sábado, 7 de septiembre de 2013

El final.

—¿Qué quieres decir con que Fernando ya no trabaja aquí? —dijo Antonio por teléfono—. Me voy unos cuantos días y todo se desmorona. ¿Qué ha pasado, Lucero? ¿Es que habrán discutido? Creía que se llevaban bien. Bueno, algo más que bien, teniendo en cuenta que dormían juntos. De eso también tenemos que hablar.

Lucero se cambió el auricular de oído. Desde que Fernando se había marchado, se había pasado la mayor parte del tiempo intentando no pensar en él. Pero olvidarlo había resultado ser bastante difícil. Bueno, imposible. Hiciera lo que hiciera, por mucho que se esforzara, no podía dejar de pensar en él.
Ni de echarlo de menos. ¡Dios, cómo había llegado a extrañarlo!

—Yo no he tenido nada que ver en su marcha y por si no te has dado cuenta, llevas fuera meses, no días. Además, no tienes derecho a criticar mi modo de dirigir el negocio porque no estás aquí.
—Oye, Lu, yo no pretendía…
—Antonio, tú y yo tenemos que hablar. Si vamos a seguir siendo socios, no vas a poder dar media vuelta y largarte cada vez que se te dé la gana. O estás dentro, o estás fuera. En este momento yo te considero fuera.
—Así que me dejas al otro lado de la frontera, ¿eh?

No lo creía. No creía que su dulce hermanita fuese a plantarle cara. Pues se iba a llevar una buena sorpresa. Había aprendido mucho en las últimas semanas y había llegado a la conclusión de que si ella seguía permitiéndoselo, él seguiría aprovechándose de ella y eso tenía que acabar.

—Te propongo un trato. Vamos a firmar un acuerdo por el que si vuelves a largarte, todas tus acciones me pertenecerán.
—No pienso firmar algo así.
—Entonces venderé mis acciones y las de Christopher a otros inversores, que no te permitirán hacer lo que te dé la gana. Tú decides. Si quieres participar en esta empresa, tienes que prometer no volver a largarte más. Esto no es un juego, Antonio. Decídete.

La verdad es que no le importaba lo que fuese a decidir. Si se quedaba en la empresa, necesitaba que fuera de verdad. Si decidía marcharse ya encontraría a otros inversores con los que mantener a flote la empresa. En cualquier caso, manejarse sola era genial.

—Ya que no me dejas otra elección, firmaré —se resignó—. ¿Desde cuando te has vuelto tan imposible, Lucero?
—Desde que tú te marchaste de la empresa y nos dejaste a Fernando y a mí con el agua al cuello.

Ella no pretendía ser difícil, sino firme. Además, lo que estaba haciendo era bueno para la empresa y para él. No podía seguir huyendo de sus responsabilidades cada vez que le diera la gana.

—Es lo mejor, confía en mí. Tienes que crecer, Peter Pan, antes de que llegues a ser como papá.
—Vaya —se sorprendió su hermano—. Hoy no tienes pelos en la lengua. ¿Y ese malhumor tiene algo que ver con el hecho de que Fernando ya no trabaje ahí?
—No —replicó sin más. No quería hablar de Fernando con él.
—No te creo —contestó él con voz cantarina—. Pero si te sirve de consuelo te diré que estás mejor sin él. Era solo cuestión de tiempo que te rompiera el corazón. Fernando no es un hombre para compromisos en cuestión de mujeres y siento que hayas tenido que enterarte por la vía dura. Al menos no estabas enamorada de él —hubo una pausa de varios segundos—. Porque no lo estás, ¿verdad?
Lucero se incorporó en su silla.
—¿Sabes? Tienes una opinión muy pobre de tu mejor amigo.
—Soy realista.

En el fondo, Lucero sabía que Antonio se equivocaba. Fernando era un buen tipo. Un hombre estupendo. Un hombre que cuidaba de su familia.
Quizás el peso de la responsabilidad que llevaba años soportando lo hubiese vuelto un cínico en cuanto a los compromisos con otras personas, pero aun así seguía siendo el mejor hombre que había conocido.

