martes, 20 de agosto de 2013

Capítulo 7.

—Estás genial con esos tacones —dijo Meg, haciendo que Lucero girara sobre sí misma—. Espera a que te vean todos esos hombres. Van a necesitar reanimación.

Lucero se miró en el espejo del hotel. No estaba muy convencida del resultado. Quizás debería haberse comprado un vestido para la fiesta, en lugar de acceder a ponerse uno de Megan. Aquel vestido negro y ceñido estaba pensado para el cuerpo esbelto de Megan, pero a ella se le ceñía demasiado a las curvas.

—En serio, estás fantástica —Megan le colocó el pelo, que le habían dejado suelto y se curvaba suavemente en torno a su cara y por la espalda—. Tienes un pelo precioso. No deberías llevar moño nunca.
—Es que me estorba —dijo, aún incapaz de creer el aspecto que veía reflejado en el espejo.
Megan frunció el ceño.
—Entonces, ponte algunas horquillas para no tenerlo en la cara, pero no lo escondas. A los hombres les encanta el pelo largo.
—A mí no me importa lo que a ellos les guste —replicó.
La respuesta de Megan fue un suspiro y siguió retocando el vestido y el pelo hasta que lo declaró perfecto.
—Nadie te va a reconocer, cariño. Tim hace años que no te ve y no sabrá que eres tú. Y Fernando se va a quedar sin palabras.
Lucero terminó de aplicarse un poco de carmín y la miró.
—No empieces.
Megan puso los brazos cruzados y la miró fingiendo inocencia.
—¿Que no empiece con qué?
—Pues que no intentes juntarme con Fernando. Ya te he dicho que somos socios y que eso es todo. Y antes de que digas que tú no has intentado tal cosa, te diré que ya lo hiciste ayer en el albergue.
Megan le ayudó a ponerse una cadena de oro.
—Eres una mensa, Lucero. ¿Qué sentido tiene trabajar con un hombre como Fernando si no piensas seducirlo? Si yo no estuviera casada, estaría persiguiendo a Fernando por todo el hotel.
Antes de que Lucero pudiera contestar, Megan fue a buscar el bolso.
—¡Ah, se me olvidaba! Tienes que llevar esto.
Lucero se acercó y se detuvo de golpe al ver lo que su amiga llevaba en la mano.
—¡Por amor de Dios, Megan! No voy a necesitar preservativos.

Megan elevó los ojos al cielo y los guardó en la mesilla.
—Nunca se sabe.
Lucero respiró hondo. Sabía que Megan solo pretendía ayudar, pero estaba apuntando muy lejos.
—No voy a tener nada con Fernando.
Megan sonrió.
—De acuerdo. A mí me parece perfecto que no quieras tener una relación a largo plazo con él, pero los dos están aquí esta noche, estás de muerte con este vestido y con un poco de suerte, puede ocurrir algo. Así que…
—Vamos a llegar tarde —dijo Lucero. Había decidido no discutir con ella. Era lo mejor. Recogió el bolso y tiró del brazo de Megan—.Vámonos.

Pero al subir al ascensor, sintió que el estómago se le hacía un nudo. ¿Qué pensaría Fernando al verla? ¿Tendría la misma opinión que Megan? ¿Le importaría algo su aspecto?
Lo raro era que Fernando parecía sentirse atraído por ella independientemente de lo que llevase puesto. La había besado en Dallas llevando ella su traje más conservador.
¿Sería porque Fernando coqueteaba con todas las mujeres, independientemente de su aspecto?
Como el pensamiento no le gustó nada, lo apartó. Aquella noche iba a disfrutar. Estaba con una de sus mejores amigas, aquel vestido le quedaba genial y se sentía de maravilla. Por una noche, podía olvidarse de la agencia y del futuro.

Cuando llegaron abajo, salieron del ascensor y fueron al bar en busca de Fernando y Tim. Los encontraron viendo un partido de béisbol en la televisión.
Tim fue el primero en verlas. Era un hombre alto al que empezaba a faltarle el pelo y su personalidad tranquila era el contrapunto perfecto a la exuberancia de Megan.

