberle al menos durante unos años. No podría estar a su lado como ella se merecía.

—¿Cuándo vas a empezar en el trabajo nuevo?
—Aún no he dicho que sí.
—Pero vas a hacerlo. ¿Cuándo empezarás?

Su mirada era franca, resignada y él no quería imaginar cuántas veces habría tenido que asumir las desilusiones en el pasado. Lucero parecía ser una profesional del abandono.
—No me marcharé hasta que hayamos terminado con Amante. Aun queda mucho por hacer.
—No tanto. Un par de semanas a lo sumo.
Un camarero se acercó a la mesa pero Fernando le hizo señas para que se retirara.
—No quiero hacerlo, Lucero, pero desde el principio supimos que no íbamos a durar.
—Eso es cierto y no me va a pasar nada por eso, Fernando. Sé que no me crees, pero es verdad.

Tenía razón, no la creía. Él tampoco se sentía a gusto con aquella ruptura, pero era lo mejor.
Durante un par de minutos, ella siguió contemplando el mar, hasta que luego se volteó hacia él.
—Tengo que pedirte algo. Como este parece que va a ser el último día de nuestra aventura, quiero pedirte que esta noche sea algo especial —dijo y toda la tristeza parecía haberse evaporado de su rostro—. Deberíamos ponerle punto final como adultos. Ser civilizados. Cenemos juntos y hagamos el amor. Una vez —sonrió—. O más de una. Mañana volveremos a Chicago y allí pondremos el punto final.
Fernando la miró sorprendido. No podía estar hablando en serio.
—Estás bromeando, ¿no?
—En absoluto. ¿Por qué no íbamos a ponerle punto final a esta aventura del mismo modo que la empezamos?
La verdad es que le había dejado sin palabras y cuando se recuperó, lo único que pudo decir fue:
—Pues porque nadie rompe así de bien.
Lucero se echó a reír, aparentemente satisfecha con cómo estaban saliendo las cosas.
—Pues siempre debería ser así. ¿Quién dice que se deba tener una pelea horrible para romper? Ya te dije desde un principio que sabía que nuestra relación personal no iba a durar para siempre. Y tú también lo sabías.
—Sí ya, pero…
—¿Estás enfadado por haber tenido una aventura conmigo? —le preguntó, apoyándose en la mesa.
—No, claro que no.
—Y los dos estamos de acuerdo en que este momento es el adecuado para romper, ¿no?

Diablos… pretendía que aquello sonara racional, pero no lo era. ¿Quién rompía así? No podía estar hablando en serio.
—Lucero, fingir que no te afecta no va a servir de nada.
—Yo sé lo que quiero. Lo supe desde el principio. Me gusta estar contigo y me vuelve loca que me hagas el amor, pero tú y yo no íbamos a durar. Tú lo sabías y yo lo sabía. Ahorrémonos las lágrimas, pasémoslo bien esta noche y volvamos mañana a casa con tranquilidad. ¿Qué tiene eso de malo?
Seguro que si lo pensaba detenidamente, podría encontrar un par de razones que decir, pero desgraciadamente no se le ocurrió nada con suficiente rapidez.
—No tiene nada de malo, supongo. Simplemente me resulta extraño.
Lucero se terminó el té y sonrió.
—Pues a mí no me lo parece, pero si lo prefieres, puedo echarme a llorar y salir corriendo a mi habitación. ¿Te sentirías mejor así?
A pesar de todo, sonrió.
—Claro que no. Yo no quiero que seas infeliz.
—Bien. En ese caso, pongámonos en marcha —miró el reloj—. ¿Por qué no vamos a darnos un baño? Luego podríamos hacer el amor antes de cenar. Como no tenemos mucho tiempo antes de que salga mañana el avión, podemos cenar en el hotel —la mirada que le dedicó fue muy explícita—. También podríamos pedir que nos subieran algo a la habitación.
—Mmm, Lucero…
—También sería romántico cenar en el comedor y luego ir a bailar. Después podríamos volver a la habitación y hacer otra vez el amor. ¿Qué te parece?.
¿Que qué le parecía? Pues que estaba loca, pero si quería programar su última noche juntos, ¿quién era él para discutírselo?
—¿Por qué no nos dejamos llevar por lo que nos dicte la noche?
Aquella vez, al verla sonreír, le pareció que estaba demasiado contenta. No quería que sufriera, por supuesto, pero tampoco se esperaba que aceptara la situación con tanta facilidad. Unas lágrimas habrían añadido un toque sentimental, pero ella parecía decidida a organizar el fin de fiesta.
Qué pena que él no sintiera su mismo entusiasmo. Pero tanto si iba en serio o si sólo fingía, iba a hacer todo lo que estuviera en su mano para hacerla pasar una noche maravillosa.
De ese modo, al pasar de los años y cuando recordara su aventura, no llegase quizás a odiarlo. Pero no podía contar con ello.




—¿Lo has recogido todo? —le preguntó Lucero al entrar en su despacho dos semanas más tarde. La habitación parecía desierta, tal y como se imaginaba y al mirar a su alrededor se sintió inmensamente triste. Fernando se iba de verdad, pero se obligó a sonreír—. Sí, parece que lo tienes todo.
Fernando se apoyó en su mesa, vacía de objetos personales.
—Sí, lo tengo todo.
—Bien. Es mejor que no dejes nada.
Lucero se obligaba a parecer alegre, pero sabía que Fernando no le creía.
—Siento que las cosas hayan terminado así —dijo.
Hizo ademán de acercarse, pero ella retrocedió. No quería que la tocara. Si lo hacía, se echaría a llorar.
—Las cosas han salido como tenían que salir —le dijo ella—. El único modo en que podían salir. La hemos pasado de maravilla —respiró hondo—. Siempre te recordaré.
Fernando dio un paso hacia ella.
—Lucero, dime que estás bien.
—La empresa va a ir bien. Estaré bien —él frunció el ceño—. Estoy bien.
—Ojalá pudiera creerte.

Ella lo miró con el corazón en la garganta. La conversación estaba resultando más difícil de lo que esperaba. Durante el último par de semanas, desde la vuelta de Miami, habían estado tensos. Muy tensos. Aunque los dos se habían esforzado por solucionarlo, no lo habían conseguido. Verlo todos los días, hablar del trabajo y no poder tocarlo había sido un tormento para Lucero.
Y ahora se marchaba. Ojalá cuando ya no estuviera pudiera empezar a recomponer su corazón.

—Te agradezco todo lo que has hecho por D&S —le dijo, intentando conducir la conversación a un ámbito menos personal—. Los anuncios de Amante han salido de maravilla. Y aun con Helena de baja, la oficina funciona como una máquina bien engrasada.
—¿Hay algo más que pueda hacer por ti?
Buena pregunta. Se le ocurrían un millón de cosas que podían hacerla feliz, pero no dijo nada. Se limitó a negar con la cabeza.
—¿Qué harás si Antonio no vuelve?
—Volverá. Pronto estará aquí engatusando a los clientes como si no hubiera pasado nada. Como si no hubiera desaparecido. Pero si no vuelve, también saldré adelante —intentó sonreír con las lágrimas al filo en los ojos—. Estaré bien y encontrar financiación no será muy difícil. Cuando tenga los fondos, te enviaré un cheque por el importe de tu inversión.
—Ya te he dicho cien veces que no tienes que pagarme nada.
Ella lo miró a los ojos con decisión. Aquel punto no era negociable.
—Voy a hacerlo.
Fernando no quería empezar con la discusión que ya habían tenido un montón de veces porque no contestó. Se limitó a encogerse de hombros.
—Lo que quieras.
—Lo que quiero es comprar tu parte y eso es lo que voy a hacer. Lo que pasa es que tardaré un tiempo.
—No tengo prisa.
—Te agradezco que seas tan comprensivo —dijo. 
Era horrible estar tan distantes y difícil de creer, que apenas dos semanas antes, habían sido amantes. Ahora parecían extraños.
—Eres una mujer extraordinaria —dijo él con suavidad.
Sus palabras a punto estuvieron de hacerla llorar.
—Gracias, Fernando. Que te vaya bien.
—Yo te deseo lo mismo.
Y antes de que pudiera hacer algo de lo que pudiera avergonzarse, dio media vuelta y salió.