—Resumiendo, Lucero. No te habrás enamorado de Fernando, ¿verdad? —insistió.
Lucero llegó a reírse.
—¿Tú que crees?
—¡Demonios…! ¿Quieres que le diga un par de cosas por ti?
—Claro que no. Eres un encanto de hermano cuando quieres… y sobre todo cuando no desapareces.
—Gracias a ti, mis días de desaparecer se me han terminado. Te prometo que me presentaré a trabajar el lunes por la mañana limpio como los chorros del oro. Estaré listo para que me puedas enseñar a los clientes y a los empleados.
—No hay muchos empleados aquí a los que impresionar. Solo Carla y Celeste. Helena ha tenido su bebé la semana pasada y espero que te alegres de saber que no se parece en nada a ti.
Antonio se echó a reír.
—Lo contrario habría sido un milagro.

Lucero se relajó, feliz por primera vez desde hacía mucho tiempo. No se había dado cuenta de lo mucho que había echado de menos el desenfado de su hermano.

—Tengo ganas de verte —le confesó—. Aunque no me merezcas como hermana, te quiero.
—Yo también te quiero, Lucero —hizo una pausa—. Y si te he hecho daño, lo siento. La verdad es que nunca me había parado a pensar que pudieran afectarte mis desapariciones. Cuando papá se iba, ni siquiera pestañeabas.
—Pero tú sabes hasta qué punto lo odiaba. Tus huidas son muy egoístas y estoy deseando que te quedes pegado como con pegamento a esta empresa.
—Haré todo lo que pueda —dijo y Lucero le creyó. Su hermano no era perfecto, pero en el fondo era un buen tipo.
—Cuando lo intentas, todo lo que puedes es mucho.
—Vale. Y ahora que has accedido a pasar página, ¿qué vas a hacer con Fernando? Si lo quieres, tienes que ir en su busca. No querrás pasarte el resto de la vida lamentándote de no haber hecho nada para ser feliz, ¿verdad?
—Claro que no.
—¿Sabe él que lo quieres?
Buena pregunta. Ella diría que sí, pero no podía estar segura. Nunca habían hablado de sus sentimientos.
—No se lo dije nunca con palabras, pero yo creo que sí —contestó.
—Eso no es suficiente. En cuanto llegue yo el martes, te plantas en su oficina y le dices lo que sientes. Así, si los dos llegan a la conclusión de que no pueden vivir el uno sin el otro y quieren salir volando a Las Vegas yo podré ocuparme de la empresa mientas los dos se divierten en la ciudad del pecado.
Lucero no pudo evitar reírse.
—Sí, claro. ¿Y si Fernando me dice que me vaya muy lejos?
—Entonces te demostraré lo adulto que puedo llegar a ser y me comeré contigo medio kilo de helado y te daré la mano mientras lloras.
¿De verdad tenía que hacer algo así? ¿Debía intentarlo de nuevo con Fernando?
¿Habría renunciado a él con demasiada facilidad? No estaba segura. Lo único que sabía con seguridad era que nunca se lo perdonaría si no lo intentaba.

Con la decisión tomada, le dijo a su hermano:
—Si el lunes por la mañana veo tu cara asomar en la oficina, lo haré. Hablaré con Fernando.
—Confía en mí, pequeña y no lo lamentarás.
Ojalá tuviera razón.




Fernando se quedó mirando a Debra por encima del mármol de su mesa. Tenía una expresión medio divertida, medio sorprendida.
—Me estás pidiendo mucho, Fernando. No me malinterpretes, porque en parte me encanta la idea. Pero es que es demasiado precipitada. No estoy segura de que podamos ponerla en marcha en tan poco tiempo.
—Debra, soy un experto en obrar pequeños milagros. Si dices que sí, podré hacerlo funcionar.
Debía pensar que estaba loco y quizás estuviera en lo cierto.
—¿Estás seguro de que no vas a terminar haciendo el ridículo? —le preguntó Debra, jugando con un bolígrafo sobre la mesa—. Yo soy tan romántica como cualquiera, pero se me ocurren un montón de razones por las que te puede salir mal.

Fernando sabía que tenía razón. Mil cosas podían salir mal y la primera podía ser que Lucero lo mandara de paseo. Pero tenía que intentarlo y después de haberla dejado plantada sin más, tenía que hacer un gesto importante que demostrara que era sincero y por eso estaba dispuesto a hacer el ridículo.