—Hola, Lucero —dijo, acercándose a su mujer para rodearle la cintura con el brazo—. Están preciosas, chicas.
Megan lo besó en la mejilla.
—Gracias, tesoro. Estoy totalmente de acuerdo, Lucero está guapísima. Nada de trajes de chaqueta o zapatos bajos. Va a ser la mujer más sexy de la fiesta. ¿No te parece, Fernando?

Lucero hubiera querido estrangular a Megan y al voltearse Lucero para decirle que no era necesario que estuviera de acuerdo con su amiga, las palabras se le evaporaron en los labios.
Fuego. La mirada de Fernando era puro fuego. La sangre se le disparó en las venas y dio un paso hacia él antes de pensar si era juicioso o no hacerlo. Él también estaba muy guapo. Llevaba el traje que más le gustaba a ella, uno azul de Armani que le hacía parecer un sueño hecho realidad.

—Lucero, estás preciosa —dijo en voz baja—. Absolutamente preciosa.
No cabía duda de su sinceridad y aunque no quería preocuparse por lo que Fernando pudiera pensar de su aspecto, no podía evitarlo. Le importaba y mucho. Y saber que él la encontraba guapa le hacía sentirse así.
—Gracias. Tú también estás muy bien.
Fernando le guiñó un ojo.
—Eso se lo dirás a todos.

Cuando tomó su mano, el corazón se le desbocó. Las cosas iban mal. Muy mal.
Había razones más que suficientes para que Fernando y ella mantuvieran las distancias.
Razones basadas en la lógica, pero en aquel momento, no se le ocurría una sola.

Fernando se acercó a su oído.
—Estás verdaderamente guapísima, pero tengo que decirte que también me gustas con esos trajes de monja tuyos. Me aceleran el pulso.
Lucero no supo si reír o besarlo.
—Ah, sí. Reconozco que mi aspecto habitual es irresistible.
—Eso creo yo.
Lucero lo miró a los ojos. No podía estar hablando en serio. Pero la media sonrisa con la que lo miraba la empujó a creerlo. Y saber que Fernando la encontraba atractiva aun sin llevar un traje de noche como aquel la hacía sentirse… especial.
—Gracias por decirme algo así.
Él le apartó un mechón de la cara.
—Lo digo y lo pienso.
—¡Eh, chicos! —los llamó Megan—. Ya tendrán tiempo esta noche de decirse secretitos al oído. Ahora tenemos que darnos prisa si no queremos llegar tarde.
Fernando sonrió a Megan y Tim sin soltar la mano de Lucero.
—Vámonos, entonces. La vamos a pasar bien esta noche. ¿Sí, Lucero?

Ella se limitó a asentir, porque el corazón lo tenía en la garganta. Aquella noche iba a ser muy divertida. Miró a Fernando, que lucía aquella endiablada sonrisa suya y se corrigió: Aquella noche iba a ser muy divertida.



—No tenías por qué haber hecho esa donación al albergue —dijo Lucero.
Fernando estaba mirando a Megan y Tim y a Jamal y su novia, que bailaban en la pista, pero en aquel momento se volteó a ver a Lucero. La verdad es que estaba increíble. Vibrante. Sensual.
Y la deseaba. ¡Cómo la deseaba!
—¿Quieres bailar? —le preguntó, decidido a utilizar cualquier excusa que pudiera acercarla a su cuerpo.
—Prefiero dar un paseo. Hace calor aquí.
¿Calor? Aquello era el infierno. Sobre todo cada vez que Lucero se inclinaba para acercarse a hablar con Megan. El movimiento mostraba una impresionante cantidad de pecho.
—Me parece buena idea —contestó y se levantó para apartar la silla de Lucero.

El hotel tenía un jardín muy elaborado y varias parejas paseaban ya por sus caminos de césped. Ojalá el aire fresco de la noche le enfriara la sangre. Pero la atmósfera estaba en su contra, e iba a costarle mucho dejar de pensar en sexo.