Fernando contempló el montón de correo que le esperaba en su mesa de Markland y Jacobs y se dio cuenta de que odiaba aquel trabajo. En el fondo lo odiaba, lo cual era una estupidez ya que aquel trabajo era lo que llevaba esperando durante años. Pero ahora que ya lo tenía, lo odiaba. El último mes había sido una auténtica tortura.
Qué ironía. Todo era culpa de Lucero. Ella lo había hecho detestar aquel trabajo siendo divertida. Siendo inteligente. Siendo sexy. La echaba tanto de menos que a veces tenía ganas de echarse a llorar. ¿Ella también le echaría de menos? Aunque fuese sólo un poco.
Seguramente no. Su vida estaba completa. Tenía la agencia y su hermano volvería seguramente.

Contempló el reloj perfecto que lucía en su mesa perfecta con la sensación de llevar días allí. Pero en lugar de marcar las cinco de la tarde, marcaba sólo las once de la mañana. No podía ser.
Decidió comer temprano. Puede que incluso se fuese a dar una vuelta para despejarse, para intentar explicarse por qué, ahora que tenía todo lo que quería en la vida, se sentía tan sumamente miserable.
Pero en cuanto salió de la oficina, no se encaminó a su restaurante favorito. Ni siquiera tuvo intención de dar una vuelta, sino que se encaminó a casa de su madre.

—¿Qué ocurre? —preguntó Nicole en cuanto lo vio entrar.
—Pero bueno, ¿es que no puedo pasar a comer contigo sin que ocurra algo?
Nicole entró con él en la cocina.
—Un hombre normal, sí, pero un adicto al trabajo como tú, no. ¿Qué te pasa?
Fernando se echó a reír y abrió la nevera. La había llenado la semana anterior, así que había mucho que comer. Eligió pollo frío, lechuga y mostaza.
—¿Te apetece un sandwich?
Nicole intentó quitarle la comida de las manos, pero él señaló la mesa.
—Siéntate. Yo preparo la comida.

Pero quizás había cometido un error, porque ahora su madre no tendría nada más que hacer que hacerle todas las preguntas que se le ocurrieran. Y no iba a parar hasta que no le sacara por qué estaba allí.
—Es que estaba un poco cansado hoy de la oficina, nada más.
—Yo creía que tenía un hijo listo.
Fernando la miró por encima del hombro.
—Eh, cuidado con insultarme.
—Ese trabajo no te gusta nada. Está más claro que el agua. No te gusta nada porque te encantaba estar en D&S.
Fernando terminó de preparar los dos sandwiches y los puso sobre la mesa. Luego sirvió dos vasos de té frío y se sentó frente a su madre.
—D&S era divertido, mamá, pero ahora gano cuatro veces más. Además, sin estar Antonio, no tenía mucho sentido que me quedara —se apresuró a añadir—. Entré en la empresa por él.
Su madre lo miró frunciendo el ceño.
—Bah. No me creo ni una palabra y tú tampoco. Puede que te metieras en la empresa por Antonio, pero te gustaba trabajar allí por Lucero.
Sí, Lucero era divertida.
Dio un mordisco al sandwich, esperando que su madre cambiara de tema pero, como era de esperar, no fue así.
—Dime, Fernando, ¿te marchaste porque Markland y Jacobs te ofreció mucho más dinero, o porque tu aventura con Lucero terminó mal?
Fernando estuvo a punto de ahogarse.
—Por el dinero, mamá.
Ella asintió despacio.
—Ya veo. Entonces ¿has roto con Lucero, o siguen viéndose?
—Somos amigos. Y socios.
—Y amantes —añadió su madre—. No estoy ciega y lo sé. A ella se le ve en la cara que te quiere.
No tenía sentido fingir con su madre. Era demasiado lista.
—Estoy preocupado por Lucero —admitió, dejando el sandwich en el plato.
—Llámala. Dile que tú también la quieres.
—No la quiero.
Su madre se rió.
—Por supuesto que la quieres. Se te nota con sólo mirarte. Tú la quieres y eres un idiota si pretendes engañarte.
—Es que, aunque volviéramos a estar juntos, ¿cuánto duraría? ¿Otro mes? ¿Un año? Luego Lucero y yo estaríamos exactamente donde estamos ahora.
—¿Cómo puedes saberlo? Hay mucha gente que consigue que el amor perdure.
—Dime quién.
Su madre suspiró.
—Sé que tu vida no ha sido perfecta. Has tenido que ayudar mucho tras la muerte de tu padre, pero aun hoy sigo echándolo de menos. No me malinterpretes. El matrimonio es algo que requiere esfuerzo, pero no conozco un trabajador más infatigable que tú. Las cosas podrían funcionar entre Lucero y tú.
—¿Y si no es así? Terminaría haciéndole mucho daño.
Su madre sonrió.
—Estoy convencida de que ya está sufriendo. Esta es tu oportunidad y la suya de ser feliz, Fernando. No la desaproveches por cobardía.

¿De verdad era él un cobarde? Quizás. ¿Y si su madre tenía razón y aquella era su oportunidad de ser feliz? ¿De verdad podía alejarse de Lucero?
Sabía que no. Se lo debía a sí mismo y a ella intentar al menos conseguir un final feliz.

Ya decidido, miró a su madre.
—Al menos tengo que decirle lo que siento.
—Exacto. Lo único que tienes que hacer es ir a ver a Lucero, decirle que la quieres y vivir feliz.
—No es tan fácil. ¿Y si no me cree? Además, puede que ya esté saliendo con otro hombre.
—Tonterías. Ella te quiere, estoy segura. Pero si quieres convencerla de que te acepte, haz algo grande. Algo tan maravilloso que no pueda dejar de percibir que la quieres de verdad. Sorpréndela. A las mujeres nos gusta eso en un hombre.

La tensión que venía sintiendo en el pecho quedó reemplazada por la expectación. Su madre tenía razón. Podía hacerlo. Podía tenerlo todo. Pero…

—Puedo pedirle a Lucero que se case conmigo, pero no puedo dejar Markland y Jacobs. Katia es todavía muy joven.
Su madre descolgó inmediatamente el teléfono de la cocina.
—Voy a llamar a Katia para que venga. Tenemos que hablar. Si dejaste D&S para ganar dinero y poder mantenernos a Katia y a mí, eso va a tener que cambiar.
—Estás yendo demasiado lejos, mamá —le dijo, poniendo su mano sobre la de ella—. Primero, me gusta ayudarlas. Son mi familia y las quiero.
—Lo sé, pero no pienso permitir que sigas en un trabajo que detestas por mí. Y Katia tampoco. Voy a llamarla para que venga y vamos a ver cómo podemos reducir nuestros gastos. Así podrás volver a D&S.

Tras llamar a su hija y pedirle que fuera a casa, Nicole sonrió feliz.