—La quiero, Debra y si me dices que no lo entenderé perfectamente, pero creo que a Amante le vendría bien la publicidad.
Debra lo miró pensativa y Fernando contuvo la respiración mientras esperaba su respuesta. No iba a hacer aquello por Amante, pero sabía que la colonia se llevaría una publicidad fantástica si su idea funcionaba.
Lo único que a él le importaba era Lucero. ¿Lo aceptaría? Y si no, ¿qué iba a hacer?
Mejor no pensar en eso.
—¿Es que los anuncios no han funcionado? —insistió—. ¿Es que las ventas no van como esperabas?
Ella enarcó una ceja de dibujo perfecto.
—Ya sabes que Amante es un éxito gracias a la campaña, así que no pretendas que te regale el oído. Mi única preocupación es el impacto que puede sufrir el perfume si ella te dice que no.
Debra tenía razón. Si la prensa se hacía conocedor de aquello y Lucero le decía que no, Amante no saldría favorecido.
—Es un riesgo —admitió. Necesitaba ser sincero con ella.
—¿Un riesgo que tú estás dispuesto a correr? —preguntó Debra.
—Sí.
—Ya. ¿Y qué opinan tus socios de Markland y Jacobs? Si las cosas salen mal, no repercutiría positivamente en su negocio.
Fernando se encogió de hombros.
—Ya he renunciado. Las cosas no estaban saliendo como yo creía que debían salir —se inclinó hacia delante en su silla, ansioso por conocer su decisión—. Necesito intentarlo. Puedo vivir con haberme equivocado, pero no sin haberme atrevido a intentarlo.
La expresión de Debra fue suavizándose poco a poco, hasta que al final se echó a reír.
—Está bien. Soy una dejada, pero qué le vamos a hacer. Lo hago sólo porque sé que te va a decir que sí; luego volverás a D&S y mi empresa estará en buenas manos.
—Lucero se está ocupando ya de tu empresa. Siempre has estado en buenas manos.
Ella sonrió.
—Sí, lo sé. Lucero ha resultado ser todo un talento para la publicidad. La semana pasada me reuní con ella y tenía unas ideas geniales —apoyó la barbilla en la palma de la mano y lo miró detenidamente—. Pero la verdad es que me gusta la idea de que vuelvan a trabajar los dos para mí. Esta campaña ha sido pura magia desde el principio y quién sabe lo que podrían encontrar los dos juntos.
—Exacto.
—Entonces, trato hecho. Esperemos que Amante se vea beneficiado con todo esto.
—Eso espero. Pero si ella me rechaza, podrás decir que los chicos que usan Amante son lo bastante valientes para ir tras lo que quieren en la vida.
Ella repiqueteó con sus uñas rojo sangre sobre el mármol de la mesa.
—Tienes razón. Eso también enviaría un mensaje muy positivo. Bueno, estoy dispuesta a ayudarte, Fernando. Esperemos que Lucero se dé cuenta de lo afortunada que es.
—Yo soy el afortunado, Debra —le dijo con toda sinceridad—. Lucero es la mujer que siempre he estado esperando.
Riendo, Debra descolgó el teléfono.
—Entonces, manos a la obra. ¿Quién soy yo para interponerme en el camino del amor verdadero?




—No lo vas creer —dijo Carla, entrando como una gacela en el despacho de Lucero el lunes por la mañana, poco después de las siete—. Es alucinante.

Lucero se frotó la frente. Ojalá desapareciera el dolor de cabeza. Llevaba en la oficina desde las cinco, intentando ponerse al día con el papeleo, pero en realidad había llegado pronto porque no podía dormir. Llevaba días sin dormir bien. Sólo sabía pensar en Fernando.
En cuanto Antonio llegara, se iría de cabeza al despacho de Fernando para decirle que lo quería, a pesar de que, en el fondo, estaba muerta de miedo.