—¿Por qué lo has hecho? —preguntó Lucero.
—¿El qué?
—La donación al albergue. Porque Megan sea amiga mía no tenías porqué colaborar.
Fernando se paró para mirarla. La luz de una de las farolas le iluminaba la cara. Su expresión era cálida, dulce y lo único que él deseaba era quitarle aquel vestido y hacerle el amor hasta la extenuación. Respiró hondo y se obligó a mirar hacia otro lado.
—Me gustan los animales —dijo—. Mi hermana dice que una cara triste me convence.
—¿Tienes una hermana?
—Sí. Katia. Es más joven que yo y está en la universidad —echó a andar con la esperanza de deshacer el hechizo. 

Habían acordado no volver a besarse, pero no se lo estaba poniendo fácil. Lucero lo estaba mirando como si acabara de regalarle la luna por el hecho de que le gustaran los animales y tuviera una hermana.

—¿Están unidos? ¿La ves a menudo?
Lucero le rozó con el brazo y él no pudo moverse.
—Mucho.
—Eso me gusta.

Su voz le obligó a apartarse un poco.
—No dirías lo mismo si vieras cómo nos peleábamos de niños. Siempre me ponía en ridículo delante de mis novias.

Lo único que consiguió fue que la expresión de Lucero se volviese aún más dulce. ¿Hasta cuándo iba a resistir?

—Lucero, creo que deberíamos volver a entrar —dijo, con la esperanza de poder escapar antes de que llegase a cometer una estupidez.
Pero en lugar de encaminarse de vuelta al hotel, se acercó más a él.
—Eres un buen hombre, Fernando Colunga.
Aquello fue la gota que colmó el vaso.
—No, no lo soy —dijo, mirándola a los ojos—. Estoy pensando toda clase de cosas malas en este momento. Me pediste que no volviera a besarte, pero si seguimos aquí fuera, no podré mantener la promesa. Y para que lo sepas, quiero hacer mucho más aparte de besarte.
—¿Ah, sí?
Su voz parecía ahogada.
Fernando apretó los dientes.
—Así que tenemos que entrar.
—Primero dime una cosa, ¿sigues saliendo con Blanca?

¿De dónde se habría sacado esa idea?

—No. Al final, ni siquiera le pedí que invirtiera en D&S.
—¡Oh!
—Lucero, no estaría aquí contigo si estuviera saliendo con otra persona. Sólo para que lo sepas… hace mucho que no hay una mujer en mi vida.

Ella le contestó con una leve sonrisa que agravó aún más el fuego de su deseo.

—En ese caso, ¿y si yo sintiera lo mismo que tú? —ladeó la cabeza, estudiándolo—. ¿Y si yo también quisiera hacer algo más que sólo besarte?
Fernando sintió que se quedaba sin aire. No se esperaba algo así.
—¿Crees que es buena idea? Yo creía que estábamos de acuerdo en que tener una aventura es arriesgado.
—Lo sé —admitió—, pero no vamos a trabajar juntos durante mucho tiempo más. Tú ya estás buscando inversores y yo no tardaré en dejar de formar parte de D&S.
Fernando respiró hondo.
—Tienes que saber que… que no estoy interesado en sentar la cabeza.
—Yo tampoco busco algo a largo plazo. Cuando hayas comprado mi parte, necesitaré empezar una nueva carrera. No tendré tiempo para una relación —dio un paso hacia él—. Creo que los dos queremos lo mismo, sobre todo esta noche.
¿Pero de qué lado estaba ella? Lucero no le parecía de las mujeres que querían aventuras casuales.
—No estoy seguro de que queramos lo mismo. Lo que yo quiero es que te despidas de tus amigos, volvamos al hotel, nos metamos en la primera cama que encontremos y no salgamos de ella en dos días. —Alargó el brazo y rozó su mejilla. La necesidad hizo que su voz sonase ahogada al decir—. Quiero hacerte el amor de todas las maneras que se me ocurran. Quiero oírte gritar mi nombre y luego quiero volverte tan loca que no puedas recordar ni cómo te llamas. ¿Es eso lo que tenías pensado?