—Esto es maravilloso. Maravilloso —repitió—. Voy a tener una nuera.
—¡Eh! ¿No te estás acelerando? Puede que Lucero me mande directito a la China Popular. Te olvidas de que todos los hombres tienden a abandonarla, su padre, su hermano… y yo.
Nicole se acercó a él, con los ojos llenos de amor.
—Puede que no sepa muchas cosas, pero esto sí lo sé; dejaste a Lucero y D&S por Katia y por mí. Eres un hombre responsable y Lucero lo sabe. Sabe que no eres como los hombres de su familia. Eres una buena persona, Fernando. Puede que incluso demasiado bueno a veces —acarició su mano—. No te preocupes. Katia y yo te ayudaremos a convencerla de que se case contigo. Puede que le diga que no a un Colunga, pero a tres no podrá resistirse.

Fernando sonrió, sintiéndose mejor por primera vez desde que estuvo en Miami con Lucero. Puede que su madre tuviera razón. Puede que consiguiera convencerla de que se casara con él.
Resistirse a tres Colunga sería prácticamente imposible.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Capítulo 10.

Lucero estudió el pecho desnudo de Fernando y el deseo hizo latir con fuerza su corazón. Despacio, se acercó a él y le quitó la camisa de los hombros.
—¿Sabes? Recuerdo el día que fui a tu departamento para hablarte de la cuenta de Perfumes Desire —avanzó con la mano sobre su piel, deteniéndose brevemente en el vello de su pecho—. Me costó mucho hablar contigo porque tu pecho me distraía.
—¿De verdad? Quién lo diría —sonrió—. Hombre, puede que la forma en que me mirabas fijamente te delatase un poco, pero de no ser por eso, ni me lo habría imaginado.
Ella se echó a reír.
—Pues sí, tengo que reconocer que tu pecho era una poderosa distracción —tras volver a deslizar la mano sobre su pecho, llegó a sus pantalones—. Pero en realidad, eran tus vaqueros los que se llevaban toda mi atención.
Fernando sonrió y la besó en la sien.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué?
—Pues porque se te caían cada vez más de las caderas. Y más. Y más. Estaba esperando que se te cayeran de un momento a otro.
Él la miró a los ojos.
—En aquel punto de nuestra relación, estoy muy seguro de que habrías salido gritando de allí.
—No te creas —Lucero se debatió un momento, sin saber hasta qué punto debía ser sincera, pero al final decidió no ocultárselo—. Llevaba deseándote mucho tiempo.
Él pareció sorprenderse de verdad.
—Yo creía que no te gustaba nada. De hecho, en más de una ocasión me lo dejaste muy claro.
—Y yo no he dicho que me gustaras. Lo que he dicho es que te deseaba.
—Ah, vaya. Gracias por no herir mis sentimientos. ¿Y ahora te gusto?
Lucero hubiera querido decirle que mucho más, pero sabía que en su relación no podía hacerle aquella clase de confidencia.
—Sí, claro, mucho. Pero también sigo deseándote. Un montón. Estás como un queso, ¿te suena? —le recordó entre risas—.Yo no soy distinta a las demás mujeres.

Él se rió y tomó su cara entre las manos.
—Sí que lo eres. Completamente distinta a las demás mujeres que he conocido.
Antes de que ella pudiera contestar, la besó despacio y cuando finalmente se separaron, el deseo brillaba en sus ojos.
—Yo también te deseaba —confesó él después de quitarle el vestido.
Lucero se quedó sorprendida. No tenía ni idea. Se pasaba la vida riéndose de ella.
—Yo creía que te parecía una estrecha.
—Pero sabía que había fuego dentro de ti —le desabrochó el sujetador y la ayudó a quitárselo—. Sabía que hacer el amor contigo sería increíble.
Lucero se puso de puntillas y volvió a besarlo. Nunca había besado a un hombre que supiera tan bien. Podría estarse besándolo toda la vida.
—Antes de ti, el sexo me resultaba un poco… extraño.
Fernando la empujó suavemente hacia la cama y cuando llegaron al colchón, Lucero se sentó. Fernando se quedó de pie ante ella y Lucero sonrió.
—Espera un momento… he tenido una fantasía contigo que empieza así.
Fernando estaba a punto de sentarse junto a ella pero se detuvo.
—¿Te importaría explicarte? —le pidió.
Con cualquier otro hombre, Lucero no habría tenido el valor de contarle su fantasía, pero con Fernando todo era distinto. Sabía que podría darle cualquier cosa que le pidiera.
—¿Seguro que quieres saberlo?
Fernando le dedicó una de sus sonrisas más sexys.
—Cariño, estoy dispuesto a hacer todo lo que quieras.
Aquella invitación era todo lo que necesitaba. Lucero respiró hondo y muy despacio le bajó la cremallera de los pantalones.
Cuando deslizó la mano dentro, él se agachó y le dijo en voz baja:
—¿Buscabas algo en particular?

Lucero sonrió al tiempo que rodeaba su pene con la mano y comenzaba a acariciarlo muy lentamente. Con un gemido profundo y placentero celebró Fernando que le quitase la ropa y cuando estuvo desnudo delante de ella, encarnando el sueño de cualquier mujer, volvió a tomar su erección en la mano.

—Lucero, será mejor que…
Pero ella le hizo callar.
—Esta es mi fantasía, no la tuya.
La respuesta de Fernando fue un estremecimiento y otro gemido cuando ella se introdujo su pene en la boca.
—Te equivocas, cariño —le dijo casi sin voz—. Esta fantasía también es la mía.
Aquellas fueron las últimas palabras que pronunciaron durante un rato y sólo más tarde, Fernando se unió a ella en la cama. Sin dudar, Lucero se subió sobre él y se sentó sobre su pene para empezar a cabalgar sobre él, mientras Fernando se aferraba a sus pechos. Lucero sabía que había mucho más que sexo entre ellos. La ternura estaba presente en su mirada, mezclada con la pasión abrasadora del deseo. Puede que no quisiera admitir que sentía algo por ella, pero era fácil leerlo en su rostro.
—Lucero —gimió él.
Se besaron frenéticos, empujados por la tensión que creía en su interior, hasta que Lucero no pudo más y se separó de sus labios para moverse con deliberada urgencia, al ritmo de las caderas de Fernando, hasta que ambos alcanzaron el orgasmo.
Después, se dejó caer sobre su pecho, más feliz de lo que lo había estado en toda su vida.
—Madre mía —murmuró, besándolo en el pecho—. Eres un hombre increíble, Fernando Colunga.
Sintió más de lo que oyó su risa en el pecho.
—Me alegro de que te acuerdes de mi nombre, porque yo lo había olvidado.

Fernando acariciaba el pelo de Lucero mientras su corazón iba recuperando el ritmo normal. Lucero creía que era increíble. ¿Por qué? ¿Porque era capaz de hacerla gemir de placer?
Se sentía inquieto por lo que acababan de sentir. Para él, el sexo no había sido así nunca.
Tan intenso, mucho más allá del simple placer físico de otras ocasiones. Era como si estuviera descubriendo todos los rincones oscuros y solitarios de su alma y los llenara de luz. Cada vez que estaba con Lucero, sabía que entre los dos había mucho más que sexo.
En parte se debía al hecho de que Lucero lo quisiera. Podía verlo en la forma en que lo miraba. Bueno, puede que no siempre, porque de vez en cuando seguía siendo el destinatario de una de esas miradas suyas de reprobación, pero la mayoría de ocasiones su amor por él brillaba como un anuncio de neón. Su madre lo había visto. Luanne, también.
Lo cual le planteaba un problema: ¿qué clase de bastardo sería si siguiera disfrutando del sexo con ella sabiendo que Lucero estaba enamorada de él? Iba a sufrir cuando todo aquello terminara. E iba a terminar. Sus relaciones siempre se rompían, más tarde que temprano.
Pero imaginar no volver a ver a Lucero le provocaba un dolor sordo en el pecho. No estaba enamorado de ella, pero sí que le importaba. Era una mujer dulce y divertida y sobre todo era capaz de extraer lo mejor de él. Tenía que asegurarse de que no le pasara nada cuando su tiempo juntos tocara a su fin.