—¿Qué es lo que no voy a creer? —le preguntó a Carla, recostándose en su silla—. ¿Que Toño ha vuelto? Ya lo sabía.
Carla sonrió.
—Ya está aquí. Está instalándose. Pero eso no es lo que te quería decir. ¿De verdad no lo has visto al venir hacia aquí esta mañana?
—He llegado a las cinco, así que todo estaba oscuro como la boca del lobo. ¿De qué se trata?
Carla sonrió aún más.
—¡Ah, no! No pienso decírtelo. Vas a tener que verlo por ti misma. Ven.
Y tiró de su mano, pero Lucero se negaba a salir del despacho.
—Carla, tengo muchísimo trabajo. Además, tengo que hablar con Antonio. ¿Es que no puedes esperar?

Lucero no quería ser grosera, pero aquella mañana era la peor del mundo para andar haciendo tonterías con ella y con Celeste. Tenía que preparar su encuentro con Fernando.

Antonio asomó la cabeza.
—¿Ya lo ha visto? —cuando Carla contestó que no con la cabeza, se volteó a ver a Lucero—. Hola, Lucero. Me alegro de verte. Vamos, sal a verlo.
Lucero suspiró resignación.
—Antonio, no tengo tiempo para tonterías. Además, tú y yo tenemos que hablar —él se limitó a sonreír, lo que hizo crecer la frustración de Lucero—. Ya sabes que tengo mucho que hacer esta mañana.
En lugar de parecer arrepentido, su sonrisa se hizo aún más brillante.
—Confía en mí, Lucerito. Tienes que ver esto.

Suspirando una vez más, Lucero se dio cuenta de que nadie iba a escucharla hasta que no les hiciera caso.

—Está bien. Enséñenme lo que sea que quieran que vea. Tengo que volver al trabajo.
Antonio y Carla se echaron a reír y cuando salieron al vestíbulo, Celeste los estaba esperando.
—Esto va a ser genial —dijo Carla.

Debían haber perdido la cabeza todos a la vez. Un comportamiento como aquel era propio de su hermano, pero no de Carla y Celeste. Aun así, salió con los tres a la calle y cuando Carla señaló una de las vallas publicitarias que había junto a un restaurante de comida rápida, Lucero gimió. ¿Para eso la habían hecho salir?
—La he visto al venir y no podía creérmelo —Carla estaba a punto de saltar—. ¿Quién iba a imaginarse que Fernando fuese a hacer algo así?

Lucero supo antes de mirar que aquella valla tenía uno de los anuncios de Amante. Herve había salido la semana anterior, así que levantó la mirada esperando verlo. Entonces fue cuando se dio cuenta.
Fernando. Era Fernando quien aparecía en el anuncio. En un anuncio de Amante.
Dio un par de pasos hacia la valla. Como en los demás anuncios, Fernando llevaba en la imagen de la izquierda unos vaqueros y una camiseta. Estaba guapísimo, pero a la derecha, aparecía en esmoquin y estaba como para causar infartos. Lucero sintió que se quedaba sin respiración.

El texto era el de todos los demás anuncios, pero en lo alto, en letras grandes, se leía:

"Un verdadero Amante sabe cuándo se ha equivocado." Y un poco más abajo, concluía: "Lucero, te quiero. ¿Quieres casarte conmigo?"

Las lágrimas le rodaron por las mejillas mientras contemplaba el anuncio. ¿Cómo había ocurrido algo así? ¿Cuándo habría decidido que la quería?
Miró a Antonio, que se acercó y le pasó un brazo por los hombros.
—Me parece que el muchacho ha recuperado por fin la cabeza. Ahora te toca a ti, Lucero. Ve por él.

Un plan excelente. Lucero lo besó sonoramente en la mejilla, se despidió de Carla y Celeste y subió a toda velocidad a su despacho con la intención de encontrar a Fernando. Con la necesidad de encontrarlo.
¡Dios del cielo! ¿De verdad querría casarse con ella?
Los dedos le temblaban al marcar el número de su despacho, pero la mujer que le contestó dijo que Fernando no estaba allí. Ya no se molestó en llamar a ningún sitio más. El instinto le dijo dónde encontrarlo. Recogió el bolso y las llaves y salió a toda prisa hacia el coche.
Hacia Fernando.

