—¿Sabes? Recuerdo el día que fui a tu departamento para hablarte de la cuenta de Perfumes Desire —avanzó con la mano sobre su piel, deteniéndose brevemente en el vello de su pecho—. Me costó mucho hablar contigo porque tu pecho me distraía.
—¿De verdad? Quién lo diría —sonrió—. Hombre, puede que la forma en que me mirabas fijamente te delatase un poco, pero de no ser por eso, ni me lo habría imaginado.
Ella se echó a reír.
—Pues sí, tengo que reconocer que tu pecho era una poderosa distracción —tras volver a deslizar la mano sobre su pecho, llegó a sus pantalones—. Pero en realidad, eran tus vaqueros los que se llevaban toda mi atención.
Fernando sonrió y la besó en la sien.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué?
—Pues porque se te caían cada vez más de las caderas. Y más. Y más. Estaba esperando que se te cayeran de un momento a otro.
Él la miró a los ojos.
—En aquel punto de nuestra relación, estoy muy seguro de que habrías salido gritando de allí.
—No te creas —Lucero se debatió un momento, sin saber hasta qué punto debía ser sincera, pero al final decidió no ocultárselo—. Llevaba deseándote mucho tiempo.
Él pareció sorprenderse de verdad.
—Yo creía que no te gustaba nada. De hecho, en más de una ocasión me lo dejaste muy claro.
—Y yo no he dicho que me gustaras. Lo que he dicho es que te deseaba.
—Ah, vaya. Gracias por no herir mis sentimientos. ¿Y ahora te gusto?
Lucero hubiera querido decirle que mucho más, pero sabía que en su relación no podía hacerle aquella clase de confidencia.
—Sí, claro, mucho. Pero también sigo deseándote. Un montón. Estás como un queso, ¿te suena? —le recordó entre risas—.Yo no soy distinta a las demás mujeres.
Él se rió y tomó su cara entre las manos.
—Sí que lo eres. Completamente distinta a las demás mujeres que he conocido.
Antes de que ella pudiera contestar, la besó despacio y cuando finalmente se separaron, el deseo brillaba en sus ojos.
—Yo también te deseaba —confesó él después de quitarle el vestido.
Lucero se quedó sorprendida. No tenía ni idea. Se pasaba la vida riéndose de ella.
—Yo creía que te parecía una estrecha.
—Pero sabía que había fuego dentro de ti —le desabrochó el sujetador y la ayudó a quitárselo—. Sabía que hacer el amor contigo sería increíble.
Lucero se puso de puntillas y volvió a besarlo. Nunca había besado a un hombre que supiera tan bien. Podría estarse besándolo toda la vida.
—Antes de ti, el sexo me resultaba un poco… extraño.
Fernando la empujó suavemente hacia la cama y cuando llegaron al colchón, Lucero se sentó. Fernando se quedó de pie ante ella y Lucero sonrió.
—Espera un momento… he tenido una fantasía contigo que empieza así.
Fernando estaba a punto de sentarse junto a ella pero se detuvo.
—¿Te importaría explicarte? —le pidió.
Con cualquier otro hombre, Lucero no habría tenido el valor de contarle su fantasía, pero con Fernando todo era distinto. Sabía que podría darle cualquier cosa que le pidiera.
—¿Seguro que quieres saberlo?
Fernando le dedicó una de sus sonrisas más sexys.
—Cariño, estoy dispuesto a hacer todo lo que quieras.
Aquella invitación era todo lo que necesitaba. Lucero respiró hondo y muy despacio le bajó la cremallera de los pantalones.
Cuando deslizó la mano dentro, él se agachó y le dijo en voz baja:
—¿Buscabas algo en particular?
Lucero sonrió al tiempo que rodeaba su pene con la mano y comenzaba a acariciarlo muy lentamente. Con un gemido profundo y placentero celebró Fernando que le quitase la ropa y cuando estuvo desnudo delante de ella, encarnando el sueño de cualquier mujer, volvió a tomar su erección en la mano.
—Lucero, será mejor que…
Pero ella le hizo callar.
—Esta es mi fantasía, no la tuya.