Se movió para quedar tumbado al lado de ella y se acurrucó junto a su cuerpo.
—Cariño, quiero decirte que esto que estamos compartiendo…
—Ah, no. Tengo la impresión de que vas a echarme el sermón de si sé lo que estoy haciendo y todas esas cosas y me lo estoy pasando de maravilla contigo, así que haz el favor de no ponerte serio, ¿vale?

No consiguió convencerlo ni durante un segundo. Lucero podía fingir todo lo que quisiera no estar enamorada de él, pero él sabía que no era así. Una de las cosas que había aprendido en aquellas últimas semanas era cómo interpretarla y sabía que no se equivocaba.
Lo mismo que sabía que iba a sufrir, así que tenía que volver a intentarlo.

—No quiero que termines…
Ella volvió a interrumpirle con un beso en los labios.
—No. No me hagas esto, Fernando. ¿Es que no podemos estar juntos sin más, al menos hasta que acabe la campaña de Amante? Luego ya tendremos tiempo de sentarnos y hablar largo y tendido. Pero hasta entonces, ¿no podemos limitarnos a disfrutar? Nunca me había sentido antes como me siento contigo y no me puedo imaginar vivir mis fantasías con ningún otro. ¿Tan malo es que quiera que lo que estamos compartiendo dure un poco más?

Fernando la besó con ternura. No, lo que estaba pidiendo no era malo, aunque no podía evitar sentirse egoísta, porque si fuese un hombre  bueno, debería alejarse de ella. Un hombre bueno no le partiría el corazón.
Pero él no era ese hombre. Tanto si estaba bien como si no, iba a aceptar su ofrecimiento.

—Sí—dijo al terminar el beso.
En lugar de ponerse solemne, Lucero sonrió como si acabara de darle un regalo de Navidad.
—¿Sí? ¿Eso es todo lo que se te ocurre decir? ¿El tipo creativo de la agencia y lo único que se te ocurre decir es "Sí" cuando te digo que quiero hacer realidad mis fantasías contigo?
Fernando se echó a reír y la colocó sobre él.
—¿Qué te parecería "Yupi"?
Lucero suspiró aburrida y Fernando se rió aún más y cuando cubrió un pecho con su mano, la inspiración le llegó.
—¿Qué te parecería si dijera pasmoso, magnífico, sobresaliente, colosal…
Esta vez fue Lucero quien se rió.
—Así está mejor. Me gusta el entusiasmo.
—Y a mí me gusta complacer —dijo, un instante antes de besar su seno—. Me gusta complacer.



Lucero estudió detenidamente las fotografías que tenía sobre la mesa del último modelo de Amante, Will LaFontaine. Aquel muchacho era verdaderamente fotogénico. Perfecto para la campaña.
Aun no se podía creer lo bien que les había salido todo en Nueva Orleans. Después de haberse registrado en el hotel, un botones había subido en el ascensor con ellos. De camino, Fernando y él habían charlado sobre el verano tan caluroso que estaban teniendo y el muchacho contestó que en el centro de la tercera edad en el que trabajaba como voluntario los abuelos le contaban historias de veranos verdaderamente fatales.
Fernando miró a Lucero, Lucero lo miró a él y empujó un poco el carro del equipaje para mirar al joven. Guapo. Muy guapo.
En cuestión de minutos, habían diseñado la campaña para él y más tarde, cuando Will salió de trabajar, se reunieron con él en el centro de la tercera edad y supieron que llevaba tres años trabajando allí como voluntario.
Demasiado perfecto.
Debra se había mostrado encantada con el último "Amante", sobre todo porque les había costado tan poco encontrarlo. Y se mostró doblemente encantada cuando los primeros anuncios en los que aparecía Tyler empezaron a verse en vallas y revistas de todo el país.
Las cosas iban excepcionalmente bien, lo cual ponía un poco nerviosa a Lucero. En su experiencia, la vida nunca iba tan bien y era sólo cuestión de tiempo que algo empezase a torcerse.
Aunque quizás su miedo se debiera al temor de que llegara el día en que Fernando y ella tuvieran que empezar a distanciarse. Él sabía que ella lo quería, eso estaba claro. Y estaba preocupado porque fuese a pasarla mal, lo cual le hacía quererlo aún más. Con cada día que pasaba, sentía que él se angustiaba más y más con el futuro de su relación.
Fernando era un buen hombre y no quería aprovecharse de ella.
Pero era ella quien quería aprovecharse de él. Durante toda su vida había sido ella quien se preocupaba por las cuentas, por los sentimientos de los demás. Fernando era su escapada al lado salvaje. No iba a durar y lo sabía, lo mismo que era consciente de que iba a pasarla mal cuando terminara, pero mientras tanto, estaba decidida a disfrutar de cada segundo. Luego, cuando rompieran, tendría un montón de momentos brillantes que recordar.
Y lo más importante de todo, era que su relación con Fernando la estaba volviendo más fuerte. Se sentía libre y osada estando con él. Ya no se conformaría con minucias.
Gracias a él, sabía que era una mujer vital y sensual que se merecía todo lo que la vida pudiera ofrecerle.




Con unas cuantas fotos de Will, se dirigió al despacho de Fernando. Acababa de llamar a la puerta y estaba abriendo cuando se dio cuenta de que no estaba solo. Una mujer joven de cabello oscuro estaba sentada a una de las sillas de su mesa.
—¡Ay lo siento! —dijo, dando un paso atrás.
—Pasa, pasa —le dijo él—. Te presento a Katia, mi hermana.
Lucero se acercó y estrechó la mano de Katia. De cerca, se apreciaba fácilmente el parecido entre ambos. Como su hermano, Katia tenía el pelo negro como el ébano y unos vivos ojos azules.
—Hola, Lucero. He oído hablar de ti —dijo Katia, sonriendo—. Mi madre aún no se cree que seas capaz de aguantar a mi hermano. Me ha dicho que eres tan agradable que no sabe cómo no lo has tirado aún por la ventana.
—Vaya, hombre —protestó Fernando, fingiendo molestarse—. ¿Es esa forma de hablar de un hermano?
La sonrisa de Katia se hizo más brillante.
—¿De un hermano que además paga las facturas? Mmm… veamos, déjame pensar —miró a Lucero—. Eres muy afortunada por trabajar con un hombre tan maravilloso como Fernando. Es un verdadero ángel. Un genio creativo que podría encontrar trabajo en cualquier parte.
—Creativo sí que es —contestó Lucero, mirando brevemente a Fernando—. Muy creativo.
—Lo sé. De hecho, era tan popular en su trabajo anterior que Jeff Markland, el presidente de la empresa para la que trabajaba antes, intentó convencerlo en varias ocasiones de que no se marchara, así que considérate afortunada. Podría estar ganando millones si se hubiera quedado en Markland y Jacobs. Y ya que hablamos de ello, sería una millonada que a mí me vendría de perlas para un coche.
Katia se giró a ver a Fernando riendo.
—¿Qué tal lo hago? ¿Crees que ya la he impresionado?
—Es imposible que tú seas mi hermana —se quejó—. Mamá debe de habernos engañado.

Lucero sonrió. Era genial verlos hablar así, pero no por ello pasó por alto lo que Katia había dicho. Fernando había dejado un trabajo con una remuneración elevada para irse a trabajar allí. Si ayudaba económicamente a su madre y a su hermana, trabajar allí debía hacerle ir muy justo de dinero.
Cuando los hermanos empezaron a discutir sobre si Katia necesitaba o no un coche, Lucero se disculpó y volvió a su despacho. De camino, pasó por el escritorio de Helena a ver qué tal iba. Faltaban sólo tres semanas para que naciera el niño y su recepcionista se movía con lentitud.