El corazón le saltaba en el pecho mientras esperaba la respuesta. Durante un momento se miraron el uno al otro.
Un hombre inteligente la llevaría de vuelta al hotel, le desearía buenas noches y se metería de cabeza en su propia habitación antes de que las cosas llegasen demasiado lejos. Un hombre inteligente reconocería el peligro al verlo.
De modo que quizás no fuese muy inteligente al fin y al cabo. Porque cuando Lucero susurró la palabra «Sí», se inclinó despacio hacia ella y su último pensamiento antes de que sus labios se encontraran fue que quizás ninguno de los dos es muy inteligente.

Lucero no se había dado cuenta de lo mucho que deseaba besarlo hasta que sus bocas se unieron. La sensación de estar haciendo lo correcto fue instantánea. Sobrecogedora.
Aquello era lo que tanto había esperado, lo que llevaba semanas deseando.
Sobre todo aquel día. Todo el día se había sentido más cerca de él de lo que lo había estado de cualquier otra persona.
Y es que durante las últimas semanas, había llegado a confiar en Fernando. Tras la desaparición de Antonio, él se había quedado y juntos estaban salvando la agencia y sus inversiones. Lo admiraba por su fortaleza, por la forma en que trataba a la gente a su alrededor. Fernando estaba resultando ser completamente distinto a lo que ella esperaba. Siempre le había parecido un hombre como su hermano o su padre. Un hombre que sólo se preocupaba por sí mismo. Pero era mucho más. Y aquella noche, mirándola con el deseo brillando en los ojos, era irresistible.

¿Qué daño podía hacerles rendirse a la necesidad de lo que ambos sentían? Los dos eran adultos sin compromiso. ¿No debería aprovechar por una vez la oportunidad de hacer el amor con un hombre que la volvía loca? ¿Por qué su vida tenía que estar siempre tan controlada?
Cuando sus labios se rozaron, el deseo la sacudió y supo que estaba haciendo lo correcto. Quería estar con Fernando, experimentarlo todo con él. Casi sin pensar, le rodeó el cuello con los brazos para acercarlo más. Nunca había sentido aquella tentación, pero deseaba a aquel hombre. A aquel hombre divertido, sexy y tierno.
Despacio, con caricias lánguidas, exploraron sus bocas y la cordura se vio reemplazada por la necesidad, una necesidad imperiosa y primitiva.

—Fernando—susurró sin voz cuando él la besó en la frente.
—No podemos hacer esto aquí —dijo él, mirándola a los ojos—. ¿Quieres que volvamos al hotel?
Sabía lo que estaba haciendo, pretendía darle otra oportunidad para que cambiara de opinión, pero no lo dudó.
—Sí.
—De acuerdo.

Tomó su mano y juntos volvieron a entrar al hotel. Primero buscaron a Jamal y a su novia y después se despidieron de Megan y Tim y en un taxi, volvieron al hotel en el que estaban hospedados. De camino, Fernando volvió a besarla una y otra vez, unos besos lentos y profundos que la dejaron ardiendo, débil y preparada.
—Lucero, me estás volviendo loco —dijo él con voz áspera y cuando ella le apretó con los brazos, gimió en su boca. 

Lucero sabía bien cómo se sentía, porque Fernando sabía como debía saber el mismísimo paraíso, el mismísimo pecado.

Llegaron al hotel tras un recorrido que fue toda una eternidad para Lucero. Sin decir nada, Fernando pagó el taxi y los dos atravesaron el vestíbulo. En el ascensor, siguió dándole la mano y sólo allí y durante un breve segundo, Lucero sintió dudas, pero se negó a escucharlas. Aquella noche con Fernando no significaría nada y ya se aseguraría ella de que no cambiase nada. Por una vez quería desbocarse, experimentar el fuego, la lujuria, la locura.

—¿Estás completamente segura? —le preguntó Fernando una vez más cuando ya estaban frente a la puerta de la habitación de Lucero.
Ella se sonrió.
—¿Es que no aceptas un sí como respuesta?
Para convencerlo, abrió la puerta y tiró de él para hacerlo entrar.

Aquella iba a ser su noche, el momento elegido para ser la clase de mujer que nunca se había permitido ser hasta aquel momento.
Cuando Fernando volvió a besarla, ladeó la cabeza para saborearlo mejor y acarició con la lengua su labio inferior. Y cuando él respondió, la necesidad la empujó con una urgencia inusitada.