La respuesta de Fernando fue un estremecimiento y otro gemido cuando ella se introdujo su pene en la boca.
—Te equivocas, cariño —le dijo casi sin voz—. Esta fantasía también es la mía.
Aquellas fueron las últimas palabras que pronunciaron durante un rato y sólo más tarde, Fernando se unió a ella en la cama. Sin dudar, Lucero se subió sobre él y se sentó sobre su pene para empezar a cabalgar sobre él, mientras Fernando se aferraba a sus pechos. Lucero sabía que había mucho más que sexo entre ellos. La ternura estaba presente en su mirada, mezclada con la pasión abrasadora del deseo. Puede que no quisiera admitir que sentía algo por ella, pero era fácil leerlo en su rostro.
—Lucero —gimió él.
Se besaron frenéticos, empujados por la tensión que creía en su interior, hasta que Lucero no pudo más y se separó de sus labios para moverse con deliberada urgencia, al ritmo de las caderas de Fernando, hasta que ambos alcanzaron el orgasmo.
Después, se dejó caer sobre su pecho, más feliz de lo que lo había estado en toda su vida.
—Madre mía —murmuró, besándolo en el pecho—. Eres un hombre increíble, Fernando Colunga.
Sintió más de lo que oyó su risa en el pecho.
—Me alegro de que te acuerdes de mi nombre, porque yo lo había olvidado.
Fernando acariciaba el pelo de Lucero mientras su corazón iba recuperando el ritmo normal. Lucero creía que era increíble. ¿Por qué? ¿Porque era capaz de hacerla gemir de placer?
Se sentía inquieto por lo que acababan de sentir. Para él, el sexo no había sido así nunca.
Tan intenso, mucho más allá del simple placer físico de otras ocasiones. Era como si estuviera descubriendo todos los rincones oscuros y solitarios de su alma y los llenara de luz. Cada vez que estaba con Lucero, sabía que entre los dos había mucho más que sexo.
En parte se debía al hecho de que Lucero lo quisiera. Podía verlo en la forma en que lo miraba. Bueno, puede que no siempre, porque de vez en cuando seguía siendo el destinatario de una de esas miradas suyas de reprobación, pero la mayoría de ocasiones su amor por él brillaba como un anuncio de neón. Su madre lo había visto. Luanne, también.
Lo cual le planteaba un problema: ¿qué clase de bastardo sería si siguiera disfrutando del sexo con ella sabiendo que Lucero estaba enamorada de él? Iba a sufrir cuando todo aquello terminara. E iba a terminar. Sus relaciones siempre se rompían, más tarde que temprano.
Pero imaginar no volver a ver a Lucero le provocaba un dolor sordo en el pecho. No estaba enamorado de ella, pero sí que le importaba. Era una mujer dulce y divertida y sobre todo era capaz de extraer lo mejor de él. Tenía que asegurarse de que no le pasara nada cuando su tiempo juntos tocara a su fin.
Se movió para quedar tumbado al lado de ella y se acurrucó junto a su cuerpo.
—Cariño, quiero decirte que esto que estamos compartiendo…
—Ah, no. Tengo la impresión de que vas a echarme el sermón de si sé lo que estoy haciendo y todas esas cosas y me lo estoy pasando de maravilla contigo, así que haz el favor de no ponerte serio, ¿vale?
No consiguió convencerlo ni durante un segundo. Lucero podía fingir todo lo que quisiera no estar enamorada de él, pero él sabía que no era así. Una de las cosas que había aprendido en aquellas últimas semanas era cómo interpretarla y sabía que no se equivocaba.
Lo mismo que sabía que iba a sufrir, así que tenía que volver a intentarlo.
—No quiero que termines…
Ella volvió a interrumpirle con un beso en los labios.
—No. No me hagas esto, Fernando. ¿Es que no podemos estar juntos sin más, al menos hasta que acabe la campaña de Amante? Luego ya tendremos tiempo de sentarnos y hablar largo y tendido. Pero hasta entonces, ¿no podemos limitarnos a disfrutar? Nunca me había sentido antes como me siento contigo y no me puedo imaginar vivir mis fantasías con ningún otro. ¿Tan malo es que quiera que lo que estamos compartiendo dure un poco más?