—Hola. ¿Qué tal se está portando hoy el enano? —le preguntó.
Helena se frotó los riñones.
—Aquí anda, jugando al fútbol.
Lucero se sentó.
—Creo que ya es hora de que empieces a considerar quedarte en casa. Sé que dijiste que sólo querías tomarte seis semanas después del nacimiento del niño, pero puede que no sea suficiente.
—Lo sé. Yo también estoy empezando a pensar lo mismo. Esta tarde tengo que ir al médico y ya veremos lo que dice él.
—Si lo que te preocupa es el sueldo —le ofreció Lucero—, Fernando y yo hemos estado hablando de ello en el viaje a Nueva Orleans. Te daremos dos semanas más de baja por maternidad pagadas por la empresa.
—Eso es genial —dijo Helena sonriendo—. No sé cómo decirte lo mucho que te lo agradezco —se levantó para darle un beso y un abrazo a Lucero, algo nada fácil en su estado—. Fernando y tú están siendo maravillosos conmigo; primero me compraron la cuna y ahora esos días de más.
—No tiene importancia —dijo y cuando Helena se sentó vio que tenía los ojos llenos de lágrimas—. Nos preocupa tu bienestar. Queremos asegurarnos de que el bebé y tú estén bien.
Helena tomó la mano de Lucero y se la puso sobre la panza.
—Mira que patadas da. Va a ser un futbolista.

Lucero contuvo una sonrisa. Desde que el bebé había empezado a moverse, Helena solía poner la mano de todo el mundo en su panza para que lo sintiera. Y en aquella ocasión, cuando el bebé dio una patada bajo su mano, Lucero sintió algo distinto. Algo más profundo. Una alegría mezclada con tristeza. Aunque estaba encantada por Helena y su marido, se dio cuenta en aquel instante lo mucho que le gustaría ser madre. Quería sentir una vida creciendo dentro de ella. Quería sentirse tan querida por un hombre que deseara tener un hijo suyo.
Sorprendida por la intensidad de aquellos sentimientos, apartó la mano.

—No te olvides de contarme lo que te diga el médico esta tarde —le dijo a su empleada.
—Lo haré —contestó Helena.

Lucero entró en el despacho y cerró la puerta. Normalmente la tenía siempre abierta, pero necesitaba un poco de tiempo para pensar. Según Katia, el jefe anterior de Fernando le había pedido que se quedara con ellos y al saber cuánto dinero ganaba antes y lo mucho que al parecer habían lamentado su marcha, no pudo imaginar cómo lo habría convencido su hermano de que se uniera a D&S Advertising.
Se sentía aún peor al saber que había abandonado un trabajo tan lucrativo para terminar después teniendo que hacer frente a una situación no deseada. Pero lo que más le molestaba de lo que había dicho Katia, era saber que Fernando tenía asumida la responsabilidad de mantener económicamente a su madre y a su hermana. Ganaba lo mismo que ella, que no era mucho en aquel momento y seguramente tendría todos sus ahorros invertidos en la empresa.
Trabajar allí tenía que estar siendo muy difícil para él.
D&S tenía que crecer mucho más para que Fernando llegara a cobrar una cantidad sustancialmente mayor y si ella abandonaba la empresa aun sabiendo que contaba con otros inversores, el futuro de la empresa sería precario. ¿Cómo podía abandonarlo en una situación así? Además, después de todo lo que habían conseguido hacer durante aquellas últimas semanas ya no estaba segura de querer marcharse de la empresa.
Disfrutaba con la sensación de tener ideas propias que podían ponerse en marcha.
Era una novata en el negocio, por supuesto, pero se la estaba pasando muy bien. Sabía que en parte esa sensación se debía al hecho de estar con Fernando, pero aquella no era la única razón. Le gustaba formar parte de algo creativo.

La pregunta era la siguiente: si no permitía que Fernando le comprara su parte de la empresa, ¿podría seguir trabajando con él después de que rompieran? ¿Cómo sería verlo día tras día y saber que ya no podría volver a tocarlo o a besarlo? ¿Podría soportar no volver a reír y a desearle cuando entrase en su despacho para atormentarla con todas las cosas maravillosas que pensaba hacerle al finalizar el día, cuando estuvieran solos?
¿Y qué ocurriría si llegaba a salir con otra mujer? ¿De verdad sería capaz de sonreír y decirle algo agradable a la siguiente mujer que se acostase con Christopher?
Imposible.

Alguien llamó con firmeza a la puerta.
—Adelante.
Fernando entró y cerró.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?

Se acercó a su mesa mientras Lucero se preguntaba si debía o no ser sincera con él. ¿Lo entendería si le dijera que quería quedarse en la empresa pero que no podría soportar seguir trabajando con él cuando ya no hubiera nada entre ellos? ¿O debería admitir que le preocupaba que tuviera tantas personas a su cargo?
Pero en vez de todo aquello, se limitó a levantarse y a besarlo, poniendo todo su amor en ello.
Cuando el beso terminó, Fernando sonrió.

—Wow. ¿Qué he hecho para merecer algo así?
Ella le acarició la mejilla. Era tan guapo y le encantaba cuando la miraba como en aquel momento. Como si fuese la única mujer en el mundo.
—Te admiro —dijo con suavidad y sin apartar la mano de su mejilla—. Eres un hombre verdaderamente dulce.
Fernando cubrió la mano con la suya.
—¿De verdad lo crees?
—Sí.
Su sonrisa le desbocó el latido del corazón.
—¿En serio? Entonces mi plan está funcionando. He conseguido convencerte de que soy un tipo genial. Así me resultará mucho más fácil hacer lo que quiera contigo.
La tristeza que se había apoderado de su ánimo se evaporó.
—Oye, te he dicho que eres dulce, nada de que piense dejar que te salgas con la tuya, sea cual sea.

Fernando jugó con el botón de arriba de su blusa de seda.
—Lo encuentro un poco difícil, porque te conozco bien. Sé dónde te gusta que te toque, así que en diez minutos, estarás comiendo de mi mano.
—¿Diez minutos? Mucho me parece —ya estaba deseando sus caricias, sus besos—. No tengo tiempo para que me lo demuestres ahora, pero estoy dispuesta a dejar que lo intentes esta noche.
—Tengo tu palabra.
Ella fue a besarlo de nuevo, pero él se lo impidió.
—¿Estás bien? —insistió.
Su tono serio la sorprendió.
—Claro. ¿Por qué lo preguntas?
Fernando la besó en la nariz.
—Parecías un poco triste cuando entré. ¿Hay algo que yo deba saber? A lo mejor puedo ayudar.
Lucero se sentó en su silla y Fernando se acomodó en el borde de la mesa.
—¿Qué pasa?
Lucero respiró hondo.
—He estado pensando en lo que pasará con la empresa cuando hayamos encontrado financiación adicional. Necesitamos expandirnos y si me llevo el dinero, no podrás crecer del modo que es necesario hacerlo si se quieren conseguir clientes importantes. El mundo de la publicidad es muy competitivo. Tendrás que explotar el éxito de la campaña de Desire y si compras mi parte, no te quedará dinero.

Fernando no apartó la mirada ni un instante de ella. Ojalá pudiera saber lo que estaba pensando, pero su expresión no delataba nada.
—¿Estás diciendo que quieres quedarte con D&S?

Lucero suspiró.
—Si quieres que te diga la verdad, Fernando, no sé lo que quiero. Lo único que sé es que no quiero que la compañía se resienta. Quiero saber que tú estarás bien.
—Ya sabes que saldré adelante —dijo él.
—¿Pero podrás ganar un salario lo bastante grande para hacer frente a todas tus obligaciones?
Fernando asintió.
—¡Ah, ya veo! Se trata de Katia, ¿verdad? —se acercó a ella—. Te agradezco la preocupación, pero estoy bien. Lo de Katia no es un problema.