El tiempo que tardó en llegar a su apartamento le pareció una eternidad, lo mismo que el ascensor. Luego por fin, por fin, llegó ante su puerta.
Lucero llamó a la puerta con una tremenda tensión en su interior.
Aunque en el anuncio decía quererla y que deseaba casarse con ella, no podía evitar sentir ansiedad. Quería oírselo decir de viva voz.

Pasó un minuto y no abrió y preguntándose dónde podía estar, volvió a llamar a la puerta.
—Vamos, vamos, por favor… ábreme —murmuró, llamando por tercera vez. Estaba a punto de llamar por última vez cuando la puerta se abrió y se encontró frente a un pecho muy masculino y muy desnudo.
—Hola, Lucero —la saludó.
Iba a retirar la mano antes de que pudiera establecer contacto con su pecho, pero no lo hizo y con una leve sonrisa, se rindió a la tentación de acariciar toda aquella piel bronceada. Sin dejar de mirarlo, recorrió el camino de sus músculos hasta llegar a la cintura de sus vaqueros.
—Hola, Fernando.
—Me alegro de servirte de entretenimiento —dijo, riendo.
Lucero consiguió por fin apartar la mirada de su cuerpo y mirarlo a los ojos. Tenía el pelo revuelto, lo cual indicaba sin duda alguna que acababa de sacarlo de la cama.
—Te quiero —dijo sin más.
Fernando sonrió, tiró de ella y cerró la puerta.
—Yo también te quiero. ¿Estás aquí por lo que yo creo que estás aquí?
A pesar de lo mucho que deseaba echarse en sus brazos y decirle que sí, que se casaría con él, primero necesitaba comprender por qué había cambiado de opinión.
—Estoy aquí por el anuncio —le confirmó.
Necesitaba separarse un poco de él, así que entró y se sentó en una de las sillas de piel.
Igual que aquella mañana de unos cuantos meses atrás, Fernando se sentó en el sofá y le dedicó una de sus devastadoras sonrisas.
Lucero miró a su alrededor.
—¿Has tenido tiempo de recoger todos los sujetadores y las bragas antes de que yo llegara? —bromeó.
Fernando se rió.
—Pero puedes dejar los tuyos regados por la habitación cuando quieras.
Había una posibilidad de que eso llegara a ocurrir, pero antes, las preguntas.
—¿Por qué has hecho lo del anuncio? ¿Y cómo lo has hecho? Debra te va a matar.
—Debra me ha ayudado a hacerlo. Y en cuanto a por qué, es muy sencillo. Porque siento haber tardado tanto en comprenderlo todo. Llevo mucho tiempo enamorado de ti y necesitaba demostrarte mis sentimientos. Tenía miedo de que no me creyeras, porque no siempre me has creído, así que hablé con Debra, le expuse la idea y ella accedió a ayudarme.
—Me parece una idea maravillosa.
—Puede que no te lo parezca tanto cuando los periódicos y la tele decidan que somos unos románticos y quieran entrevistarnos.
El amor la llenó. No podía creer que fuese tan afortunada.
—No me importa. Yo también pienso que es muy romántico —entonces decidió hacerle la pregunta que realmente quería hacerle—. ¿Sientes de verdad todo lo que dice en el anuncio?
Fernando se levantó y fue junto a ella. Una vez allí, sonriendo, se puso de rodillas.
—Lucero Hogaza, te quiero. Te adoro. Te amo. No puedo imaginarme la vida sin ti. ¿Quieres casarte conmigo?
Lucero sintió que la respiración se le quedaba atascada en la garganta.
—Sí —fue todo lo que pudo decir.
Pero fue suficiente.