Fernando la besó con ternura. No, lo que estaba pidiendo no era malo, aunque no podía evitar sentirse egoísta, porque si fuese un hombre bueno, debería alejarse de ella. Un hombre bueno no le partiría el corazón.
Pero él no era ese hombre. Tanto si estaba bien como si no, iba a aceptar su ofrecimiento.
—Sí—dijo al terminar el beso.
En lugar de ponerse solemne, Lucero sonrió como si acabara de darle un regalo de Navidad.
—¿Sí? ¿Eso es todo lo que se te ocurre decir? ¿El tipo creativo de la agencia y lo único que se te ocurre decir es "Sí" cuando te digo que quiero hacer realidad mis fantasías contigo?
Fernando se echó a reír y la colocó sobre él.
—¿Qué te parecería "Yupi"?
Lucero suspiró aburrida y Fernando se rió aún más y cuando cubrió un pecho con su mano, la inspiración le llegó.
—¿Qué te parecería si dijera pasmoso, magnífico, sobresaliente, colosal…
Esta vez fue Lucero quien se rió.
—Así está mejor. Me gusta el entusiasmo.
—Y a mí me gusta complacer —dijo, un instante antes de besar su seno—. Me gusta complacer.
Lucero estudió detenidamente las fotografías que tenía sobre la mesa del último modelo de Amante, Will LaFontaine. Aquel muchacho era verdaderamente fotogénico. Perfecto para la campaña.
Aun no se podía creer lo bien que les había salido todo en Nueva Orleans. Después de haberse registrado en el hotel, un botones había subido en el ascensor con ellos. De camino, Fernando y él habían charlado sobre el verano tan caluroso que estaban teniendo y el muchacho contestó que en el centro de la tercera edad en el que trabajaba como voluntario los abuelos le contaban historias de veranos verdaderamente fatales.
Fernando miró a Lucero, Lucero lo miró a él y empujó un poco el carro del equipaje para mirar al joven. Guapo. Muy guapo.
En cuestión de minutos, habían diseñado la campaña para él y más tarde, cuando Will salió de trabajar, se reunieron con él en el centro de la tercera edad y supieron que llevaba tres años trabajando allí como voluntario.
Demasiado perfecto.
Debra se había mostrado encantada con el último "Amante", sobre todo porque les había costado tan poco encontrarlo. Y se mostró doblemente encantada cuando los primeros anuncios en los que aparecía Tyler empezaron a verse en vallas y revistas de todo el país.
Las cosas iban excepcionalmente bien, lo cual ponía un poco nerviosa a Lucero. En su experiencia, la vida nunca iba tan bien y era sólo cuestión de tiempo que algo empezase a torcerse.
Aunque quizás su miedo se debiera al temor de que llegara el día en que Fernando y ella tuvieran que empezar a distanciarse. Él sabía que ella lo quería, eso estaba claro. Y estaba preocupado porque fuese a pasarla mal, lo cual le hacía quererlo aún más. Con cada día que pasaba, sentía que él se angustiaba más y más con el futuro de su relación.
Fernando era un buen hombre y no quería aprovecharse de ella.
Pero era ella quien quería aprovecharse de él. Durante toda su vida había sido ella quien se preocupaba por las cuentas, por los sentimientos de los demás. Fernando era su escapada al lado salvaje. No iba a durar y lo sabía, lo mismo que era consciente de que iba a pasarla mal cuando terminara, pero mientras tanto, estaba decidida a disfrutar de cada segundo. Luego, cuando rompieran, tendría un montón de momentos brillantes que recordar.
Y lo más importante de todo, era que su relación con Fernando la estaba volviendo más fuerte. Se sentía libre y osada estando con él. Ya no se conformaría con minucias.
Gracias a él, sabía que era una mujer vital y sensual que se merecía todo lo que la vida pudiera ofrecerle.
Con unas cuantas fotos de Will, se dirigió al despacho de Fernando. Acababa de llamar a la puerta y estaba abriendo cuando se dio cuenta de que no estaba solo. Una mujer joven de cabello oscuro estaba sentada a una de las sillas de su mesa.