Lucero no le creyó ni por un momento. Era evidente que pretendía no preocuparla. ¿Cómo podía haber llegado a creer alguna vez que aquel hombre era tan irresponsable como su padre y su hermano? Fernando Colunga podía ser de todo menos irresponsable. No le interesaba ni el amor ni el matrimonio, pero era de esa clase de hombres que nunca dejan a una mujer en el abandono.

—¿Y qué pasará con la empresa y con los empleados? ¿Cómo vas a poder pagar la nómina si compras mi parte?
—Me aseguraré de obtener capital suficiente para comprar tu parte y que la compañía pueda seguir creciendo. No voy a abandonar a los empleados —hizo una pausa y la miró fijamente—. ¿Qué es lo que te pasa, Lucero? ¿Por qué has sacado ahora todo esto?
—He estado hablando con Helena y le he dicho que hemos decidido darle un tiempo más de permiso por maternidad.
—Y te preocupa que no tenga trabajo al volver después de ocho semanas, ¿no?
Ella asintió.
—Sí. Se merece tener un trabajo esperándola para cuando acabe su baja maternal.
—Y lo tendrá —le aseguró él—. Pero tengo la impresión de que hay más cosas que te preocupan. No será que no quieres que te compre tu parte porque quieres quedarte, ¿verdad?

No tenía porqué no ser sincera con él.
—La verdad es que he disfrutado trabajando en la cuenta de Amante. Ha sido muy divertido.
Fernando se rió.
—¿Qué parte? ¿En la que se te ocurriera la idea, buscar a los modelos, o hacer el amor con tu socio?
—Todo.
Él enarcó las cejas.
—¿Por igual?
—Hay un par de cosas que he disfrutado más que las otras —admitió.
Fernando acababa de besarla cuando el teléfono sonó.
—Esta noche intentaré averiguar qué son esas dos cosas —dijo él y se dirigió a la puerta, pero antes de salir dijo aún—: Y no te preocupes por la empresa, que todo irá bien, Lucero.

Pero al descolgar el teléfono no pudo evitar preguntarse si él estaría bien.

viernes, 23 de agosto de 2013

Capítulo 9.

El timbre del teléfono despertó a Lucero con un sobresalto. Palpó la luz y dejó escapar un grito cuando sintió un brazo musculoso rodearle la cintura. Durante una décima de segundo no supo con quién estaba ni dónde.
Entonces, recordó y sonrió.
Sí, Fernando.
El hombre que hacía apenas unas horas la había hecho gemir de placer. Una o dos veces, había vuelto a olvidar su nombre.
Fernando palpó también con su mano buscando el teléfono.
—Parece que no lo encuentro —le murmuró al oído.
Ella se rió y descolgó.
—Qué malo eres —susurró.
Fernando contestó al teléfono riendo. Un segundo después, encendía la luz de la mesilla y miraba a Lucero.
—Sí, hola, Antonio. ¿Dónde demonios te has metido? Lucero y yo hemos estado trabajando mucho para sacar adelante la agencia.
Al oír mencionar el nombre de su hermano, Lucero se incorporó.
—Déjame hablar con él.
Fernando dudó un instante y luego le pasó el teléfono.

—Antonio, eres un cerdo. ¿Cómo has podido marcharte así? ¿Qué creías que le iba a pasar a la agencia?
—Hola, Lucero. Yo también me alegro de hablar contigo —contestó su hermano, riendo—. Llevo toda la tarde llamándote a casa, pero no te he encontrado. Imagínate mi sorpresa al saber que estás en casa de Fernando a las once de la noche. Me da la impresión de que algunas cosas han cambiado desde que yo me he ido.

¡Diablos! No se había parado a pensar en lo que implicaba estar en casa de Fernando tan tarde. Su hermano iba a imaginarse que había algo entre ellos y estaba en lo cierto.
Pero tenía cosas más importantes de qué hablar con él.
—¿Dónde estás? ¿Cuándo vas a volver?
Antonio suspiró.
—Lu, no es tan fácil. Yo… bueno, necesito más tiempo.
¿Necesitaba tiempo? ¿Para qué?
—En primer lugar, no me llames Lu. En segundo, lo que necesitas es volver a Chicago y enfrentarte a tu vida. Tienes responsabilidades aquí. Nos lo debes a Fernando y a mí.

Miró a Fernando, que le ofreció aquella sonrisa tan dulce que ella adoraba. Era una sonrisa de comprensión, de amabilidad… y tan sensual.
Pero su buen humor se resquebrajó como un cristal cuando Antonio comenzó a quejarse de lo dura que era su vida y de lo difícil que era llevar la agencia.

—No me cuentes historias, Antonio. Tu vida no es dura. Tienes un fideicomiso.
—Que he invertido en la empresa.
—Una empresa que podría devolvértelo con creces si volvieras y trabajases en ella —respiró hondo intentando calmarse—. Nos lo debes a Fernando y a mí. Fuiste tú quien nos convenció de crear D&S. No puedes dar media vuelta y desaparecer sin más.
—No he desaparecido. Me despedí de ti.
Tenía que estar de broma.
—Antonio, pasaste por mi despacho por la tarde y me dijiste "Hasta luego". Lo que normalmente significa eso es "Hasta mañana".

Aquella conversación no iba a llevarlos a ninguna parte y ella lo sabía. Su hermano volvería cuando le diera la gana y ni un minuto antes. Había pasado por aquella misma situación una y otra vez y las reglas eran siempre las mismas.

—¿Por qué has llamado? ¿Para qué querías hablar conmigo? —le preguntó, tragándose la frustración.
—Quería ver qué tal estabas. Qué tal estaban los dos.
Parecía preocupado, pero Lucero no cayó en la trampa. Antonio quería algo. Lo sabía sin ningún género de duda.
—Vamos a volver a empezar y espero que esta vez me digas la verdad. ¿Por qué has llamado, Antonio? Y si lo que quieres es dinero, tendrás que venir a Chicago y ganártelo.
—Vamos, Lucero, no seas tan dura. Creía que estarías de mejor humor, estando en la cama con Fernando.
Lucero se frotó las sienes. No estaba dispuesta a hablar de su vida sexual con su hermano.
—¿Para qué has llamado, Antonio?
—Vale, vale. He llamado para decirte que voy a tardar unas cuantas semanas más en volver a casa. Han ocurrido algunas cosas y necesito algo más de tiempo.
Lucero tenía ganas de gritar. O de llorar. O simplemente, de colgar. ¿Por qué los hombres de su familia se creían con derecho a hacer locuras?
Fernando le acarició un brazo y tapó el auricular para decirle lo que pasaba.
—Antonio dice que aún no va a volver. Lo siento.
Lucero esperaba que se enfadase, pero sólo se encogió de hombros.
—Nos va bien solos. Él tendrá que hacer lo que tenga que hacer.
La respuesta de Fernando la tomó por sorpresa. ¿No estaba enfadado? ¿No quería decirle un par de cosas a su hermano?
—¿Quieres hablar con él? —le preguntó.
Fernando negó con la cabeza.
—Sólo dile que espero que esté bien.

Lucero se acercó de nuevo el auricular. Increíble, esperaba que hablara seriamente con su hermano y él se limitaba a saber que estuviera bien. Increíble.
—Fernando dice que espera que estés bien, pero yo voy a decirte algo, Antonio. Fernando es tu amigo y no deberías tratarlo así. Has lo que tengas que hacer y vuelve cuanto antes. ¿No puedes darme por lo menos un número de teléfono donde pueda llamarte en caso de urgencia?
Antonio se rió.
—Pues la verdad es que no. Fernando y tú tendrán que arreglárselas solos —la risa se apagó—. Oye, Lucero, supongo que ya sabes que Fernando no es de los que se casan y tienen hijos. No me malinterpretes, porque es un hombre estupendo, pero ten cuidado, ¿vale? No quiero verte sufrir.