—¿Qué pensarán tu madre y tu hermana de que nos casemos? ¿Crees que les molestará? —preguntó Lucero mucho después. Estaba sentada en la cama de Fernando, la espalda apoyada en la cabecera, comiendo los huevos revueltos que habían preparado poco antes. Era tarde, más de las diez de la noche y aquella era su primera oportunidad de hablar.
Aquella mañana, cuando ella aceptó su declaración, él la había tomado en brazos para llevarla a la cama y le había hecho el amor durante horas.
Lucero se envolvió en la esponjosa bata de baño que le había dejado él y lo miró.
—Mi madre y Katia están encantadas —dijo él, tras terminar lo que le quedaba en el plato y dejarlo en la mesilla—. Conocían mi plan. De hecho, en gran parte fue idea de ellas. Mi madre en particular pensó desde un principio que era un imbécil por dejarte escapar.
—Me alegro, porque quiero que sean felices.
—Lucero, ¿eres consciente de que ellas siempre serán una parte importante de mi vida? Aun cuando estemos casados, querré seguir ayudándolas. Le prometí a Katia que le pagaría la carrera, aunque ha accedido a vivir en casa de mi madre mientras termina para reducir los gastos. También quiere buscarse un trabajo a tiempo parcial, pero con eso no podría pagarse las clases. Sigue necesitando mi ayuda.
—Por supuesto. Además, tengo el trabajo perfecto para ella. Helena sólo quiere trabajar media jornada cuando vuelva, así que Katia podría trabajar la otra media.
—Me parece perfecto, pero aun así los gastos de la universidad seguirán siendo altos.
—El dinero no será un problema, porque ganas una buena cantidad en tu trabajo nuevo.
La expresión de Fernando era de no haber roto un plato.
—Es que… verás yo antes pensaba que ser socio de Markland y Jacobs sería estupendo —tiró del cinturón de la bata de Lucero, pero no consiguió desatarlo—. Y lo cierto es que detesto ese trabajo.
—¿Por qué? —casi sin poder hablar, porque él había metido una mano por dentro de la bata.
—Te echaba de menos. Echaba de menos D&S.

Y siguió con su exploración. Pero Lucero quería respuestas, así que le dio unos golpecitos en el hombro.
—Un momento. No puedo concentrarme si sigues haciéndome eso.
Lucero se echó a reír. Era más feliz que nunca.
—Te advierto que no me gustaría pensar que eres capaz de hacer un balance de tu cuenta mientras te hago el amor.
—Imposible. Ni siquiera puedo coordinar mis pensamientos cuando me haces el amor —dejó el plato en la mesilla y pasó los dedos por el pelo de Fernando—. Así que echas de menos D&S, ¿eh? ¿Quieres recuperar tu trabajo anterior?
Fernando la besó.
—Sí.
—No he tenido oportunidad de decírtelo, pero Antonio ha vuelto.
—Genial —contestó, besándola en la frente.
—Y la buena noticia es que he encontrado tres clientes nuevos. Además, Carla, Celeste y yo hemos terminado la primera serie de anuncios para CPA.
—Estupendo —tiró de nuevo del cinturón hasta que consiguió desatarlo—. Y no necesitamos buscar financiación. Jeff Markland va a contratar nuestro trabajo.

Tras ayudarla a que se quitara la bata, se desprendió él de los calzoncillos que se había puesto para preparar la cena. Luego, desnudo, se volvió a meter en la cama y la abrazó.

—Cuánto te he echado de menos. Te quiero de verdad, Lucero. Jamás me había imaginado que llegaría a querer casarme y tener una familia, pero ahora lo deseo contigo. Lo eres todo para mí.
Lucero sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Yo también te quiero. No sé cómo decirte lo feliz que me has hecho.
Fernando sonrió con dulzura.
—Quiero pasarme el resto de la vida haciéndote feliz.
Y aquella vez su beso estuvo lleno de pasión, amor, promesas y sueños. Y cuando por fin se separaron, Lucero le dio un golpe suave con el codo. Ya estaba bien de hablar. Quería un poco de acción.
—Oye, "Amante", teniendo en cuenta lo enamorados que estamos el uno por el otro, ¿no crees que ya es hora de que vuelvas a hacerme el amor?
Fernando sonrió.
—Cariño, será un placer. Aquí te dejo un par de palabras. Si me las pongo en los ojos, me delatan. Si las guardo entre los labios, se me escapan. Aquí las dejo. En estas sábanas, en esta cama. Gracias por recordarle a mi alma que la orilla está en tu piel. Te lameré hasta que tu piel sea mi lenguaje.
—Hasta que no recordemos nuestros nombres.—dijo ella.

Y volvieron a amarse...sabiendo que serían felices el resto de sus vidas.

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