—¡Ay lo siento! —dijo, dando un paso atrás.
—Pasa, pasa —le dijo él—. Te presento a Katia, mi hermana.
Lucero se acercó y estrechó la mano de Katia. De cerca, se apreciaba fácilmente el parecido entre ambos. Como su hermano, Katia tenía el pelo negro como el ébano y unos vivos ojos azules.
—Hola, Lucero. He oído hablar de ti —dijo Katia, sonriendo—. Mi madre aún no se cree que seas capaz de aguantar a mi hermano. Me ha dicho que eres tan agradable que no sabe cómo no lo has tirado aún por la ventana.
—Vaya, hombre —protestó Fernando, fingiendo molestarse—. ¿Es esa forma de hablar de un hermano?
La sonrisa de Katia se hizo más brillante.
—¿De un hermano que además paga las facturas? Mmm… veamos, déjame pensar —miró a Lucero—. Eres muy afortunada por trabajar con un hombre tan maravilloso como Fernando. Es un verdadero ángel. Un genio creativo que podría encontrar trabajo en cualquier parte.
—Creativo sí que es —contestó Lucero, mirando brevemente a Fernando—. Muy creativo.
—Lo sé. De hecho, era tan popular en su trabajo anterior que Jeff Markland, el presidente de la empresa para la que trabajaba antes, intentó convencerlo en varias ocasiones de que no se marchara, así que considérate afortunada. Podría estar ganando millones si se hubiera quedado en Markland y Jacobs. Y ya que hablamos de ello, sería una millonada que a mí me vendría de perlas para un coche.
Katia se giró a ver a Fernando riendo.
—¿Qué tal lo hago? ¿Crees que ya la he impresionado?
—Es imposible que tú seas mi hermana —se quejó—. Mamá debe de habernos engañado.
Lucero sonrió. Era genial verlos hablar así, pero no por ello pasó por alto lo que Katia había dicho. Fernando había dejado un trabajo con una remuneración elevada para irse a trabajar allí. Si ayudaba económicamente a su madre y a su hermana, trabajar allí debía hacerle ir muy justo de dinero.
Cuando los hermanos empezaron a discutir sobre si Katia necesitaba o no un coche, Lucero se disculpó y volvió a su despacho. De camino, pasó por el escritorio de Helena a ver qué tal iba. Faltaban sólo tres semanas para que naciera el niño y su recepcionista se movía con lentitud.
—Hola. ¿Qué tal se está portando hoy el enano? —le preguntó.
Helena se frotó los riñones.
—Aquí anda, jugando al fútbol.
Lucero se sentó.
—Creo que ya es hora de que empieces a considerar quedarte en casa. Sé que dijiste que sólo querías tomarte seis semanas después del nacimiento del niño, pero puede que no sea suficiente.
—Lo sé. Yo también estoy empezando a pensar lo mismo. Esta tarde tengo que ir al médico y ya veremos lo que dice él.
—Si lo que te preocupa es el sueldo —le ofreció Lucero—, Fernando y yo hemos estado hablando de ello en el viaje a Nueva Orleans. Te daremos dos semanas más de baja por maternidad pagadas por la empresa.
—Eso es genial —dijo Helena sonriendo—. No sé cómo decirte lo mucho que te lo agradezco —se levantó para darle un beso y un abrazo a Lucero, algo nada fácil en su estado—. Fernando y tú están siendo maravillosos conmigo; primero me compraron la cuna y ahora esos días de más.
—No tiene importancia —dijo y cuando Helena se sentó vio que tenía los ojos llenos de lágrimas—. Nos preocupa tu bienestar. Queremos asegurarnos de que el bebé y tú estén bien.
Helena tomó la mano de Lucero y se la puso sobre la panza.
—Mira que patadas da. Va a ser un futbolista.
Lucero contuvo una sonrisa. Desde que el bebé había empezado a moverse, Helena solía poner la mano de todo el mundo en su panza para que lo sintiera. Y en aquella ocasión, cuando el bebé dio una patada bajo su mano, Lucero sintió algo distinto. Algo más profundo. Una alegría mezclada con tristeza. Aunque estaba encantada por Helena y su marido, se dio cuenta en aquel instante lo mucho que le gustaría ser madre. Quería sentir una vida creciendo dentro de ella. Quería sentirse tan querida por un hombre que deseara tener un hijo suyo.