Lucero sintió ganas de reír. El más irresponsable de los hombres acababa de ponerla en guardia contra Fernando. Una viuda negra advirtiendo sobre un escorpión.
—No te preocupes por mí y preocúpate por ti. Mejor no te digo lo que pienso hacer contigo cuando vuelvas.
Y riéndose, Antonio colgó. Lucero colgó el auricular.
—Lo siento —dijo Fernando.
Lucero se sintió fatal. ¿Cómo era capaz Antonio de actuar así? Ella estaba acostumbrada, pero Fernando no.
—Soy yo quien lo siente. Antonio es mi hermano.
—Es un adulto y sus errores no son tuyos.
Fernando era increíble. Tenía todo el derecho del mundo a estar enfadado y sin embargo, se mostraba comprensivo. De no estar ya enamorada de él, se enamoraría en aquel instante.
—Lo que pasa es que me pone enferma que te haya hecho algo así —dijo ella.
Fernando sonrió, su rostro iluminado por la luz suave de la lámpara de la mesilla.
Estaba tan guapo, tan fuerte y masculino que el corazón de Lucero latió más deprisa. Y cuando lo vio poner la mano en la sábana que ella se había subido hasta debajo de los brazos, el aire se le quedó atrapado en los pulmones.
—Si quieres que te diga la verdad, Lucero, estoy encantado con que Antonio se marchara. Así he tenido la oportunidad de conocerte. Cuando él estaba, tú y yo apenas nos hablábamos. Imagínate lo que nos habríamos perdido.
Sin dejar de mirarla a los ojos, bajó de un tirón la sábana y silbó.
—Esto es lo que yo llamo una vista preciosa.
Lucero se echó a reír.
—Anda, no exageres, que lo que hay no es para tanto.
Fernando se acercó y besó uno de sus pezones, lo que tuvo unas consecuencias devastadoras.
—Siento no estar de acuerdo contigo, aunque te enfades —dijo y la tumbó boca arriba para acariciar con su lengua un pezón y después el otro—. Inspiras mucho más que silbidos.
—¿No me digas?
Riendo, Fernando alcanzó un preservativo.
—Sí te digo —contestó, riendo.

Lucero cerró los ojos y mientras Fernando le hacía lentamente el amor, tuvo que admitir que tenía razón en una cosa, tener la oportunidad de conocerlo había sido algo maravilloso y siempre se alegraría de ello.
Mientras viviera, nunca olvidaría los días que pasase con él.



Fernando no podía recordar la última vez en que había tenido tantos días malos seguidos. Quizás tras la muerte de su padre, pero no desde entonces. Durante las dos últimas semanas si algo podía salir mal, había salido.
—Tyler no puede retirarse ahora de la campaña —dijo Fernando—. Ha firmado un contrato.
Lucero se sentó frente a él. Celeste y Carla estaban también en aquella reunión de emergencia. ¿En qué demonios estaría pensando Tyler? Se habían gastado ya una fortuna en los anuncios.
—Dice que su novia le ha dicho que romperá con él si hace los anuncios. No quiere que otras mujeres puedan pensar que está disponible —explicó Lucero—. Me he tirado más de veinte minutos intentando razonar con él, pero no he conseguido hacerlo cambiar de opinión.

Genial. Primero el viaje a Boston les había llevado cuatro días más de lo previsto. Lucero no conseguía encontrar la clase de hombre que andaba buscando.
Luego, dos de las empresas que los habían llamado para concertar entrevistas las habían cancelado, aduciendo que querían agencias más grandes.
Por último, su madre había llamado la noche anterior para pedirle más dinero. Katia había tenido unos gastos inesperados en la universidad. A ese paso, no tardaría en quedarse sin dinero.

Se frotó los músculos del cuello y miró a Lucero. Ella era lo único bueno que le había pasado en las dos últimas semanas. Cada noche hacían el amor y ningún día era horrible del todo si podía pasar unas horas con ella.

—¿Alguna idea? —preguntó.
Lucero suspiró.
—Dice que Luanne es la mujer con la que va a casarse y que no quiere que se enfade. Le he dicho que ella debería sentirse orgullosa de él, pero al parecer su novia no lo ve así. Lo único que ella ve es que su novio va a estar en montones de carteles para que un montón de mujeres más lo vean.
—Eso es lo que yo no entiendo —dijo Carla—. A mí me encantaría saber que un montón de mujeres más piensan que mi novio está como un queso.
—Pues es una pena que tú no seas Luanne —Lucero miró a Fernando—. A lo mejor tú podrías hablar con él. Dice que yo no entiendo cómo se siente.
—También podríamos llamar a un abogado. Tanto si le gusta como si no, ha firmado un contrato —puntualizó Celeste—. Ha posado para las fotos, Perfumes Desire se ha gastado un montón de dinero en él y no puede cambiar de opinión así, sin más.
Fernando la miró.
—No quiero meter abogados de por medio a menos que no tengamos otra opción —se quedó pensativo un instante y luego miró a Lucero—. Pasado mañana nos iremos a Nueva Orleans. Podríamos pasar por Dallas de camino. Creo que lo único que podemos hacer es hablar con Tyler en persona.
Lucero asintió.
—Podemos intentarlo.
—Vamos a cenar con él —dijo Fernando—. Puede que en persona, podamos hacerlo cambiar de opinión.
Lucero sonrió despacio.
—¿Y si invitamos también a Luanne? Tal vez la convencemos si se lo explicamos también en persona.
—¿Por qué no? Tal y como estamos, tenemos que probar con cualquier cosa.

Trataron unos cuantos asuntos más y cada uno volvió a su tarea. Fernando llamó a Tyler inmediatamente y afortunadamente consiguió convencerlo de que quedasen a cenar el miércoles con él y su novia para intentar explicarla que lo que estaban vendiendo era el perfume y no a él.

Le quedaban un par de cosas por hacer. Primero, tenía que intentar explorar algunos clientes nuevos y después tendría que hablar con su hermana. La universidad era cara, sí, pero no tanto.
Se frotó de nuevo los músculos del cuello, pero la tensión se negaba a suavizarse.
—Sé que una vez me dijiste que no te parecía buena idea que nos tocáramos —dijo Lucero al entrar en su despacho y tras cerrar la puerta—. Pero, como desde entonces nuestra relación ha cambiado algo, ¿me dejas que te dé un masaje en el cuello?
Fernando sonrió, más feliz de lo que tenía derecho a estar.
—Puedes tocarme lo que quieras y cuanto quieras.
—Te daré un masaje siempre que me prometas comportarte lo mejor que puedas. Aunque soy consciente de que eres perverso por naturaleza —añadió con un brillo picarón en la mirada.
Fernando se echó a reír, sorprendido de que con unas cuantas palabras, Lucero hubiera sido capaz de quitarle el mal humor, pero así era. Estar cerca de ella le hacía sentirse feliz.
—Lo intentaré —le prometió.
Lucero se colocó detrás de él y fue frotándole los músculos del cuello y los hombros.
Fernando cerró los ojos y suspiró.
—Qué maravilla.
—¿Mejor que el sexo? —le susurró Lucero al oído.
—Ni de lejos —contestó él y dándose la vuelta rápidamente en la silla, la rodeó por la cintura y la sentó sobre sus rodillas.
—¡Eh! Me habías prometido comportarte —protestó, pero al mismo tiempo se acomodaba sobre sus piernas. Aunque no fuera precisamente comodidad lo que él estaba sintiendo.
Teniéndola tan cerca, la tensión y la frustración habían sido reemplazadas por fuego y lujuria.
—Ya sabes que soy un mentiroso y que no se puede confiar en mí, sobre todo habiendo una mujer guapa de por medio.
—Pues yo te confiaría mi vida —dijo ella con suavidad.
La miró a los ojos y supo que había dicho la verdad. Confiaba en él y Fernando sabía que después de haber crecido con un padre y un hermano como los suyos, Dulce no confiaba en muchas personas. Y desde luego, en muy pocos hombres.
Pero a él, le confiaría su vida.
Sentimientos que ni siquiera podía identificar lo sobrecogieron, confundiéndolo aún más de lo que ya lo estaba.
—Lucero, no sé…
—Sólo calla. Hay quien dice que la cabeza te puede explotar si piensas demasiado.