—Hazme el amor, Fernando —le susurró.
Él sonrió.
—Será un placer.

Fernando no podía recordar la última vez en que el deseo le había atacado de aquel modo. Lucero lo volvía loco. Frenético. Quería tomarla allí mismo, en aquel preciso instante. Contra la puerta. Con todas sus fuerzas. Después en la cama, despacio y con suavidad. De todas las formas posibles.
Pero no podía hacerlo hasta no estar seguro de que ella comprendía que aquel frenesí iba a conducirles solo al sexo. Nada de promesas. Nada de ramos de flores ni de anillos de compromiso.
La miró a los ojos, pero no encontró en ellos duda alguna. Aun así, intentó inyectar algo de cordura a la situación.

—Lucero, tienes que entender que yo no quiero una relación seria, ni un matrimonio. No puedo prometerte nada —respiró hondo—. No puedo ofrecerte nada y quiero que me digas por última vez que lo comprendes.

Esperó con impaciencia su respuesta, preparándose para su reacción, consciente de que corría el riesgo de que le dijera que había cambiado de opinión. Pero no iba a aprovecharse de ella. Si Lucero quería practicar el sexo con él aquella noche, tendría que ser consciente de que respondería sólo a una necesidad física.

—No había pensado pedirte que te casaras conmigo —contestó ella con una sonrisa—, a menos que tengas la sensación de que me estoy aprovechando de ti.
Él se rió.
—Cuento con ello.
La risa de ella fue más un suspiro.
—Bien, porque eso es precisamente lo que pretendo hacer. Sin embargo —dijo, acariciando su hombro—, tengo que reconocer que el sexo nunca ha conseguido hacerme olvidar mi nombre, aunque me gusta la idea —con un solo dedo, recorrió la línea de sus labios—. Me gusta mucho. ¿Crees que podrás cumplir esa promesa?
Fernando no había estado tan seguro de algo en toda su vida.
—Desde luego.

Ella sonrió y se puso de puntillas para besarlo. Fernando la abrazó contra su cuerpo para que se diera cuenta de lo que le excitaba y cuando ella se frotó contra él, un gemido se le escapó de los labios.
Con la sangre volándole por las venas, se rindió a la necesidad de acariciarla. Primero la curva de su espalda, luego la de una cadera. La suavidad de un pecho. La dureza de un pezón por encima del vestido. Lucero separó su boca, con esfuerzo puesto que él no quería y tomó su mano.
—La cama está por aquí.
—Me alegro de que tú lo sepas, porque he perdido el sentido de la dirección —contestó él.
Riendo, Lucero apagó la luz.
—De eso nada —contestó él, impidiéndoselo—. Quiero verte.

Quería ver su cuerpo desnudo, mirarla a los ojos cuando la penetrara, poder contemplar su rostro cuando alcanzara el clímax. No podía recordar si alguna vez había sentido lo mismo por alguna otra mujer, pero se negó a analizar aquellas emociones. Aquel no era el momento de pensar en otra cosa que no fuese su placer mutuo.

Por una décima de segundo, vio indecisión en sus ojos.
—No soy tan guapa como las mujeres a las que tú estás acostumbrado.
—No. Eres mucho más hermosa. Tanto que no puedo explicarte cuánto te deseo.

Fue a besarla de nuevo, pero ella lo detuvo con una mano en el pecho. Lo estudió con intensidad y lo que viera en sus ojos pareció convencerla de que estaba siendo sincero.
Luego se separó un par de pasos.
—Hace mucho tiempo que tengo un sueño —dijo, sonriendo—. ¿Te interesan los sueños, Fernando?
Estaba completamente seguro de que el corazón se le había parado durante unos instantes.
—Estoy dispuesto para cualquier cosa. Esta noche va a ser perfecta para ti, cariño.
—Bien.
Respiró hondo y se bajó la cremallera del vestido, que cayó a sus pies.
—Ahora, tú.