Sorprendida por la intensidad de aquellos sentimientos, apartó la mano.
—No te olvides de contarme lo que te diga el médico esta tarde —le dijo a su empleada.
—Lo haré —contestó Helena.
Lucero entró en el despacho y cerró la puerta. Normalmente la tenía siempre abierta, pero necesitaba un poco de tiempo para pensar. Según Katia, el jefe anterior de Fernando le había pedido que se quedara con ellos y al saber cuánto dinero ganaba antes y lo mucho que al parecer habían lamentado su marcha, no pudo imaginar cómo lo habría convencido su hermano de que se uniera a D&S Advertising.
Se sentía aún peor al saber que había abandonado un trabajo tan lucrativo para terminar después teniendo que hacer frente a una situación no deseada. Pero lo que más le molestaba de lo que había dicho Katia, era saber que Fernando tenía asumida la responsabilidad de mantener económicamente a su madre y a su hermana. Ganaba lo mismo que ella, que no era mucho en aquel momento y seguramente tendría todos sus ahorros invertidos en la empresa.
Trabajar allí tenía que estar siendo muy difícil para él.
D&S tenía que crecer mucho más para que Fernando llegara a cobrar una cantidad sustancialmente mayor y si ella abandonaba la empresa aun sabiendo que contaba con otros inversores, el futuro de la empresa sería precario. ¿Cómo podía abandonarlo en una situación así? Además, después de todo lo que habían conseguido hacer durante aquellas últimas semanas ya no estaba segura de querer marcharse de la empresa.
Disfrutaba con la sensación de tener ideas propias que podían ponerse en marcha.
Era una novata en el negocio, por supuesto, pero se la estaba pasando muy bien. Sabía que en parte esa sensación se debía al hecho de estar con Fernando, pero aquella no era la única razón. Le gustaba formar parte de algo creativo.
La pregunta era la siguiente: si no permitía que Fernando le comprara su parte de la empresa, ¿podría seguir trabajando con él después de que rompieran? ¿Cómo sería verlo día tras día y saber que ya no podría volver a tocarlo o a besarlo? ¿Podría soportar no volver a reír y a desearle cuando entrase en su despacho para atormentarla con todas las cosas maravillosas que pensaba hacerle al finalizar el día, cuando estuvieran solos?
¿Y qué ocurriría si llegaba a salir con otra mujer? ¿De verdad sería capaz de sonreír y decirle algo agradable a la siguiente mujer que se acostase con Christopher?
Imposible.
Alguien llamó con firmeza a la puerta.
—Adelante.
Fernando entró y cerró.
—¿Qué pasa? ¿Estás bien?
Se acercó a su mesa mientras Lucero se preguntaba si debía o no ser sincera con él. ¿Lo entendería si le dijera que quería quedarse en la empresa pero que no podría soportar seguir trabajando con él cuando ya no hubiera nada entre ellos? ¿O debería admitir que le preocupaba que tuviera tantas personas a su cargo?
Pero en vez de todo aquello, se limitó a levantarse y a besarlo, poniendo todo su amor en ello.
Cuando el beso terminó, Fernando sonrió.
—Wow. ¿Qué he hecho para merecer algo así?
Ella le acarició la mejilla. Era tan guapo y le encantaba cuando la miraba como en aquel momento. Como si fuese la única mujer en el mundo.
—Te admiro —dijo con suavidad y sin apartar la mano de su mejilla—. Eres un hombre verdaderamente dulce.
Fernando cubrió la mano con la suya.
—¿De verdad lo crees?
—Sí.
Su sonrisa le desbocó el latido del corazón.
—¿En serio? Entonces mi plan está funcionando. He conseguido convencerte de que soy un tipo genial. Así me resultará mucho más fácil hacer lo que quiera contigo.
La tristeza que se había apoderado de su ánimo se evaporó.
—Oye, te he dicho que eres dulce, nada de que piense dejar que te salgas con la tuya, sea cual sea.