Y rodeándole el cuello, lo besó en los labios, a lo que él respondió demostrándole lo que provocaba en él el más mínimo contacto con ella.
En aquel momento no podía entender lo que sentía por Lucero, sobre todo habiendo tantas cosas en el aire, pero pronto, muy pronto, iba a tener que decidir lo que quería hacer con ella.



—Es que no puedo soportar la idea de que haya cientos… bueno, seguramente miles de mujeres mirando a mi Tyler. Es mío y no está disponible —dijo Luanne quizás por quinta vez—. No me parece bien que esté en un escaparate así.
Lucero asintió pensativa. La cena con Tyler y Luanne no estaba yendo bien. Luanne seguía convencida de que no quería que su novio apareciera en los anuncios, pero la noche aún era joven. Hacía poco que habían llegado al restaurante.
Sinceramente, Lucero sabía que parte del problema era que en el fondo no comprendía la preocupación de Luanne, aunque se estuviera esforzando en ello. En el vuelo, Fernando y ella habían estado analizando la situación y elaborando argumentos que presentarle, pero la mayoría no estaban funcionando. En parte, a causa de su juventud. Apenas tenía veintiún años. Lucero apenas recordaba haber sido tan joven, pero tenía que encontrar algo que decirle y pronto.
—Luanne, nadie va a saber el apellido de Tyler —le dijo, eligiendo el argumento que más le gustaba—, así que no podrán encontrarle y por lo tanto, no podrán saber si está disponible o no.
Luanne frunció el ceño.
—Eso no importa. ¿A ti te gustaría que te dijera que tu novio es guapo? —preguntó, mirando a Fernando—. ¿Te haría gracia?
Sorprendida, Lucero miró a Fernando y después a Luanne. La pregunta no le molestaba.
Lo que la sorprendía era que Luanne supiera que Fernando y ella estaban juntos.
Siempre tenían mucho cuidado en no demostrar nada cuando estaban con gente.
—Fernando y yo no…
—Claro que sí —la cortó ella—. Los dos están enamorados. Lo sé porque Tyler y yo también lo estamos.
—Luanne, Lucero y yo somos socios —dijo Fernando.

Ella hizo un gesto con la mano para quitarle importancia a sus palabras.
—No te ofendas, pero la hija de mi madre no es idiota. Ustedes son mucho más que socios en una empresa. Lo sé por la forma en que se miran —y se volvió a Lucero—. Y ahora, dime, ¿cómo te sentirías si otras mujeres se quedasen mirando a Fernando pensando lo bueno que está?
Lucero se quedó pensando seriamente la pregunta.
—Pues la verdad es que no me molestaría. Ya sé que Fernando es muy atractivo y doy por sentado que las demás mujeres piensan lo mismo.
—Pero ¿cómo es posible que no te moleste? A esas mujeres les gustaría llevárselo a la cama. Yo no podría soportar eso —dijo, acercándose a Tyler.
Fernando iba a decir algo, pero Lucero negó con la cabeza. Aquella era una conversación de mujer a mujer.
—Te lo digo en serio, Luanne. A mí no me importaría, ¿y sabes por qué? Porque yo confío en Fernando y sé que no me engañaría con otra mujer. Estoy segura de ello y por eso no me importa que otras mujeres lo miren —sonrió y se acercó a ella—. De hecho, me gusta que piensen que está como un queso.
Luanne la miró sorprendida.
—¿De verdad?
Lucero se rió.
—¡Vamos, Luanne! No me digas que no te gusta saber que un hombre guapo como tu novio sólo tiene ojos para ti.
Luanne se volteó a ver a Tyler.
—Tú no miras a otras mujeres, ¿verdad?
En lugar de intentar convencerla con un montón de palabras, Lucero supo que el joven era sincero al contestar simplemente.
—No.
—Y aunque las mujeres se te echen en los brazos después del anuncio, ¿tú no te dejarás vencer por la tentación?
—Cariño, las mujeres llevan echándose en mis brazos desde la primera vez que participé en un rodeo y nunca me he ido con todas ellas. Muchos de los chicos se vuelven locos cuando están fuera de la ciudad, pero tú sabes que ese no es mi caso. ¿Por qué iba a empezar a engañarte ahora? —se acercó y la besó en los labios—. Te quiero, Luanne. Llevo años queriéndote. Si hago esos anuncios, tendremos dinero suficiente para casarnos ya, sin tener que esperar un año más. ¿Es que no quieres casarte conmigo?
A ella se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Sí —contestó y lo besó.

Lucero sintió que la garganta se le cerraba. Estaban tan enamorados que resultaban conmovedores. Automáticamente miró a Fernando, que la estaba observando fijamente.
Ojalá hubiera podido saber qué estaba pensando o sintiendo. ¿Sentiría algo por ella, o sería todo diversión y sexo para él? ¿Sospecharía que ella estaba profundamente enamorada de él? Probablemente. Fernando era un hombre inteligente y tal y como había dicho Luanne, era obvio que había algo entre ellos.
—Está bien —dijo Luanne—. Si Tyler quiere hacerlo yo le apoyaré. Sé que nunca me haría daño. Llevamos tres años saliendo y sé que es un hombre bueno.
Saber que Luanne no iba a oponerse a la campaña fue un alivio que les permitió relajarse y disfrutar de la velada, que resultó al final bastante divertida.
Charlaron, se rieron y lo pasaron bien, aunque Lucero no pudo evitar preguntarse en más de una ocasión qué pasaría cuando Fernando y ella volviesen al hotel. Casi no podía esperar a estar a solas.

Por fin, tras una cena de casi dos horas y media, volvieron al hotel. En cuanto entraron a la habitación, lo abrazó. Necesitaba sentir su cuerpo y su calor y con el deseo abrasándole las venas, se besaron apasionadamente.

—Creía que nunca iba a terminar la cena dichosa —dijo Fernando, quitándole la ropa—. Llevo esperando este momento desde que estábamos en el avión.
—Yo también —confesó ella, mordiéndole el labio.
Cuando pusieron fin a aquel beso, él tiró de su vestido.
—Has el favor de desnudarte, o no respondo de mis actos.
Lucero se echó a reír y tiró de su camisa.
—Pues será mejor que hagas desaparecer también tu camisa, porque he sido yo la que he tenido que aguantar a Luanne diciéndome lo bueno que estás, así que me merezco una recompensa.
Él enarcó las cejas.
—¿Una recompensa? ¿Qué maldad tienes pensada? —preguntó con picardía.
—Aún no he pensado en los detalles, pero sé que el primer paso es conseguir que te desnudes.
Fernando se sacó la camisa de los pantalones y comenzó despacio a desabrocharla.
—Vale. Lo que es de ley es de ley. Soy un hombre que siempre paga sus deudas.
—Con eso cuento —contestó ella al tiempo que bajaba la cremallera de su vestido—. Con eso cuento.