Sus palabras fueron apenas un susurro en el silencio de la habitación.
Fernando sintió que el deseo le palpitaba con fuerza al mirarla. Su sujetador y sus braguitas eran de un diseño conservador, pero negros. A él siempre le había encantado la ropa interior negra y aunque tenía prisa, la dejó hacerlo a su manera. Quería que aquella noche satisfaciera todos sus sueños. Y por su parte, estaba decidido a saborear cada segundo, cada caricia, cada suspiro.
Se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla sin apartar la mirada de Lucero. Estaba tan hermosa, tan perfecta que las manos le temblaron al desabrocharse la camisa. Al final, consiguió deshacerse de ella y la dejó junto a la chaqueta. Cuando volvió a mirar a Lucero, la encontró con la atención puesta en su pecho. Dio un paso corto hacia él y se detuvo.
Lucero lo miró por fin a los ojos.

—Siento… siento mirarte así. Es que eres tan… eres tan…
Él se rió. A pesar de no haber estado tan excitado en toda su vida, no pudo resistirse al deseo de bromear.
—¿Increíble? ¿Fenomenal? ¿Sobrecogedor?
Su sonrisa fue pura picardía.
—Sí a las tres cosas —contestó y señaló con un gesto sus pantalones—. Aún estás en tu turno.
—¿Eres siempre tan mandona? —se quejó mientras se desabrochaba los pantalones. Ansioso por terminar con aquel juego, se quitó los zapatos y los calcetines al tiempo que el pantalón y se quedó delante de ella en calzoncillos—. ¿Los recuerdas?

Lucero tardó un instante en contestar. Parecía estar totalmente concentrada en aquellos calzoncillos negros con pequeños labios rojos.
—¿Te los has puesto para mí?
—Sí.
Su sonrisa fue muy dulce.
—Gracias.
—Puede que no pienses lo mismo cuando te diga que espero que te pongas ese camisón blanco en algún momento de esta noche, porque pienso quitártelo después con los dientes.

Lucero enrojeció, pero en lugar de parecer avergonzada, parecía excitada.
Fernando estudió el sujetador que cubría por completo sus pechos. No estaba seguro de cuánto más iba a poder aguantar. Estaba ardiendo como un volcán.

—Ahora estoy completamente seguro de que te toca a ti —dijo él, la voz áspera por la necesidad.
—Sí —musitó ella.

Cuando echó los brazos hacia atrás para desabrocharse el sujetador, Fernando contuvo la respiración. Era evidente por la pequeña torpeza de sus movimientos que nunca había sido tan abierta con el sexo como aquella noche y el hecho de que confiara tanto en él como para atreverse a explorar aquella fantasía con él le hizo sentirse humilde.

Por fin, con una agónica lentitud, se desabrochó el sujetador y dejó caer los tirantes y lo miró a los ojos antes de quitárselo del todo. Por un segundo, vio incertidumbre en sus ojos cafés. Luego, lo dejó caer al suelo.
Fernando no pretendía mirar tan abiertamente, pero no pudo evitarlo. Era tan… perfecta. Unos pechos redondos y firmes, de pezones rosados que pedían a gritos que una lengua los acariciara. Gimió.

—Ese gemido, ¿es bueno o es malo? —preguntó ella.
Fernando sonrió.
—Significa que he debido morirme e ir al cielo.
Ella sonrió tímidamente, complacida y Fernando se dio cuenta que no podía seguir negando que aquella mujer le llegaba muy adentro. Por supuesto que sentía algo por Lucero. Le gustaba y la respetaba, pero eso era todo. Aun así, pretendía pasarse toda la noche demostrándole lo deseable que era.

Quería acelerar aquel espectáculo visual, así que se quitó los calzoncillos y se acercó a ella.
—¿Es cosa mía, o hace mucho calor aquí dentro? —le preguntó, rodeando su cintura.
—Hace muchísimo calor.

Murmurando una disculpa, le quitó las braguitas y estando ya los dos desnudos, deslizó una mano entre sus muslos. Estaba caliente, húmeda y esperándole y cuando introdujo un dedo en su vagina, vio cómo sus ojos se oscurecían de deseo.

—Ya no quiero jugar más. Ha llegado el momento de que nos pongamos serios —dijo y ahogó su boca en un apasionado beso.

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