Fernando jugó con el botón de arriba de su blusa de seda.
—Lo encuentro un poco difícil, porque te conozco bien. Sé dónde te gusta que te toque, así que en diez minutos, estarás comiendo de mi mano.
—¿Diez minutos? Mucho me parece —ya estaba deseando sus caricias, sus besos—. No tengo tiempo para que me lo demuestres ahora, pero estoy dispuesta a dejar que lo intentes esta noche.
—Tengo tu palabra.
Ella fue a besarlo de nuevo, pero él se lo impidió.
—¿Estás bien? —insistió.
Su tono serio la sorprendió.
—Claro. ¿Por qué lo preguntas?
Fernando la besó en la nariz.
—Parecías un poco triste cuando entré. ¿Hay algo que yo deba saber? A lo mejor puedo ayudar.
Lucero se sentó en su silla y Fernando se acomodó en el borde de la mesa.
—¿Qué pasa?
Lucero respiró hondo.
—He estado pensando en lo que pasará con la empresa cuando hayamos encontrado financiación adicional. Necesitamos expandirnos y si me llevo el dinero, no podrás crecer del modo que es necesario hacerlo si se quieren conseguir clientes importantes. El mundo de la publicidad es muy competitivo. Tendrás que explotar el éxito de la campaña de Desire y si compras mi parte, no te quedará dinero.
Fernando no apartó la mirada ni un instante de ella. Ojalá pudiera saber lo que estaba pensando, pero su expresión no delataba nada.
—¿Estás diciendo que quieres quedarte con D&S?
Lucero suspiró.
—Si quieres que te diga la verdad, Fernando, no sé lo que quiero. Lo único que sé es que no quiero que la compañía se resienta. Quiero saber que tú estarás bien.
—Ya sabes que saldré adelante —dijo él.
—¿Pero podrás ganar un salario lo bastante grande para hacer frente a todas tus obligaciones?
Fernando asintió.
—¡Ah, ya veo! Se trata de Katia, ¿verdad? —se acercó a ella—. Te agradezco la preocupación, pero estoy bien. Lo de Katia no es un problema.
Lucero no le creyó ni por un momento. Era evidente que pretendía no preocuparla. ¿Cómo podía haber llegado a creer alguna vez que aquel hombre era tan irresponsable como su padre y su hermano? Fernando Colunga podía ser de todo menos irresponsable. No le interesaba ni el amor ni el matrimonio, pero era de esa clase de hombres que nunca dejan a una mujer en el abandono.
—¿Y qué pasará con la empresa y con los empleados? ¿Cómo vas a poder pagar la nómina si compras mi parte?
—Me aseguraré de obtener capital suficiente para comprar tu parte y que la compañía pueda seguir creciendo. No voy a abandonar a los empleados —hizo una pausa y la miró fijamente—. ¿Qué es lo que te pasa, Lucero? ¿Por qué has sacado ahora todo esto?
—He estado hablando con Helena y le he dicho que hemos decidido darle un tiempo más de permiso por maternidad.
—Y te preocupa que no tenga trabajo al volver después de ocho semanas, ¿no?
Ella asintió.
—Sí. Se merece tener un trabajo esperándola para cuando acabe su baja maternal.
—Y lo tendrá —le aseguró él—. Pero tengo la impresión de que hay más cosas que te preocupan. No será que no quieres que te compre tu parte porque quieres quedarte, ¿verdad?
No tenía porqué no ser sincera con él.
—La verdad es que he disfrutado trabajando en la cuenta de Amante. Ha sido muy divertido.
Fernando se rió.
—¿Qué parte? ¿En la que se te ocurriera la idea, buscar a los modelos, o hacer el amor con tu socio?
—Todo.
Él enarcó las cejas.
—¿Por igual?
—Hay un par de cosas que he disfrutado más que las otras —admitió.
Fernando acababa de besarla cuando el teléfono sonó.
—Esta noche intentaré averiguar qué son esas dos cosas —dijo él y se dirigió a la puerta, pero antes de salir dijo aún—: Y no te preocupes por la empresa, que todo irá bien, Lucero.
Pero al descolgar el teléfono no pudo evitar preguntarse si él estaría bien.
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